Glup 2.0

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31.1.08

Ay, amor.


Ay, amor, me ocurre contigo un grave y preocupante disturbio, es tal ternura que me produces que apenas puedo contener mis deseos de ir a buscarte, subir las escaleras, tomarte entre mis brazos y llevarte corriendo por las calles, indiferente a las miradas de los desocupados, de los curiosos, llevarte hasta el acantilado y ahí, frente al mar, acariciarte la frente mientras te musito dulzuras, beso tus cabellos lisos y te canto bajito eso de sin ti mi cama es ancha…pero tus clientes te esperan y tú, nerviosa, quieres volver a ordenar sus cuerpos desordenados, a sacar con las pinzas de tu conocimiento las espinas de sus males negros, los guijarros de congoja que obstruyen sus arterias, las palabras grises, premonitorias, que dirán aunque ellos no lo saben, y te vas, y yo detrás, llamándote, y el viento alborota la llamarada de tu pelo rojo, y te veo delgada y ágil, resuelta, con tu cabeza en otro lado, no tengo tiempo, no tengo tiempo, conejo blanco de Carroll viviendo en un reloj de bolsillo, creciendo y disminuyendo cuando comes la galleta de sentirte amada, o abandonada, o volviendo atrás, un año, otro año, hasta llegar ¿dónde? ¿a qué mirada perdida?¿ a qué silencio?¿ a qué ausencia? y te vas a Lima, a París, al fin del mundo te irías por saberte, por tener la llave, la que abre, la que cierra, y aún así sabes que nunca firmarás la paz, porque ya no podrán pedirte perdón, porque no podrán abrazarte diciendo me equivoqué, lo siento, estaba ocupado buscándome, estaba perdido, lo siento, lo siento y ahí me clavas el anzuelo de quererte y me baño de ternura, extranjero recién llegado a tus playas limpias, saltando entre las olas que nos llevan en la resaca de amarnos, tocándonos como ciegos, oliéndonos como animales que se reconocen iguales, palpándonos en una fiebre nueva que estaba ahí desde siempre, desde antes, desde una carta no contestada, desde una mirada que temía ese algo más, misterioso, inquietante, que me llenaba de miedo a saber y hacemos una vida dentro de otra vida y las paredes nos oprimen y las manos tendidas que nos exigen hacer lo correcto y ¿qué es lo correcto?¿qué es este deseo que arrasa?¿qué es este buscarnos con furia, con ansia, con dolor?, jamás, amor, jamás he sentido por ninguna mujer la pasión que me has hecho sentir, en mi memoria no está grabada una atracción tan intensa que me haga perder la razón, que me nuble la vista y solo pueda penetrarte con voces que salen desde detrás de mí mismo, desde otro que me habita y se encarama sobre tu cuerpo fibroso, que tiembla, que me recibe como si hubiera estado esperándolo desde el principio de los tiempos y, amor, tantas cosas me has dado que seré tu esclavo para siempre, desnudo y moreno, con mi culo blanco, postrado a tus pies y tejiendo el pañuelo que te adorne, que cambie tu mirada, el rojo te sienta bien, el rojo de la sangre abultando la vena de tu sien, justo donde se producen tus alteraciones cíclicas en las que pides más, sin saber si más es menos o si sí, o si no, sabiendo que tus brazos abiertos necesitan contener realidades, no vientos, no brisas cuando baja el sol, no céfiros que apenas ondulen el borde de tu vestido, ese que levanto con cuidado para buscar tu piel de nácar, mano subiendo por tus muslos, mano bajando por tu cadera, mano acariciando tus nalgas bajo unas bragas moradas, mano entre tus piernas, mano bailando una danza antigua y nuestros corazones alterándose y yo, te lo repito, sintiendo esta ternura que me inspiras, esta ternura que me arrasa de dolor cuando te vuelves bicho bola y me dejas fuera de tu mundo, de ese mundo al que quiero pertenecer aunque sea como el que sube el agua, como el que corta las malas hierbas en tu jardín, como el que te lleva el pan y el periódico, como este escritor que ha perdido el hilo de tanto pensar en ti y que te garantiza el cien por cien de su dolor, gramo a gramo, en estos tus días de encerramiento en las celdas del miedo, y ahí, sabiendo, iluminando ese pavor antiguo es donde me salta la ternura y aparto a manotazos a tus clientes, pobres, qué culpa tendrán, y te rapto y te llevo sobre el caballo de mi imaginación, perseguidos los dos por ejércitos de hombres y mujeres con gabardina, con boinas negras, con gestos de incomprensión y envidia, con antorchas en su noche fría y ya empieza a amanecer y el despertador me avisa que debo trabajar en febrero para llevar el pan a mis hijos.

Allí donde toques la memoria duele.

(Yorgos Seferis)

Andrew Bird


30.1.08

Ausencia del amante / La arpista ciega.

Ausencia del amante.

He vuelto por el camino sin hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.

Carmen Conde (1907 - 1996)

Intento escribir un cuento sobre una arpista ciega. En realidad me engaño, lo que de verdad quiero escribir es un cuento sobre ella, siempre quiero escribir sobre ella. Es igual que aquel día rompiera todos los puentes, que al dejar los regalos en su puerta cerrara cualquier posibilidad de reencuentro, que me quedara para siempre en la casilla del doctor. Los días pasan y sigo con este bicho en la cabeza, nadie lo ve pero está ahí arriba, con los tentáculos aprisionándome, succionándome, controlando mis emociones, mi humor, mi tristeza, mi mirada, mi dolor. El débil sol de invierno apenas ilumina los árboles y sigo en una mezcla de carpintero y orfebre dando forma a los sagrarios que debo entregar por encargo del bicho.
J`aimerais trouver les mots. / Les mots justes, les mots qu´il faut. / Mais tous les mots sont demodés. / Tu sais.
El círculo empieza hace muchos años cuando ella no quería saber nada, cuando ya de niña era diferente a sus amigas, no se involucraba demasiado en aquellos ingenuos juegos detrás de una pelota, con gritos y risas. La recuerdo seria, tímida, como mirando desde un lugar lejano. Me atraía y a la vez me daba miedo su diferencia, la mujer que intuía. Dejé sus cartas sin contestar. Después nos encontramos a la mitad del camino de la vida -en una selva oscura me encontraba- en un inmenso campo verde donde no había espectadores, ni aplausos, tampoco gritos de ánimo y comenzamos a jugar sin saberlo, volvimos a lanzar la pelota ahora en un deporte emocionante, complicado, peligroso, sin más reglas que amarnos como si fuera la primera vez, como si hubiéramos inventado el amor, como si en ese mismo momento amaneciera el mundo y todo era nuevo, diferente, sencillo, complejo, cambiante. La amé con tanta intensidad que mi corazón no pudo resistir una droga tan pura y un día llegaron los topos, llenaron el campo de agujeros, de obsesiones, se escaparon por ahí las estrellas, una se clavó en mi frente y ya no había juego, solo lágrimas, caímos en un río como en aquellas películas mudas y siguió la fuga silenciosa hasta el mar que se pierde al final de la tierra, del tiempo, los dos lo sabíamos pero ella lo sabía mejor, más, ella sabía, sabe todo, solo no se sabe a sí misma, pero está en ello, ella se mira los pliegues, va, viene, Paris es un barrio y ¿qué pasa? rompo el piano en astillas, total son solo palabras, rompo la pared a cabezazos y esto es una mierda, estoy aburrido de ponerme disfraces en un antiestético ejercicio de suplantación de personalidad que solo quiero, solo quiero, solo quiero verla de nuevo, a ella.
¡Eh! alto, te has metido en el fango y ahora, ahí, ridículo, mojado, sucio, debes definir (te) ¿quién es ella?
¿...?
Vale, no lo recuerdas ¿no? pues haber empezado por ahí. Seriedad, hombre, seriedad. Me copiarás mil veces: “Debo cumplir las promesas”. O te callas, so bobo.

Nada ocupa tanto el corazón de los supervivientes como el amor. Pero no como se acostumbra a entenderlo. No como lo entienden los filósofos. No como un recuerdo. En modo alguno como una añoranza. De ningún modo como imágenes. En absoluto una nostalgia. Sino ella, la propia amada, la que ha desaparecido y no desaparece, la que sigue siendo aquella a quién hablamos, para quién vivimos. La que ha dejado nuestro mundo y sigue clavada en el alma. La que ha dejado en el estado de oriente. La orientación ha persistido más allá de la desaparición del objeto. El otro lado de la pared. El otro lado de la oración. (Vida secreta-Pascal Quignard)



29.1.08

Ahnung.




Labra mis campos, ara, conduce el agua

y que la hierba crezca;
mira como me mata la sequía
a que tu ausencia me somete.

(
Clara Janés)



(Ensimismado, pensaba)
Ella dormía entre mis brazos, / su cuerpo mojado y plácido, / mi vigilia gozosa aunque inquieta, / temerosa del acaso / de la silueta detrás del cristal. / Ella dormía con la música / de mi pecho incrédulo, / del cansancio después el amor, / mis ojos cerrados al camino de regreso. / Ay, tiempo cercano y muerto, / hondo silencio en los rincones del desierto, / tiempo sin retorno, negro. / Ella dormía entre mis brazos / y nos sorprendió el crepúsculo. / Nos amábamos, sabedlo.

(En el portal)
-Sí, pase, perdone no le había visto.

(En el ascensor)
-¿A qué piso va?

(Veía)
La navaja en mi cuello, su mano tranquila buscándome la cartera, su cara de chaval normal.

(Sentía)
Humedad en los pantalones, miedo, mucho miedo, ganas de gritar, que aquello no podía estar pasándome.

(Después)
Él bajó tranquilamente por la escalera. Oí cerrarse la puerta, abajo, en el portal. Mi rabia, la humillación, el temblor en las piernas, en las manos, nerviosismo, ganas de vomitar.

(Al entrar a casa)
Hola, cariño ¿has tenido un buen día?”...pero ¿qué te ha pasado?

Etc.

Marianne Faithfull


28.1.08

Espesura.


¡Oh padre Zeus!
¡De cuántos males
no librarías a los hombres
si tan sólo les hicieras
ver a qué demonio obedecen!

(Pitágoras)


Nieva fuera, o dentro, no recuerdo, no llegan cartas, las que llegan se atoran en el tornillo del buzón y se rompen en regulares tiras de papel, matemáticos pedazos que me impiden leer, empiezo por mi querido Pedro y ahí se corta, sigo con no me llames, me aburro y hago zapping por las cadenas de televisión de mañana, incluso de pasado mañana.
Nieva fuera y alrededor todo está blanco como un cuaderno donde anoto que nieva, aunque me lo invento en este enero que sube y baja y he perdido el pulso del enfermo, seguro que se muere y lo inmortalizan subido en un caballo de bronce con una antorcha en el brazo extendido, metáfora de la muerte, o de la libertad, o de la libertad muerta, demasiado complicado y me siento bajo el olmo a leer a Lorca.

Arden los campos de cereales fuera o dentro, no recuerdo, llegan cartas como lluvia aunque no llueve y aprendo a leer con las letras borrosas, sintaxis extraña, tinta diluyéndose en papel portugués, saudades de invierno, nostalgias de otros veranos, una pena borboteando en el jarro bajo la fuente de la plaza, lugareños con sombreros de paja mirando a las lagartijas que suben por la pared del cementerio, el cura vociferando en el púlpito y el río se ha parado en cangrejos y verde.

Escribo esto y –te lo juro- lo que quisiera es compartirlo contigo delante de un taza con chocolate, churros y un vaso de agua fría con limón y menta, quedarnos en silencio mirándonos a los ojos y escuchar el zumbido del mundo mientras da estas absurdas vueltas y vueltas aunque -qué cosa más curiosa- no nos caemos. Las palabras no sirven para expresar el vacío y aquí andamos entre lo que pensamos, lo que sí, lo que no y esta espesura de sentimientos que nos desconcierta, un maltraer de emociones, un atisbo de otra realidad.

¿Lo quieres con azúcar?

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas,
debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
debo fingir que hay otros. Es mentira.
sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.

(Borges)




Eartha Kitt



27.1.08

¡Ejem! (Trazos de bromo en la memoria)

¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:

los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el propio prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, si, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.


Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice:" No te vayas".

(Pedro Salinas)



He muerto muchas veces, por muchas mujeres. Creí que esta vez, ayer, - ¿o fue mañana?- también iba a morir. Pero no. Jamás he amado a nadie como a ella. Y no muero. Algo ocurre ¿Qué es esta desmemoria? Me he asomado al abismo y no estaba. Yo no estaba.
Eso que la disecea no me impide, aún, escuchar el latido puntual del deseo. A veces como un torrente, a veces como un zumbido en mis oídos torpes, cansados pero atentos.

Por eso desde ahora, desde hoy, las once de la mañana, quiero ser intrascendente, soportarme, absolverme, darme la paz, mirarme. Defenderme la miseria, comprar mentiras en el mercado negro, vestir de blanco. Cerrar los ojos, perderme en lo nimio, aliarme con el sol, borrar el aguacero. Soplar los fragmentos solitarios del recuerdo, representar la vida, su certeza. Escoger una ruta, equivocarme, salir de noche, como un prófugo, fugitivo de mi mismo. Ahondar en el misterio del azar, masticar el error, mirarme de frente, sonreír Llegar al límite tardío, involuntario, inmóvil, como un pez no solidario. Someter el dolor de la añoranza, su consistente aroma oscuro, olerlo. Entrar al laberinto de ese lunes, seguir hasta el final del pasillo del martes, hasta el cuerpo desnudo tendido en el lado luminoso del amor del jueves. Soltar al miserable maniatado que solloza en la isla. Acumular innominadas reivindicaciones, gestos huecos y una mirada de perro tras los cristales.

Trato de sobornarme los sentidos con luz, con música, con palabras pero no basta.
Materia entre los dedos, quema al mediodía, mañana arrasada, noches tan largas, un funámbulo hace gritar a los mirones, un hombre escucha voces, esa mujer vive en la melancolía, ese otro dibuja con sus dedos el vacío del mundo, el hueco entre tanto y nada. Y el resto ahí, tan pacienzudo, esperando.

Me voy a pasear por el filo de olvidarla.

(Entre tú y yo, creía que todo había terminado. Fíjate que ya son años. Pero no. Sigue la rueda. Y rueda. Me arrastra, me arrolla, me lleva colgando del carro de la basura. Joder, como duele el corazón, como duele. Quién lo diría al verme así, sacando pecho, sonriendo, inventando frases, pavoneándome como si nada. Pero no. ¿Y si esta vez me he muerto de veras?)

Richard Hawley


26.1.08

Esquina al Sur.


“Si doy comida un pobre, ellos me llaman santo; si pregunto por qué los pobres no tiene comida me llaman comunista” (Helder Cámara).


Hoy tengo el corazón en carne viva. Menos una esquina. Al sur.
Desde hace tiempo sé ¿puedes entender lo que es eso?
Las ideas van y vienen en remolino, un rumor las agita, las desordena, las sube, las baja, algunas se pierden en el bosque de lo absurdo, quedan prendidas entre las ramas de los abedules junto a blancas bolsas de plástico y calandrias bisexuales.

Un día quisiera emborracharos -como un amigo malo- tenderme a vuestro lado para escuchar los susurros que circulan por la cabeza, ordenarlos como a piezas de un juego infantil- amarillas con amarillas, grandes con pequeñas- y luego soplar, pufff. Volver a empezar.
Otro día quisiera emborracharme yo y no ser dueño de mis actos, olvidarme, saltar sobre los convencionalismos, vestirme de nada y reír a la luz de la luna.
Un viernes por la noche, un sábado, me sacaré los pulmones, el esófago, la laringe, los intestinos y los dejaré sobre la mesa. Creo que es lo único que me falta por enseñar. Maldita necesidad de contar.

“Disminución de la superficie de contacto con la realidad” eso dicen que es la locura.”

Ah, esa mujer de cabellos mudables, los sentimientos flotan sobre el aceite de lo cotidiano, están ahí, con sus gordas tripas de gastrónomos satisfechos, lustrosos, no influenciados por tormentas de chocolate y almendras, por postres de vinagre y colmadas copas de pacharán. (Y sigue ahí, la muy bruja)

Tengo la voz ronca, los deseos se me quedan en la garganta, me arrastran escaleras abajo, me golpean contra las paredes húmedas de pasadizos angostos me raspan la cara, arañan mis brazos, no veo, todo está oscuro, apenas puedo respirar, es un gozoso ahogo.

Es inútil tocar la puerta si ni siquiera hay puerta.
Es absurdo gritar en el desierto. Además soy mudo.
Todo tiene su tiempo.
Cada cosa que escribo tiene menos sentido.
¿Tú crees?


“Aunque nunca consigamos formar parte de un mundo que nos rechaza y por más que hayamos navegado de naufragio en naufragio, en el balance final nos queda la tranquilidad de haber hecho hasta lo impensable por tener buena letra con la mano izquierda, en un mundo donde las diferencias no se aceptan, en donde lo distinto es el lugar a donde van a parar todos los odios.” (Javier Ponce Gambirazio)

Ne me quitte pas


25.1.08

Cumpleaños.



El yo es un movimiento en el gentío (
Henry Michaux)




Hoy, 25 de enero es mi cumpleaños.
Qué cosas.

He comenzado esta fecha feliz en la rutina del desayuno. El café estaba delicioso, una camarera rubia me ha abrazado, el jefe de barra me ha invitado a un pincho de tortilla paisana, Miguel me ha mirado, el limpiabotas me ha vendido dos décimos de lotería. En el repaso a las necrológicas de los diarios hoy tampoco me he encontrado. He interrumpido la ingestión del bollo de mantequilla para aplaudir esta ausencia gozosa mientras el personal de cocina ha hecho la ola. Un día más me he llenado de alborozo, detrás de la cristalera un transeúnte ha lanzado vivas a la madre que me parió, varios repartidores de butano se han apiñado en la puerta de la cafetería preguntándose unos a otros por la situación de la bolsa en Getafe y preguntándome dónde invertir sus ahorros en estos momentos inciertos y sin embargo sugestivos, es este un gremio de filósofos. Como veis, una fiesta en el inicio de un delicioso viernes con un amanecer rojo, por un lado, y la luna llena, por otro, aún sin desaparecer del cielo. Cielo.

Que cumples años y por una parte te agrada, aunque por otra… pues no.
Que sí, que la experiencia y la madurez y ver las cosas diferentes y el cariño de los que te rodean y el sabor agridulce de las cosas bienintencionadas, aquellos, aquello que amas, lo que eres, lo que aún no eres -lo que aún no-, lo que ha pasado, lo que sin duda pasará, la esperanza, el optimismo, las noches de insomnio, las noches de amor, los espejos desasosegados, todo lo bueno, los hábitos adquiridos en estos tiempos marcados desde el nacimiento –lejano- hasta ahora mismo, que te veo, estamos vivos y esto es lo que hay.
Sé que lees y te alegras –gracias-. Sé que incluso no te importaría abrazarme y que nos tomemos un vaso de zarzaparrilla –estás invitada/o-. Y es que al final en este día a día nos tomamos cariño. Mira, una vez tuve un jilguero, en una jaula y, antes del episodio del aceite, le tome tanto aprecio que hablábamos todas las mañanas, fue una bonita amistad, era un pájaro muy guapo. O lo del mono –un devoto de Faulkner-, que tanto me enseñó sobre los humanos. No me olvido del idilio con R, que me fui hasta Londres –andando- sólo para verla. Esto fue especialmente importante en mi vida, sobre todo por el paso del estrecho, la vida está llena de estrechos. Y de idilios. Incluso de buena gente. En porcentaje. Conozco muchas más buenas personas que malas –personas-. Esto es relativo, quizás solo conozco su faceta buena. Además ¿quién marca el límite del bien? Jose Mari es el párroco en la iglesia cerca de mi casa, un hombre de Dios (que se dice); pues bien, un agnóstico como yo le tiene aprecio, ayer le saludé “muy bueno lo que has enviado en el sobre amarillo”, “¿quién eres, majo?” –me dijo- . Y es que, claro, no me conoce, hay sitios que no piso. Leer sí, leo de todo. Y música, que me gustan casi todos los géneros. Con los seres –humanos- estoy en conflicto, me gustan algunos, claro, no conozco a todos, por ejemplo, asiáticos, pues conozco pocos, en Mali no tengo ni un amigo, ni en Nepal, en Uruguay, en cambio, conozco a Mayra y esa mujer ilumina todo el continente –un saludo-.
Etcétera.
Vamos, que empiezo celebrando mi cumpleaños –he olvidado cuantos años tengo- y termino contando la primera comunión, la esperanza de la resurrección y el imperio contraataca. Ya.

Solo añadir que a las celebraciones habituales, guirnaldas, gozosas concentraciones delante de los ayuntamientos, ofrendas florales, entrega de presentes en las plazas públicas, desfile de carrozas ornamentales, rosarios ante las vírgenes de ermitas recónditas, degustación de vinos con denominación de origen variado, ágapes en mesas de piedra y otros actos conmemorativos, os solicito el regalo – voluntario, claro- de quince segundos de besos con la punta de los dedos y una breve reflexión sobre la fugacidad del verano.

Que soportéis este rincón os hace merecedores de todo mi agradecimiento.
Pues bien, hoy es mi cumpleaños.
Que lo sepáis.
Preciosas/os.

Charles Lloyd


24.1.08

Diálogos con la literatura







El martes asistí en la Biblioteca de Bidebarrieta, en Bilbao, al estreno de un ciclo llamado “Diálogos con la literatura”, que reunirá a dos escritores de renombre en un cara a cara sobre sus experiencias en el oficio o arte de escribir.

Los de ayer eran Ramiro Pinilla (84 años) y Harkaitz Cano (32). El primero escribe en castellano y el segundo en euskera (aunque muchos de sus poemas y novelas están traducidas).

Ambos conferenciantes nos contaron sus inicios en el oficio de escribir, opiniones, anécdotas curiosas, su visión sobre la noble actividad de la escritura, reflexiones, algunas experiencias frustrantes o positivas con diferentes editores. Uno decía que para escribir hay que leer; el otro que no todos piensan así, que hay quién cuando escribe no lee para no “contaminarse”. Ramiro defendía que «la novela es un género de experiencia», Harkaitz decía que “escribir es una forma de que el paso del tiempo tenga un sentido”. Los dos escritores indicaban que buscaban reconocimiento de los otros en aquello que dominaban. Ramiro anteponía la imaginación sobre la experiencia personal. Harkaitz contagiaba una grata frescura, fuerza.

El ritmo pausado de Pinilla contrastaba con el entusiasmo de Cano, la diferencia de edad, también de carácter, era determinante. Fue interesante aunque adoleció de falta de dinamismo. Ambos, en cierta manera, desde su diferencia de edad y experiencias se respetan, aunque no se pasaron en elogios hacia el otro.

Saqué bastantes conclusiones. Primero, que vivir (bien) sólo de la escritura es harto complicado. Después que escribir bien (o mucho) no significa comunicar bien hablando, ser un buen orador. Las otras –conclusiones (hay que ver)- no tengo tiempo de desarrollarlas ahora (además ¿qué contaría aquí mañana?¿o pasado?) (sé que me entendéis)

En el turno de ruegos y preguntas, los asistentes rogaban y lanzaban preguntas certeras, complicadas, larguísimas, parecía que se preguntaban a sí mismos. La estatua de Unamuno nos miraba desde el balcón. El aburrimiento empezó a caer del techo, aplaudimos y nos fuimos a nuestras casas. En la calle, las gentes seguían hablando de esto y aquello.

El 19 de febrero, Ana Mª Moix y Luisa Etxenike. Os lo contaré (si voy).















La poesía es ficción (y un cuerno)

No me considero una persona demasiado atormentada.
Pero a veces la resignación se apodera de mí.
Qué le vamos a hacer, todo cambia.
Un antiguo compañero de clase está a punto de casarse
con una chica del opus dei;
otro lleva más de nueve meses en la mar
pescando ilegalmente;
nueve meses, todo un embarazo,
quizás se haya hecho persona en el vientre de la mar
ya que no lo hizo en el de su madre.
A veces una tremenda resignación se apodera de mí
porque cuando tu soledad choca con la mía
me hace daño.
Este sentimiento se parece, cómo decirlo,
a descubrir que cuando cumplimos veintiún años
las chicas que tenían nueve cuando nosotros teníamos trece
tienen ahora diecisiete.
Descubrir al final de una noche, violenta y repentinamente,
que ese amanecer culpable y aquellos tiernos pechos
que nunca osamos imaginar que llegaran a serlo
ya no serán nuestros.
No sé si se entiende dicho así.
Que nos damos cuenta de esto y de aquello,
que hemos apurado ya todos los vasos de nuestra ingenuidad.
Que perdemos la mayor felicidad por el más mínimo error:
por eso, los errores diminutos son los más dolorosos.
Los grandes errores, no tanto.
Podemos acurrucarnos y vivir dentro de ellos,
o dar vueltas alrededor.
¿Qué hacer, sin embargo,
con un error que no es sino el ala de un insecto?
La risa es la única terapia
para ciertos asuntos que nos preocuparon.
Pero ni siquiera eso es suficiente.
Como tampoco lo es cubrir espejos con sábanas
para ser invisibles. Sobre todo, eso.
Y que todo lo que perdemos en la vida,
lo hemos perdido por no ejecutar a tiempo,
hace ya mucho, un adagio, un saludo
o un gesto
de complicidad.

De: Interpretación de los temblores, (Atenea, 2004)
Harkaitz Cano

Dee Dee Bridgewater



23.1.08

Escríbeme claro.

Dos no es el doble sino el contrario de uno, de su soledad. Dos es alianza, doble hilo que no se puede romper.(Erri De Luca)

Escribí lo de “se nos llenó la habitación de peces y cangrejos” -te digo-.
¿Era para mí? – preguntas-. Quiero que escribas solo para mí.

¿Te gustó lo del “rumor de llanto del que no llora”.? -añado-
No lo siento –me dices-, no sé qué es eso de paisajes circulares, de rumor de verdolaga, del margen de error. Dilo claro, no te entiendo.
Es poesía, mi bien, hay que sentirlo, hay que dejar volar las mariposas. Leo a Gamoneda, escucha.

Quizá soy transparente y ya estoy
solo sin saberlo. En cualquier caso,
ya, la única sabiduría es
el olvido.

Sabes que no me gusta la poesía, en cualquier caso prefiero a Valente.
Bien, te leo a Valente.

Descender por el tacto a la raíz
de ti, memoria
húmeda de mi transito.


Me gusta, pero dímelo solo a mí.
Te quiero.
Repítemelo. Ahora en voz baja.
Te quiero.
¿Ves? eso sí entiendo.






Soulsavers


22.1.08

La euforia del músico gris.

Fravecammo´a casa all´ate, sulo ´anosta sta´n prugetto.


Se nos llenó la habitación de peces y cangrejos.
Es difícil de explicar.
Quizás fue Händel con su música acuática.
O el rumor de llanto del que no llora.

Intento una estroboscopia del amor, la descripción a cámara lenta de salamandras en el estómago, el baile del mercurio indicando el límite, el pacto desopilante –otros lo llaman rendición- , la espada rota en las rodillas, la húmeda lengua dejando surcos en la espalda ausente, babeando como un niño, como un loco, como un perro con sed, como un idiota.

Había un niño que daba vueltas por la ciudad ajena y fría, con maestras surgiendo de las esquinas y novias vestidas de novia.

Había un adolescente sentado en una esquina de la ciudad ajena y fría y llovían estrellas en la ciudad de los ciegos.

Había un hombre tumbado en mitad de la carretera que lleva a la ciudad ajena y fría, los límites se borraron y desde ese día fue extranjero.

Había un anciano acezante con el pecho abierto como un campo de trigo y las amapolas aún miraban a la ciudad ajena y fría.

Se nos llenó la habitación de peces y laberintos.
Es difícil de explicar, me siento tan ridículo colgado de este gancho, me lastima el cuello y la autoestima, deja un burujón absurdo allí donde se juntan las venas y el rencor, me da un aspecto de masoquista que se exhibe, de profesional de ausencias, de esclavo con el látigo del recuerdo lacerándome la espalda.

Quizás es Händel con su música acuática.
O el rumor de llanto del que llora al encontrar en la cama, entre las sábanas, la cabeza de un caballo gris.

Construimos casas para los demás pero la nuestra sigue aún incierta.

Arcade Fire


21.1.08

Vacaciones de Agosto.

Las estrellas escriben un incendio en el aire.
(
Nonno, Dyonisiaca II)


Llego, me traen, a este lugar extraño, por carreteras tortuosas bordeadas de adelfas y camiones volcados en las cunetas.

Papá, pararemos en esa gasolinera. – me habían comunicado, deferentes.

Las paredes de la cafetería, al lado de la estación de servicio, están repletas de carteles de corridas de toros, fotografías de adolescentes desaparecidas, anuncios de curanderos o de vendedores de arena y clavos.

Miro mis manos sobre esta mesa que ocupo desde hace tres horas y cuatro cafés con leche. Los posos al fondo de la taza no me revelan ningún futuro extraordinario. El camarero, con cara de aburrimiento, evita mirarme y pasa un paño húmedo sobre el mostrador, una y otra vez, de forma mecánica. Al salir del servicio mi familia había desaparecido, así, como por arte de magia, ni rastro.

¿Cuándo llegamos? – había preguntado, impaciente, mi nieto mayor.
¡Calla! – le respondieron, como si no fuésemos a ninguna parte. Yo al menos.

Dos años y tres meses sin Lucia. Ay, cuanto añoro su presencia. Al menos no ve este ridículo, esta villanía. A mí también, carajo. Qué viejo idiota soy, ni me había enterado. Había leído en la prensa casos de ancianos abandonados en verano, pero nunca imaginé que pudiera pasarme también a mí. Además no soy un anciano.

La gente entra y sale del bar sin reparar en mi presencia. Sólo una niña, con un helado en la mano, dice al pasar a mi lado – Mamá, ese señor está llorando.- Pero no, es sólo la vista cansada de imaginar los pasos siguientes: el teléfono, la Guardia Civil, sí, íbamos de viaje de vacaciones, no sé donde están ahora, sí, con mi hija, su marido y mis dos nietos, todas las explicaciones inexplicables, como razonar este abandono si hasta ahora, si nunca antes.

La radio emite música que no entiendo, habla de temas que no me pertenecen. Esta es una embarazosa situación que no sé cómo solucionar. De momento me iré a un hotel. En ese instante asoma por la puerta la cabeza de mi yerno, balbucea – Perdone, Juan, pero me había citado con un cliente, aprovechando el viaje. No llegaba a la cita y partimos. Su hija está muy enfadada conmigo ¿Hemos tardado mucho? , ¿Nos vamos? - Y recompongo mi orgullo herido, le suelto un tremendo bofetón que lanza por los aires sus estúpidas gafas de sol, salgo del bar con la cabeza alta, acaricio la cabeza de mi hija al entrar en el coche, me acomodo entre mis nietos que me besan, mimosos.

El viaje continúa, en silencio, con tres adultos enfadados y dos niños asustados.

Cierro los ojos y me refugio en el recuerdo de Lucía. Un viudo llorando por dentro, a chorros. Un anciano que empieza a tomar conciencia de que lo es. Un hombre mayor, con su familia, viajando por carreteras tortuosas bordeadas de adelfas y camiones quemados en las cunetas.

Calle 13.


20.1.08

Circo.

Consecución de los tres fines de la vida. El hombre, cuya vida puede alcanzar cien años, debe distribuir su tiempo y dedicarse a los tres fines de la vida, subordinados entre sí, y de tal forma que uno no perjudique a otro. De niño procure adquirir cultura y aspectos análogos de lo Útil; se entregue al Amor durante la juventud, y, en la vejez, a la Ley Sagrada y a la Liberación. O, dada la incertidumbre de la vida, puede dedicarse a cada uno de éstos, cuando tenga oportunidad. (Kamasutra)

Cada día entiendo menos a los otros. Ayer mismo, entre la multitud, me sentía ajeno, diferente, no sujeto a las pasiones exacerbadas del vulgo que me rodeaba, a sus gritos, a sus primarias manifestaciones, a las extremadas expresiones de júbilo, de odio, primitivismo puro, caverna, tribu. Cuando todos vociferaban sentía en mi pecho un hondo dolor, sus caras desencajadas ofendían mi calmada contemplación del espectáculo.

Es verdad, cada día entiendo menos a los demás. Ayer especialmente no podía soportarlo. Es cierto que los leones estaban desganados, que apenas rugían. Es cierto que los cristianos no corrían, que se dejaban devorar sin resistencia, sin protestar. De los cristianos me gustan sus cantos, su pasividad, aunque es bien cierto que cuando los queman es más folclórico, mas colorista, incluso más oloroso. De los leones me gusta su implacable determinación de alimentarse, su predilección por empezar por los débiles, por los viejos, por los niños.
En cualquier caso el circo es el lugar paradigmático en el que cada día compruebo que entiendo menos al otro.

¡Ay, ay, Póstumo, Póstumo,
fugaces se deslizan los años
y la piedad no detendrá
las arrugas, ni la inminente vejez,
ni la indómita muerte!

-Horacio-

Tata Golosa


19.1.08

Último tren.

Un perro después del amor.

Cuando me abandonaste
dejé que un perro acercase su olfato
a mi pecho, a mi vientre, y lleno así de ti
corrió sobre tu rastro.

Espero que desgarre
los huevos de tu amante y le arranque la verga
o vuelva al menos
trayéndome tus medias en los dientes.

(Yehuda Amichai)


Madrugo. En los últimos meses duermo poco, o menos. Debe ser la edad. Esta mañana, quizás nervioso por el viaje me he despertado aún antes. He estado leyendo en el salón. La casa vacía desde que Begoña se marchó antes de todo esto. Al de un rato me he asomado al balcón, por la derecha el sol salía detrás de santa Marina, por la izquierda, en el Abra, el cielo estaba rosado. Un amanecer delicioso. Mi casa da a la amplia plaza Elíptica. Los jardines relucen con los primeros rayos de este sol de invierno. Una suave brisa inclina las hojas de los sauces junto a la entrada por la Gran Vía. Por ese camino se llega a la estación.

La plaza está desierta. Sobrecoge el silencio, la ausencia de coches, de movimiento, de personas. Con ayuda de los prismáticos que acostumbro llevar a la ópera he visto mejor el cuerpo, inmóvil, junto a la fuente del centro. Parece un hombre de mediana edad. El disparo ha partido de alguno de los edificios altos cercanos al Gobierno Civil. Atravesar la plaza es el único camino para llegar a la estación. El tirador lo sabe.

Desde la alameda, la mujer, una anciana vestida de negro, camina a paso rápido, sorprendentemente rápido. Una nube se levanta a sus pies. La anciana se detiene. Mira al cielo y la bala le entra por la frente. Cae al suelo, muy cerca del hombre muerto. El tirador utiliza un silenciador.

Bajo al portal, me asomo con precaución, vuelvo a entrar, tiemblo. No hay nadie por la calle. La herida de la pierna aún me duele, no podré correr. El único tren de hoy sale a las once. Quizás sea el último. Debo decidirme. Subo hasta el piso. Doy vueltas por la casa. Compruebo que he apagado las luces, que he cerrado el paso del agua, que la pequeña maleta está preparada. Estoy asustado. Miro a la plaza. Son ya cuatro los cuerpos que yacen, desmadejados, cercanos. Begoña estará esperando mis noticias al otro lado, inquieta. Me decido. Bajo a la calle. Miro a uno y otro lado. Salgo. Corro a pesar del dolor en la pierna. Maldito hijo de puta, quién sea, maldita sea su puntería. Jadeo. Estoy llegando a los sauces…


18.1.08

Variaciones Goldberg. (J. S. Bach)

La leyenda, que no la historia, cuenta que el conde Hermann Carl von Keyserlingk era embajador de Rusia ante la Corte de Dresde, donde tenía a su servicio al muy joven clavicembalista J. G. Goldberg, alumno de J.S.Bach. El conde, quien además de mala salud padecía de insomnio le dijo a Bach que le gustaría tener algunas piezas para teclado, de un carácter suave y a la vez alegre, tal que le permitieran distraer sus noches de insomnio. Bach escribió en 1741 el "Aria con Diversas Variaciones para el Clavicémbalo con 2 manuales" que el conde llamó de ahí en adelante "sus" Variaciones y que en las noches de insomnio eran ejecutadas para él por el joven Goldberg. Como pago, el conde le entregó a Bach una copa de oro llena con 100 Luises de Oro, que en la época equivalían a su salario anual.



Si usted aún no conoce las Variaciones Goldberg le invito con entusiasmo a escucharlas.
También le invito a conocer varias versiones y la mía propia.

1.- Versión Glenn Glould. (a ella)

Julia, sabes que durante años te he querido tanto, tanto. A veces me ha dolido la vida de tanto amarte. Luego he habitado en otros nombres, con otras mujeres, pero nunca te olvidé. Hace dos años nos encontramos por casualidad y descubrí una persona nueva. Quise conocerte mejor, saberte, reencontrarte, buscarme en ti. Pero el tiempo es un juez implacable y el nuestro pasó, o nunca lo tuvimos. Siempre has sido un imposible. Ahora también lo eres, pero de forma diferente. Antes te hubiese dado todo, me hubiese entregado absolutamente, no me pertenecía, mi amor por ti absorbía mi absoluta capacidad. Ahora, sin embargo, con tus excusas, con tus no puedo, con tu mirada, con las historias que presiento, has cambiado mi corazón. Era difícil pero, mira, lo has conseguido. Buen trabajo. Ya no te miro como la única mujer a quien amar, ahora eres una persona que necesita paz. Y yo no te la puedo dar.

2.- Versión Kenneth Gilbert (sobre ella)

Puede que haya maneras pero a mí me cuesta hablarle de mi desilusión con Julia, de mi confusión de sentimientos, de mi revoltijo de emociones. El amor romántico que le he profesado durante tanto tiempo se ha convertido en un sentimiento protector, en una amalgama de emociones contradictorias. Quiero conocerla más y cuando intuyo, o me cuenta, partes de su vida, no me gusta. Se me caen los castillos y cada cosa que conozco da salida a un sentimiento, y otro, de diferente signo, lo reemplaza. Esto, para mí, que soy tan elemental, me confunde, me llena de sensaciones extrañas y poco definidas.
- ¿La ha vuelto a ver?.-
Desde la reunión de mayo solo he estado con ella una tarde, aunque hemos hablado por teléfono varias veces. Lo lógico sería olvidarme de Julia y terminar esa historia, pero algo me impulsa a querer saber más, a etiquetar los preguntas pendientes. Es una deuda conmigo mismo. Durante un tiempo de mi vida no fui del todo bueno, ahora estoy domesticado, no podría ser malo aunque me lo propusiera. Creo que usted ya lo sabe. Bien, pues hay conductas mías actuales que me sorprenden, que no guardan relación con cosas que he hecho hasta ahora. Concretamente con Julia he pasado de querer ser su amante a querer ser su padre. No es muy exacto pero no sé explicárselo mejor. Seguiremos hablando, se me ha pasado la hora ¿no?.

3.- Versión Glup, (frente al espejo.)

Venga, sé sincero, quieres volver a verla ¿por qué te engañas? No sientes ya lo que sentías, pero te mueres de ganas de estar con ella, de mirarla, de hablarla, de ver como se mueven sus labios, de perderte en sus pómulos, en la curva de su melena, de comerte sus palabras. Nunca has dejado de pensar en Julia, reconócelo. Y es curioso, estuviste tan cerca, no fuiste valiente, debiste dejarlo todo, quemar las naves y perderte en esa locura, en el caos de amarla, con la esperanza del sí, con el abismo del no. Ay ¿recuerdas ese último día? te permitió acompañarla hasta la puerta de su casa ¡qué feliz ibas a su lado! flotabas, no había en el mundo un hombre tan afortunado como tú. Pero a nadie le importa, incluso ni a ti mismo te importa, lo único que desearías ahora es estar con ella, dondequiera que esté. Fuiste tan ingenuo al decir que no te amase. Ahora su silencio se ha convertido en tu prisión y todo ha vuelto a ser como antes y no contesta a tus mensajes y el tiempo pasa y ....

4.- Versión jazz.(quién sabe.)

Glup golpea el espejo.
La sangre corre por su mano, salpica su cara.
El amor ha vuelto a morder su soledad antigua y las espigas de níquel se agitan como torbellinos detrás, debajo de la cama.

Glup esquiva a las salamandras altivas, a los nenúfares carnívoros y a ese avión de caza que va y viene atronando el techo y sus oídos atiborrados de miedo, de alcohol malo, de lápidas flotando, de qué.

5.- Versión pop.(sin comentarios) .

Ahora que Crosby y Nash ya no cantan a las ballenas y los aviones se caen, o los derriban; ahora que el mundo se ha convertido en una aldea global, o eso nos dicen, Glup interpreta al piano las Variaciones Goldberg en la sala de conciertos del Euskalduna.
En el auditorio, en la segunda fila, está sentada Julia
Glup enfurece al descubrir su presencia, levanta el piano sobre la cabeza y lo lanza contra su ex amada.
Julia, una señora vestida de verde y un acomodador mueren en el acto.
Glup es arrestado.
Final: Sin piano no hay concierto.


Si no te quisiera tanto, o por eso, te haría el amor en los portales.


17.1.08

Pozo.

Bajar al pozo.
O saltar.
De cabeza.
Sin pensarlo.
Sin poder pensarlo.
Estar allí.
Solo.
En lo oscuro.
Animal saciado.
De oscuridad.
Angustiado.
Sin estrellas.
Nadie asoma.
Por siempre.
Caído.
En cautiverio.
Sin alondras.
Ahíto
De sombras.
Grito inútil.
Prisión voluntaria.
Sin memoria.
Pared que sangra.
Tiempo ahogado.
Herido de miedo.
En silencio.
Dolorido.
Sin paisajes.
Soledad tenaz.
De piedra.
En el pozo.
Solo.


16.1.08

Afganistán.


“Je n`ai vu un plus grand monstre ou miracle que moi-même. (Montaigne)


La verdad es que no me siento militar, me alisté por la preparación física y por viajar. También por estar una temporada sin pensar demasiado. Llevo aquí tres años y se liga, mucho. Es cierto que soy guapo, todo ayuda.

Paqui era morena, enérgica, divertida, ocurrente, sensual, sonreía, siempre sonreía y eso era solo el principio, a partir de ahí el cielo parecía un simple atajo hasta el éxtasis de yacer con ella. Tenía otras...¿virtudes? que no puedo contar aquí. Me hablaba y se me derretían hasta las pestañas. Para un navarro como yo su acento malagueño me desarmaba -espero no haber hecho un chiste a cuenta de mi profesión-. Cuando me acariciaba se me erizaban los vellos del cuello, jamás una mujer me ha tocado así. También es verdad que me han tocado tantas que mi memoria flaquea.

Puedo seguir con nombres y nombres pero no quiero hacerme el gallo. No creo que fuera determinante pero el galón amarillo destacaba en mi traje de faena. También destacaba la boina de paseo y, cómo no, mi porte marcial. Era el prototipo de aguerrido soldado.
Por la mañana cuartel, por la tarde hembras. Mi sueño era hacérmelo con dos de mis amigas; a la vez, claro. Pero no encontraba candidatas. No es que fueran mojigatas, no, al contrario, eran celosas, posesivas, me querían solo para ellas, sin compartirme.
Durante el tiempo que llevo en el ejército me he acostado con tantas mujeres que he perdido la cuenta. Si me vieran mis paisanas, tan puritanas, todas querían un anillo previo, pobrecitas.
Pero la que de verdad me gustaba era Paqui.

-Estoy embarazada- me lo dijo al terminar.
-Conozco trucos mejores- le contesté sin mirarle a los ojos.
Al día siguiente salíamos de maniobras, una semana en la sierra. Lo pensaría a la vuelta.

-Abortaré- era el escueto mensaje en el móvil.
No le contesté, después de varios días de marchas por el monte me encontraba demasiado cansado para considerarlo.

No lloraba, tenía en la cara un gesto de determinación, en la puerta del cuartel me lo dijo- Me mentiste, todo era mentira, nunca me has querido. No te preocupes, abortaré y nunca más sabrás de mí-. No supe contestarle y se fue.

Después nos enviaron a Afganistán en labor humanitaria. Fueron varios meses en los que no lo pasamos bien, aunque peor lo pasaban los de allí. Todo lo que vi en aquellas tierras me hizo reflexionar. A la vuelta lo dejé, el ejército, estaba aburrido, la verdad es que también estaba asustado, no era eso, no era eso.


No volví al pueblo, demasiado pequeño, y llueve mucho. Me quedé aquí. Trabajo en la asesoría de uno que era sargento, bien. Me he casado, Juana es una maravilla de mujer, está de cajera en un Hipersol. En verano vamos a la playa y en invierno apenas salimos, estamos ahorrando para pagar la entrada de un piso. He engordado un poco. Mi vida, mi puta vida.

Aquí


15.1.08

Vida y destino.

"Y en esa nueva y última despedida, cuando a través de la puerta entreabierta el viento húmedo y frío de la calle se mezcló con el calor de la casa, cuando la piel áspera y curtida de la pelliza rozó con la seda perfumada de la bata, ambos sintieron que sus vidas, hasta ahora una sola cosa, se escindían en dos y la angustia les abrasó los corazones."


"Un frío gélido se elevaba del río y de las tinieblas, emergía un viento contrario y despiadado. Sobre la cabeza brillaban las estrellas y no hallaba consuelo ni paz en aquel cruel cielo de hielo y fuego que dominaba su cabeza infeliz."


(Vasili Grossman)

Impresionante.
Sólo puedo decir que hacía tiempo que un libro no me enganchaba de esta manera.

Aviso a posibles lectores: tiene más de 1100 Páginas.

En nombre de los que yacen en la tierra. (por Robert Chandler)

Hislibris / Rodrigo

Aquí


Dilogía.

Nada es lo mismo

La
lágrima
fue
dicha...


Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando a las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.

¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:

Nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

Ángel González

Sin quererme embozar en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro y gozo y temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega carta de ella (¿?) y me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal y de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender, siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en ella (¿?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aún así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen en el ayer. / Nada. Se va, vuelve, revuelve, me deja mensajes grabados en el contestador, dice que teme darme la mano, dice que teme que nos besemos, que nos desnudemos, dice que no, que nunca, que mejor estoy lejos, que soy un peligro para ella (¿?), que cada cosa tiene su tiempo y nosotros nunca lo hemos tenido. Puede decir lo que quiera, en mi interior no puedo sujetar esta avariciosa ternura que me deja ensimismado cuando estamos a solas, estas inmensas ganas de abrazarla y sentir su piel, de dejarme llevar por tanto sentimiento prisionero, soltarlo, llorárselo sin pudor sobre los hombros, decirle que no se puede querer tanto como yo la he querido y quiero, que no se puede sufrir tanto como yo he sufrido y sufro por ella (¿?), saber que ya no importa, que ni siquiera somos los mismos, que nunca hemos sido nada excepto una broma en las comidas de la empresa, cuando se escarba en los pasados no conocidos, en los futuros imposibles. A pesar de todo, arriesgando tanto, me acerco a ella (¿?) sin remedio, de forma inconsciente, sin pudor, sin pensarlo casi, con una repetida sinceridad al contar, al abrir mi corazón, al quedar expuesto a su comprensión, a su compasión, a quién sabe qué sentimiento, seguro que contrario al que quiero buscar. Pero no sé qué quiero buscar, no sé qué fuerza me impide olvidarla, me obstino en escribir poemas sin remedio, sin rima, no sé por qué me empeño en verla, en equivocarme así, en no pensar en lo que es bueno para ella (¿?), ni siquiera sé por que me tolera. Me paro y pienso que ya tengo edad para saber lo que debo y lo que no debo hacer, ya, inútil intento, pienso en ella (¿?) y las normas no existen, los límites siempre están más lejos y leo tantas veces las cartas que me escribe que la letra está borrosa, lo que dice me redime, lo que no dice me llena de tantos sueños que una explosión de imposibles me devuelve a la realidad y la realidad es aplastante, demoledora, está el aquí, el ahora y vivir no es escribir y todo esto no son más que palabras que no llevan a ninguna parte excepto a disturbarnos, a perturbar nuestra tranquilidad reciente, a que me mire como al bicho raro que siempre he sido para ella (¿?) si es que he sido algo. Sigo cautivo. (Saben que estoy escribiéndole, me vigilan, debo disimular, luego sigo). /Son las seis de la mañana, continúo despierto, me he comido el despertador, me doy cuenta que mañana estaré agotado por falta de sueño, me paro, muevo la cabeza, me compadezco de mi mismo con la ansiedad del amanecer y juego con seriedad, sonriendo pero respetando las normas, no pisar la raya, pisarla, borrar la raya, dibujarla, doblarla, llenarla de flores, apretarla entre los dedos y ya, canto mientras decido si clavaré estas elucubraciones en la puerta de madera de la ermita, pero sé que sí porque quiero que mis compañeros del astillero sepan hasta donde puede llegar la marea del corazón y eso que llaman amor que ni siquiera entiendo si es esto o es luz en el agua sucia del pantano, si solo es una locura que dura demasiado tiempo -toda mi vida, toda su indiferencia- y todavía me quedan dos años de contrato para salir de aquí, prisión de la voluntad, de cielos en continuo poniente y esto no dice nada y dice y mis poemas y cuentos pasan con pena, en silencio, avergonzados, mirando al suelo. Esta fragancia dice que si hablo sobre mi próstata o sobre las alteraciones en mi cuenta corriente emocional alguien al otro lado del Río Grande abre su ventana y entona una melodía muda con subtítulos y comentarios como banderolas al viento. Coincidencia o circunstancia, o quizás sea una cuestión de murallas alrededor del yo, de nubes atravesadas y atropelladas por los estorninos de noviembre, o de estepas meciéndose en plácidos atardeceres de revistas de fotografía. Debe ser un mal común, lo que le interesa no me interesa y viceversa y la vida del hombre la mecen con cuentos y León Felipe se sabía todos los cuentos y estamos hasta el gorro (frigio y frígido) de que nos cuenten cuentos. Sin embargo anteayer, ayer, hoy te he contado esta dilogía, mi querida lectora, mi querido lector. Mañana más, algo se me ocurrirá (cada día se me ocurre menos, puede ser el frío).

Charles Aznavour.


14.1.08

Dilogía (y 3)

Bajo los sauces
yo te llevo en mis brazos y te siento vivir.

Después salimos a la luz y, por primera vez,
tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras.

Es verdad; en el extremo de tus manos,
el cielo es grande y azul.

(
Gamoneda)


Son las seis de la mañana, continúo despierto, me he comido el despertador, me doy cuenta que mañana estaré agotado por falta de sueño, me paro, muevo la cabeza, me compadezco de mi mismo con la ansiedad del amanecer y juego con seriedad, sonriendo pero respetando las normas, no pisar la raya, pisarla, borrar la raya, dibujarla, doblarla, llenarla de flores, apretarla entre los dedos y ya, canto mientras decido si clavaré estas elucubraciones en la puerta de madera de la ermita, pero sé que sí porque quiero que mis compañeros del astillero sepan hasta donde puede llegar la marea del corazón y eso que llaman amor que ni siquiera entiendo si es esto o es luz en el agua sucia del pantano, si solo es una locura que dura demasiado tiempo -toda mi vida, toda su indiferencia- y todavía me quedan dos años de contrato para salir de aquí, prisión de la voluntad, de cielos en continuo poniente y esto no dice nada y dice y mis poemas y cuentos pasan con pena, en silencio, avergonzados, mirando al suelo. Esta fragancia dice que si hablo sobre mi próstata o sobre las alteraciones en mi cuenta corriente emocional alguien al otro lado del Río Grande abre su ventana y entona una melodía muda con subtítulos y comentarios como banderolas al viento. Coincidencia o circunstancia, o quizás sea una cuestión de murallas alrededor del yo, de nubes atravesadas y atropelladas por los estorninos de noviembre, o de estepas meciéndose en plácidos atardeceres de revistas de fotografía. Debe ser un mal común, lo que le interesa no me interesa y viceversa y la vida del hombre la mecen con cuentos y León Felipe se sabía todos los cuentos y estamos hasta el gorro (frigio y frígido) de que nos cuenten cuentos. Sin embargo anteayer, ayer, hoy te he contado esta dilogía, mi querida lectora, mi querido lector. Mañana más, algo se me ocurrirá (cada día se me ocurre menos, puede ser el frío).

Fin

Georges Brassens


13.1.08

Dilogía. (2)

No sólo la victoria tiene alas. También las tiene el fracaso. No arde el infierno ni es dulce el amor más que la muerte. No es sabia la vejez y nunca fue inocente la niñez. No importa el honor, no escuchan nunca los dioses, a nada sirven los esfuerzos hermosos. No esperan las flores la llegada de la primavera dormidas al abrigo de esa tierra que hoy a mi imaginación se le antoja extraña. Pero sí que es profundo el mar, y tan frío y cavernoso. El Nuestra Señora de Getxu yace aquejado de vértigo y besando con su ajada panza la única certeza permanente del frío, del ciego movimiento eterno, de la muerte.(Purranki Sandongui)



Nada. Se va, vuelve, revuelve, me deja mensajes grabados en el contestador, dice que teme darme la mano, dice que teme que nos besemos, que nos desnudemos, dice que no, que nunca, que mejor estoy lejos, que soy un peligro para ella (¿?), que cada cosa tiene su tiempo y nosotros nunca lo hemos tenido. Puede decir lo que quiera, en mi interior no puedo sujetar esta avariciosa ternura que me deja ensimismado cuando estamos a solas, estas inmensas ganas de abrazarla y sentir su piel, de dejarme llevar por tanto sentimiento prisionero, soltarlo, llorárselo sin pudor sobre los hombros, decirle que no se puede querer tanto como yo la he querido y quiero, que no se puede sufrir tanto como yo he sufrido y sufro por ella (¿?), saber que ya no importa, que ni siquiera somos los mismos, que nunca hemos sido nada excepto una broma en las comidas de la empresa, cuando se escarba en los pasados no conocidos, en los futuros imposibles. A pesar de todo, arriesgando tanto, me acerco a ella (¿?) sin remedio, de forma inconsciente, sin pudor, sin pensarlo casi, con una repetida sinceridad al contar, al abrir mi corazón, al quedar expuesto a su comprensión, a su compasión, a quién sabe qué sentimiento, seguro que contrario al que quiero buscar. Pero no sé qué quiero buscar, no sé qué fuerza me impide olvidarla, me obstino en escribir poemas sin remedio, sin rima, no sé por qué me empeño en verla, en equivocarme así, en no pensar en lo que es bueno para ella (¿?), ni siquiera sé por que me tolera. Me paro y pienso que ya tengo edad para saber lo que debo y lo que no debo hacer, ya, inútil intento, pienso en ella (¿?) y las normas no existen, los límites siempre están más lejos y leo tantas veces las cartas que me escribe que la letra está borrosa, lo que dice me redime, lo que no dice me llena de tantos sueños que una explosión de imposibles me devuelve a la realidad y la realidad es aplastante, demoledora, está el aquí, el ahora y vivir no es escribir y todo esto no son más que palabras que no llevan a ninguna parte excepto a disturbarnos, a perturbar nuestra tranquilidad reciente, a que me mire como al bicho raro que siempre he sido para ella (¿?) si es que he sido algo. Sigo cautivo. (Saben que estoy escribiéndole, me vigilan, debo disimular, luego sigo)...(sigue)

(Aquí)


12.1.08

Dilogía. (1)

Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza realmente, hasta el día que te vi por primera vez. (Stefan Zweig)



Sin quererme embozar en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro y gozo y temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega carta de ella (¿?) y me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal y de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender, siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en ella (¿?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aún así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen en el ayer. (Sigue)

Eduardo Cruz


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