Glup 2.0

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24.4.17

El 75



Somos muchos, cada día más, agitamos banderas y consignas, ilusiones. 

Ayer hablaban jóvenes airados, desencantados, hombres y mujeres no resignados, pacíficos, hartos, de todas las edades. 

Las palabras limpias, firmes, sentidas, diversas, llenaban las plazas. 

Alguien, en el estrado, evocó el 75. 

A mi lado una mujer de rostro dulce musitó “en ese año estaba yo en la cárcel” y se alejó con lágrimas en los ojos. 

No me dio tiempo a abrazarla. 

23.4.17

Lo que sí y lo que no



Hace algunos años solía frecuentar en la red una página de cierto tipo de literatura, un tanto especial, difícil por la leve raya que separa en ese género lo chabacano de lo que se puede leer.

Nunca había escrito sobre temas así y lo intenté.

No solo eso sino que invité a unos amigos a cenar y a los postres les di a leer el texto que, por cierto, me había costado lo suyo inventar, terminarlo.

Para no agobiarles me fui a la cocina a preparar el café.

A la vuelta, con la bandeja, les miré esperando una crítica, un comentario. Mis amigos. Comenzaron una conversación sobre fútbol y otros temas menores, ni una palabra sobre mi escrito.

En un momento que volví a la cocina en busca de azúcar, en el pasillo, uno de ellos me dijo en voz baja “no tenía ni idea que te hubiera pasado eso, qué fuerte ¿no?”.

La reunión fue agradable. Les invité para otro día. La última en salir fue Carmen, me tomó de las manos, me dio un beso diciendo “lo siento, Pedro, no me había enterado de lo tuyo”.

Entonces lo supe.

Ahora escribo y dejo aquí cosas como lo de ayer, lo de la raya amarilla. Me leo y no me entiendo, no sé de dónde me ha salido algo así aunque tampoco tiene la menor importancia.

Recibo tres cartas, coincidentes, “¿te has enfadado conmigo?”

Dos mensajes en el móvil, iguales, “supongo que ya no me llamarás más”

O, por ejemplo, me cruzo en un puente con alguien. Un puente es un lugar lleno de simbolismos, escribo sin saber bien lo que escribo, me dejo llevar.

Recibo un mail, “qué bonito lo que me has escrito”.

Un segundo, parecido.

Recibo otro, “estará encantada, ¿no?”

Y otro más, “gracias, sabía que lo dirías así”

No sé casi nada (y ese casi es muy pequeño) pero me doy cuenta que estamos en una piscina en círculo en la que todos nadamos sin saber muy bien si hay agua.

Es todo tan sencillo que decirlo es solo el principio de la historia.

Lo cuento aquí, pero cada día peor.

Ay, señor.

Y es que no se puede estar en tantos sitios a la vez.

Esta tarde/noche he estado aquí y así te lo cuento.

22.4.17

Raya amarilla




Mira, la raya que limita está ahí.
No, esa no es, la amarilla...
Quizás...
No te preocupes, tampoco yo lo entiendo.
Pero quiero estar seguro que la ves.


(Justo entonces empezó a llover y se borraron las rayas de colores, su cara y mi ansiedad)
(Llegó el tiempo de empezar de nuevo)
(Supuse que aquel hombre estaba muerto)
(Corrimos hacia el monte)

21.4.17

De alienistas y un zahorí(2).



Pasan los días cargados de ciruelas, de nubes, de suspiros entrecortados, de pájaros heridos en cielos anaranjados.

Se suceden los amaneceres y los crepúsculos con una dolorosa sensación de ausencia.
Ellos, separados, sufriendo, inventan complejos ábacos para contar el día del regreso, amontonan deseos, hacen rayas en las paredes mientras los relojes siguen implacables con su tortura de horas ajenas, insobornables.

No quisiera engañaros, esto no es un cuento, es una historia verídica – dice el hombre con una mueca de tristeza.

No le creáis, no existo y además es imposible ─ dice la mujer con cuerpo de bruma y rumores del mar.

Entonces el hombre toma entre sus manos una rama retorcida y busca el agua oculta, pero la tierra le niega sus secretos.

Una vez más el cielo está mudo.

Hasta que una zarza junto al río se incendia y sobre ella se aparece la silueta de la mujer ausente.

El hombre cae de rodillas y cree.

Unos pastores también ven el prodigio y corren al pueblo cercano.

El cura organiza una procesión de beatas y acuerda consigo mismo levantar una ermita por suscripción popular.

Los ciegos ven, los cojos andan, se suceden los milagros y el obispo, enterado, decide cambiar la ermita por una iglesia con dos torres y un campanario.

El lugar se convierte en centro de peregrinación y fe.

Esperanza y Caridad, también Gloria.

Las tropas del comandante vigilan los caminos y defienden a los viajeros de asaltantes, ladrones, trileros y vendedores de ataúdes.

Por un brusco cambio de mareas se produce un centro de bajas presiones a la altura de las islas Azores, lo que provoca una gota fría sobre la citada iglesia, una lluvia torrencial, inundaciones, caos.

Los ríos se desbordan llevándose por delante las vigas maestras, tejados y campanas de la iglesia naciente, el viejo puente, curas devotos, piadosos frailes, vendedores de rosarios y escapularios, monaguillos rezagados, compradores de futuro, ancianas ilusas, toda esa historia.

Las autoridades declaran el paraje como zona catastrófica.

Después, poco a poco, mes a mes, aquellas tierras recobran su antigua calma.

Una mujer y un hombre se encuentran en la mitad del puente nuevo sobre un río de aguas tranquilas.

No se reconocen, se saludan con educación y cada uno va por su lado.

Ella.

Él.

El ángel azul que les protegía con sus alas, vuela y se pierde entre elípticas nubes de colores difuminados.



20.4.17

De alienistas y un zahorí (1).


Una mujer y un hombre se encuentran en la mitad de un puente de cristal sobre un río sigiloso de tiempo y aguas lentas.

Se reconocen y hablan de peces, de constelaciones, del cáliz del otoño, del aroma del bosque cercano, de la verdad, de la belleza.

Acodados sobre la barandilla, miran el discurrir de la corriente, las manzanas que flotan, peces dorados que saltan entre ondas diminutas.

La tarde cae.

Ella le regala una habitación roja con pequeñas cajas de caoba, cerradas, una sonrisa llena de misterios, una mirada que vuelve de una edad perdida, la piedra submarina rescatada de un entonces que clama.

Él le regala la lluvia prisionera, la luz de la luna entre las ramas de los árboles, una colección de etiquetas con orla, un corazón tallado en el tronco del magnolio, viento.

Junto al fuego señalan los extraños símbolos de las cuevas, el latido de la oscuridad, el temblor de sus venas.

Los cárabos chillan, pequeños animales de la oscuridad corren entre sus pies, a lo lejos nace una estrella.

Luego la noche les confunde y aleja, ella va hacia el norte y él hacia el cálido sur. 

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