Glup 2.0


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29.2.08

Vísceras.


Llevo acostada largo tiempo
en la orilla. Mis pechos
son colinas cubiertas de hoja seca.
Levanto la cabeza y me contemplo:
en mis muslos el vello a punto de ser vello,
me incorporo: la hierba a punto de ser hierba,
doy un paso y despierto al agua
a punto de ser agua,
se asusta un ave negra a punto
de ser ave a punto de ser negra...
Un resplandor me ciega:
el bosque me contempla, a punto de ser bosque,
a punto de ser tuya.

(Chantal Maillard)

Me mantengo en la sombra del bosque, ahí fuera, aún a mi pesar, aún a pesar de todo lo que no ocurre y solía. He tomado distancia y soy capaz ya de distinguir los contornos, dónde piso, dónde estoy. Me falta saber a qué lugar quiero ir. Ahora mismo no tengo ni idea de hasta dónde puedo llegar. Mientras tanto ella hace lo que debe hacer. No sé si deseo a la intelectual y amo a la mujer o al revés, si las dos son una, si soy capaz de deslindar cada sentido de su ser. No sé si he entendido, si sabré entender.


Decirlo bien. Ella necesita decirlo bien. Y yo digo y digo para poder decir, quizás porque no sé siquiera lo que digo y las palabras no me son suficientes para expresar lo que llevo dentro. Con esa mujer he aprendido que puedo ser yo, que puedo dejar sobre su mesa cada partícula de mí misma, que puedo presentarme desnuda, transparente, frágil, fuerte, rendida, enamorada, vulnerable. Con ella he aprendido que amar es una actividad que va más allá del puro sentimiento, que está dentro de la misma esencia del amor, de estar en el mundo, es decir de nosotras, es decir de ser o no ser. Con ella he disfrutado de nuestros cuerpos como consecuencia, como prolongación de mi deseo. Siento su piel, mi piel, el abrazo, me veo desde dentro, desde fuera, nos veo enlazándonos en el amor como si estuviera colgada del techo, sobre la unión, a uno y a otro lado de los muslos entretejidos, del sudor, de los fluidos, de los suspiros. Siento que penetro en mi alma cuando la penetro con mi voz, me siento ella, y yo, me hago el amor haciéndoselo. Me quito hasta el pellejo cuando me acaricia, siento que pasa sus dedos y sus labios por mi carne viva.

Y me paro para mantenerme aquí, en la otra orilla del puente de su petición, en la otra orilla de lo que solía, palpándome la ropa para volver a conocerme. No quiero espejos, prefiero meter la mano por mi ombligo y sacarme las vísceras, lavarlas bajo la fuente de agua fría de la cordura y colocarlas de nuevo en su sitio. O en otro. A las noches no puedo respirar pero me duermo igual. Además ya no hay milagros.

(Guiño: no sabes lo que me ahorro en psicoanalistas)

Paco de Lucía


28.2.08

Dijo Rosa.


¿Puedo hablar de la muerte mientras vivo?
¿Puedo aullar de hambre imaginada?
¿Puedo luchar en versos encendidos?
¿Puedo fingirlo todo siendo nada?

(Saramago)



No recuerdo ya que quise demostrar (me) hace más un año pero aquí estamos, nadando en ambiguas aguas que dicen y no dicen, según con qué ojos lean, que escribo afanosamente no sé si para los demás o para mí mismo.

Me duele la espalda de la obstinación, la rabadilla del orgullo, el bajo vientre del alma. Quiero reclamar, pedir una indemnización, sin dimitir pero firme. No adivino en qué ventanilla, ministerio, ayuntamiento, juzgado, dónde, ante que burócrata impasible debo presentar mi solicitud, firmada, con sellos y un esquema del cansancio. Presiento que será inútil.

Me resulta pedante estar hablando de lo que escribo, como si tuviera alguna importancia, como si no fuera suficiente hacerlo y

(A) deba explicarlo a menudo.

(B) me parezca reprobable dedicar tiempo a este capricho de escribir ¿Hasta cuándo la amenaza de sequía? ¿Hasta dónde el ensimismamiento?

(C) tener siempre esta espada rozando mi escroto por si dejo demasiados absurdos, una multitud de tonterías escondidas entre los versos y versículos, un sinsentido entre las cañas de los textos.

(D) sestear bajo un yunque suspendido sobre la cabeza por el post de mañana (este que intento ahora).

(E) no entrar a fondo en el principal motivo y eludirlo con pamemas, zarandajas, pamplinas, farsas, paparruchas y pataratas. Por cierto, estoy buscando cual es ese motivo que me motiva.

(F) etcétera, etcétera.

En algunos momentos intuyo que esta forma de expresión personal es una metáfora de lo existencial. Estar aquí es aliviar la obsesiva carga del paso del tiempo, la vida escapándose por la juntura de los días, la amenaza del lunes, sus quejidos esparcidos por luminosos domingos, palabras rebozando el corazón abierto, sazonado, salpimentado, la belleza de la verdad expuesta en un escaparate restringido, correspondencia sin destinatario fijo, el zumbido del sexo, la muerte –al fin- ahí sentada, sonriendo.

Ahora mi obligación es cerrar el cuento -dijo Rosa- y he aquí el dilema.
¿Cómo cierro esto si no es un cuento?
¿Cómo invento un cuento dentro de un cuento?
Me sabe mal no satisfacer a Rosa – en lo psicológico-.
Lo intento.
En un lejano país vivía el señor de la guarida, un hombre enamorado, arrebatado, prisionero de un amour fou entre los pliegues de sus días verdes, sin sanación posible, con meditación y éxtasis, con ríos y constelaciones, con temor a los espejos, a la belleza de un lirio en su búcaro, a todo aquello que no figura en el manual de los perdedores, los que aún o los que no.

Un día despierta con una mujer dentro de su boca y sabe que no curará, que cuando termina una historia, esa misma se transforma en un cuento interminable frente al mar que brama, en una conmovedora forma de espera, en una mentira que, de tanto repetirla, nos creemos.

La muerte –como nos dicen- da fin a todo.
Algo así.


Por cierto, no recuerdo quién es (o era) Rosa.
Ensayo para una pasión
Ese infinito proceso de la melancolía
que sustituye a la inteligencia
cuando reclamamos el derecho
a nuestros humanos errores.
Como Henry Miller rogaba a Dios que no le hiciera
sabio
así es, lento y doloroso el conocimiento
la intuición quizá
de todo lo que ha de sobrevivir
cuando la pasión termine.
Uberto Stabile



27.2.08

Escozor.











Mujeres- niña esclavas del padre,
no pueden salir de la silueta,
siguen girando en el laberinto
con luz de un candil de estupor.


Mujeres- mujeres colgadas del padre,
no encuentran la salida,
tantean su noche con un cayado,
adoradoras ante sagrarios esquivos.


Madres- niña presas de amor al padre,
no saben el misterio de su demanda
de su devoción prisionera,
manos tendidas al silencioso vacío.


Mujeres descalzas en el rellano
de una escalera imposible,
ahora suben, ahora bajan,
escozor del recuerdo.


La niñez sentada a horcajadas
sobre el caballo de la vida
que salta –ay- el obstáculo
de la propia vida.








Ella Fitzgerald


26.2.08

El personaje G (2).

La sacudida de la duración,
ella, por si sola, entona ya un poema.

(Peter Handke)


El personaje G embutido en un traje de submarinista, negro, de pie en el extremo de un puerto batido por las olas. Ante la tormenta económica de finales de febrero, las barcas de pescadores se refugian en el remanso de la cordura y en el bar de Ramón, en Elantxobe. El capitán Acab no ha regresado, sigue buscando una gran ballena blanca. Por fortuna los mares están llenos de Acabs, por debajo y por encima de la superficie. Ballenas blancas hay menos. El personaje G se sumerge y también las busca, apartando a los peces abisales, ciegos, errantes. La tarea es ardua porque los capitanes de barcos fantasmales sólo las pueden ver con lentes especiales, de cerca, de muy cerca. G por no llevar, no lleva ni gafas de buceo. Descansa y en la cueva de Mandarimanda habla de fósiles y de héroes con la sirena, su eterna sirena. Después sigue nadando hasta que, distraído, se encuentra de pronto rodeado por tiburones de alameda y barracudas de los confines del océano. Consigue zafarse de esa pesadilla de dientes y ojos quietos y llega justo al centro de un banco de calamares gigantes. Allí es abandonado por la suerte y es atacado con chorros de tinta negra, paralizante. Aún así se mueve y nada. Nada. Huye y no encuentra, no encuentra por lo que, desesperado, abandona la búsqueda y vuelve a tierra firme. Se retira a un monasterio cisterciense y ora. No labora y vive del subsidio de desempleo de buscadores de imaginarios personajes melvillenses. Pobre.

Sarkozy


25.2.08

El personaje G (1).


Me fumé las noches y los orgasmos
las ganas de vivir y de morirme,
me fumé las flores de los tilos
y las pestañas de una rubia,
la humedad de una vagina
y la crueldad del anochecer.

(Cristina Peri Rossi)


El personaje G sentado en una habitación acolchada, tapizada de trasatlánticos, aeróstatos, soledad y furia. Encerrado por pensar que el amor es una burda trampa para cazar elefantes, un agujero hostil sembrado de estacas puntiagudas, el zarpazo de una bestia implacable.

El vecindario le obsequió con pasteles envenenados de sonrisas caducadas, con felpudos de bienvenidas mentirosas- ongi etorri-. Al no dar la imagen adecuada fue aislado, apartado por las mentes que piensan en una sola dirección, por los indiferentes a los vientos de cambio, a la lluvia inclemente de ideas nuevas. Se sienta y piensa en qué ocurrirá si se calla el que canta las canciones sombrías del juglar ajusticiado bajo un tilo de la Gran Vía.

Al ignorar la causa por la que Ella guardó su melena cortada en un pañuelo de seda, se somete a una terapia de duchas con agua helada e inyecciones de sexto sentido oxigenado. Sana (o casi) y se dedica a la informática de gestión.

Triangle



24.2.08

Carmen Echevarría.

Nos hemos demorado en las estancias marinas
junto a ninfas ornadas con algas bermejas y pardas,
hasta que voces humanas nos despierten, y nos ahoguemos.

(T. S. Eliot)

“Carmen Echevarría se tiró al mar por primera vez en Elanchove.

Fue en agosto, en vacaciones, recibió la visita de J mientras tomaba el sol sobre las piedras del muelle. J era su novio, al menos ella le consideraba más que un buen amigo.

Las gaviotas chillaban detrás de los arrastreros que volvían de alta mar y meciéndose sobre los botes, pacientes, los jubilados intentaban pescar calamares en la bocana del puerto.

Sentados al lado de unas mujeres que remendaban redes, J le dijo que la noche anterior se había acostado con su amiga Cristina. Ella se lo había pedido como un favor, no soportaba el fastidio de ser virgen pero no quería acostarse con un desconocido.

Sin querer escuchar más, Carmen, despacio, se quitó la ropa y de un salto se lanzó al agua. Al alejarse entre las olas, junto al acantilado, la corriente de Ogoño golpeaba su costado izquierdo, presentimientos submarinos rozaban sus muslos desnudos. Siguió nadando hasta dejar atrás la isla de Lekeitio y brazada a brazada disolvió en los bordes de la espuma todos los momentos que había compartido con J, todos los recuerdos. Incluso olvidó aquella noche en la que se abrazaron sobre la arena de la oscura playa de Ereaga. Mientras él intentaba bajarle la falda y ella le susurraba que ahí no, dos grandes perros negros les asustaron, dejándoles sin ganas de otra cosa que no fuera buscar un lugar seguro y con luz.

La noche estaba avanzada cuando regresó a otra costa, cansada pero serena; ya no recordaba quién era J, pero sabía muy bien quién era ella.


La vida siguió – es curioso que la vida sigue, tan rápida, indiferente a estas cosas, - y pasaron más de veinte años hasta la segunda vez que Carmen Echevarría se lanzó al mar.

Era invierno y al anochecer, del brazo de M, se dirigía al faro; buscaban lugares apartados para pasear. La temperatura era baja, caminaban rápido y no se cruzaron con nadie. M le hablaba de su trabajo, de sus hijos adolescentes, de su coche nuevo. Ella sabía que algo quería decirle y que no se atrevía. -Vas a dejarme ¿no?- preguntó, secamente. Sin mirarle a los ojos él contestó que sí. Esta vez Carmen se desvistió rápido, saltó entre los bloques de cemento del rompeolas y se perdió entre las frías y negras aguas. M corría, asustado, gritando su nombre, él no sabía nadar, pidió ayuda pero nadie acudió. Veía la cabeza de su amante entrando y saliendo en la revuelta corriente de la dársena, luego la perdió de vista y volvió a su casa acobardado, hundido, con el remordimiento mordiéndole las piernas y el alma.

Carmen, aterida, regresó justo al punto desde donde había saltado. Tiritando se puso la ropa y mientras regresaba a su presentida soledad recordaba todos y cada uno de los días que había compartido con M. Se juró que nunca más.”

Mientras escribía este breve cuento no acababa de encontrarle sentido. No me parecía interesante, la narración no tiene ritmo y el argumento es mínimo, no se entiende por qué esta mujer se tira al agua obstinadamente, en vez de afrontar las situaciones. Lo guardé en un cajón.

Hoy lo vuelvo a leer y me sorprendo de los escenarios que escogí. Rebuscando en mis recuerdos, coloqué a la protagonista en los mismos lugares en los qué, el día que Julián me confesó su infidelidad, me lancé al agua y fui nadando en busca de mi horizonte.

Y Miguel, sé que jamás dejará a su esposa. No me lo dice pero lo noto en un alejamiento progresivo, en sus llamadas con voz desganada, en las visitas cada vez más espaciadas. Esta noche hemos quedado para ir a caminar desde el puerto viejo hasta el faro. No puedo soportar su abandono, si no es mío, de nadie. Le empujaré por el rompeolas, será él quien caiga al agua. Y no saldrá.



23.2.08

Declaración en un sábado cualquiera.


Se disuelve en el aire el llanto roto,
el pie de las estatuas
recupera la hiedra
y tu mano me busca
por la piel de tu vientre
donde duermo extendido.

(Valente)




Lo confieso, este blog era, también, un medio para enviar mensajes de humo, avisos cifrados, anhelos disfrazados de torpe literatura, deseo encubierto en palabras que se retorcían en textos absurdos y escritos decadentes de un romántico en la unidad de cuidados intensivos.

Se terminó. Ayer estrangulé al iluso y lancé su cadáver al foso trabajosamente cavado con mis manos alrededor del castillo, un agujero de treinta metros circundando mi alegría, un espacio de nada entre mi realidad y la fantasía tanto tiempo mantenida. Era el momento, demasiado tiempo con los ojos cerrados. Bien cierto es que lo hice con nocturnidad y alevosía pero no supe hacerlo de otra manera.

El hecho de mantener un título en la página –Glup 2.0- no tiene que ver con doble personalidad, obscenas maniobras en la oscuridad de mi yo, desdoblamientos del ego, ni ninguna otra interpretación psicológica o científica del comportamiento de mi interior. Lo escogí simplemente como reclamo de publicidad entre millones de páginas abiertas en este apasionante mundo de la red. No pretendo esconderme en ese nombre, ni usarlo como apodo, ni que me suplante, ni utilizarlo para ninguna otra actividad que no sea el de permitirme compartir mi gusto por escribir. Es sencillo, lo entiende cualquiera ¿no? (pues no, hay muchos que no, que lo lían).

Mi nombre es Pedro Martínez, soy de y vivo en Bilbao y gracias a esta tecnología he podido compartir mi afición a unos niveles de divulgación que ni soñaba (como todos nosotros, claro). Pretendo mantener un cierto tono de calidad en los textos que publico, pero como esto es subjetivo y está sujeto a los gustos y opiniones de los que leen, de su crítica, me conformo con que me guste a mí, que soy mi mayor crítico.
Soy responsable de todo lo que escribo y publico aquí, de la selección de las fotografías y dibujos, de los colores (o su ausencia), de la plantilla, de mantener el blog diariamente, de dinamizarlo y procurar hacerlo atractivo. También de las músicas, de cambiarlas, de inventarlas.

Me dicen (muchas veces, demasiadas veces) que escojo bien las fotos, el mérito es solo de los fotógrafos. Incluirlas sin el nombre de sus autores es un problema de falta de capacidad técnica para saber dónde y cómo hacerlo. Además como las cambio tan frecuentemente es muy trabajoso y no tengo tiempo, a veces ni siquiera sé de donde las obtengo. Pero si sé que no es correcto, confieso mi vena barriobajera al robarlas. Intentaré corregirlo.

Reviso de dónde me leen y me sorprendo al encontrar entradas desde países lejanos, tanto que algunos ni sé donde están (Va, va, ya sé que a vosotros también, que no dejáis ni sorprenderse a uno). Pero esto no es nada comparado con el alucine inicial de que alguien me lea. Incluso he comprobado que una vez un lector, bueno, una lectora, me entendió. Esa noche no dormí.

Sobre todo estar en estos foros de blogs me ha permitido y permite conocer a personas extraordinarias que han enriquecido mi vida con su amistad. Me refiero ahora a las personas a las que he conocido en vivo y en directo –no diré sus nombres, ellos ya saben-. También tener una larga e interesante correspondencia con muchos aficionados a esta comunicación abierta y estimulante. Tampoco diré sus nombres, me faltaría espacio en esta página. Quiero dar las gracias, de nuevo, a unos y otros por todo lo que me aportan, por el intenso tráfico de sinceridad y emociones en los comentarios. Gracias.
Ah, se me olvidaba, entre las responsabilidades asumidas no incluyo la de la interpretación de los que me leen. Muchas veces no siento comprendido mi sentido del humor y me mosqueo, lo confieso. También confieso que muchas veces ni huelo el sentido de los comentarios y también me mosqueo de forma absurda. Mejoraré.
Está página está abierta, es libre, entra el que quiere bajo su total criterio e independencia, no tenemos por qué coincidir en gustos y aficiones, puntos de vista o planteamientos, ideas o vacíos. Al que no le guste que vaya a otros blogs y punto. Problema terminado. Admito críticas, o mejor, las necesito. Admito menos los halagos, me incomodan, no estoy acostumbrado a ellos, siempre me parecen inmerecidos. Reviso los muchos libros que leo y esto es apenas un juego entre lo literario y la ingenuidad.


Final: en los últimos tiempos estoy muy ocupado, no tengo demasiado tiempo para entrar en casa de mis vecinos, en vuestras casas. Estoy sobrepasado por las obligaciones y por una pasajera anemia en mi voluntad. Lo achaco a la falta de lluvia, a la primavera que aún no viene, a diferentes ausencias. Volveré a visitaros, a comentaros, dejarme tomar fuerzas y aliento, robar minutos no sé de dónde. Disculparme.

No sé de dónde me ha salido el discurso de hoy pero tampoco sé de donde salieron los anteriores. En cualquier caso es mi post para el sábado.


Alcé la cara al cielo,
inmensa piedra de gastadas letras:
nada me revelaron las estrellas.

(Octavio Paz)

 


22.2.08

Estimación objetiva singular.


Yo penetré en tus huesos. Más allá de mis fuerzas, más allá de la posibilidad.

retumbé en tu vientre: tantos días en ti hasta que tuve miedo;

tantas horas en ti hasta que tuve miedo;

tantos días hasta que comprendí que el miedo era el alimento de
mi patria,

el conductor de mi espíritu hacia una vejez en que la traición es

utilizada como estiércol y la mentira trabajada hasta que

hierve dentro de la boca.

(Antonio Gamoneda)


Escribo en primera persona por la imposibilidad técnica de hacerlo desde fuera, ventana, periscopio, ojo de cerradura o tragaluz. Este personaje dolorido no es real, si es una persona más propensa al bostezo que al excelso ejercicio de amar, aún en la distancia del tiempo y de lugares compartidos.

Escribo en primera persona no por valentía de mostrarme como soy, no, justamente por lo contrario, por impotencia de colgar mi fotografía interior y decir: ese soy yo.

No sé qué demonios hago aquí escribiendo incoherencias que pretenden ser poéticas. Quisiera dibujar las letras con caligrafía china, con pincel, con tinta roja, cada letra un intento de belleza, cada letra. Sin embargo acumulo palabras y palabras para decir nada, mentiras, manipulación, engaño, escribir por escribir.

Además con pretensiones –poor, poor man- en un constante intento de buscar un marco donde dejar una sensación, un instante, un retrato, un suspiro, una mano que salga y que te oprima el pecho que te haga volver, tú que ahora me lees.

Pero llegará un día, lo verás.

Like a rolling stone.


21.2.08

(Elogio del silencio)



Aquí,
siendo lo que era
nada es como solía.

Ahí, silencio,
oh, silencio.

Caudal dilapidado,
desamor, viaje roto,
enterrar la daga de la fe,
no vestir de enemigo.

Tiempo hundido.

20.2.08

Carta del amante excitado.

Tu sexo
Oculta rosa palpitante en el oscuro surco,
pozo de estremecida alegría
que incendia en un instante el turbio curso de tu vida,
secreto siempre inviolado,
fecunda herida.

(Alaide Floppa)


Excitación es la definición exacta.
Estar así, como una fiera a punto de saltar entre tus labios, acechando tu piel, tu olor, tus ojos cerrados a mis manos que te roban la calma y tú abres todas las puertas, me das las llaves, me indicas los caminos, me regalas mapas de tu cuerpo, me dibujas los atajos, pintas señales en los cruces de caminos, me orientas a tus remansos, a tus fuegos, dejas pequeñas piedras en las escaleras que llevan a ti, amor saliendo de las aguas, como un ser de otra dimensión, aún no sé si tienes escamas, aún no me has mordido, aún izo banderas en mis barcos, te nado, te navego, te surco como un viento del sur, te peino con mis dedos ansiosos, estaría contigo en una perpetua noche donde sólo tus suspiros y mis besos fuesen una marea incesante y amarte sin parar, sin luz de luna, sólo tú y yo, desnudos, vivos, buscándonos como náufragos entre las altas hierbas, como dos absortos amanuenses que se dictan uno al otro, que escriben lo que sabe el otro, que son el otro, que se olvidan de quién son, que la vida sigue, que el reloj no se para aunque se haya parado en ese cuarto donde giran los planetas rojos y no cantan los gallos, donde el misterio se derrite, donde esa grieta en la pared amenaza un terremoto, las trompetas del fin del mundo suenan en los valles cercanos, los halcones nos sobrevuelan, las abejas preparan su mejor miel, las plañideras ensayan - ojalá se sequen sus ojos-, los cartógrafos nos regalan una vista aérea, y ya es hora de vestirse, aunque aún no ha amanecido, aunque el mar esté inmóvil, aunque, oh, amor, aún nos queden ternuras sin gastar.
Jamás nos saciamos.

Respect


19.2.08

Laberintos y espejismos.




















Respect.


Lo que tú quieres, baby, yo lo tengo.
Lo que tú necesitas, sabes que yo lo tengo.
Sólo te pido un poco de respeto cuando vuelves a casa.

(Coro)
¡Sólo un poquito, sólo un poquito!.

Te doy mi dinero
Y solo te pido un poco de tu tiempo, cariño.
Y que me des mis réditos cuando vuelvas a casa.

(Coro)
¡Sólo un poquito!.

Tus besos son más dulces que la miel.
Pero, sabes, mi dinero también.
Lo único que quiero que hagas por mí
es que me eches un polvo cuando llegues a casa

(Coro)
¡Auténtico respeto!.

R-es-p-e-t-o, sabes lo que esa palabra significa para mí...

(Coro)
¡Dame eso!.

(Otis Redding)
(versión de Aretha Franklin)



A partir de una llamada telefónica todo cambió.

Ten cuidado con tu mujer, te engaña, dijo aquella voz y con ella entró la sospecha, la duda, el miedo, el rencor, la incomprensión, la impotencia ante una situación que no entendía, el progresivo aumento de las precauciones, el cambio de las rutinas, la vigilancia de las costumbres, el control, tantas cosas, en fin, que hicieron mi vida diferente.

No hubo más voces avisándome pero la semilla de la desconfianza había prendido y todo era mirar el buzón por si aparecían cartas sin remite, revisar las llamadas al móvil, el ordenador por encontrar mensajes comprometedores en el outlook, comprobar si había pruebas en la ropa, manchas sospechosas, olores, mirar los kilómetros del coche, los cargos en la tarjeta de crédito, la disminución del deseo, la intensidad de las miradas, indicios de otro hombre, señales de la infidelidad presentida, pavor ante la soledad.

Desde aquella llamada mi existencia entró en un agobiante ejercicio en el que solo me preocupaba proteger mi dignidad, mi propia estima, mi supervivencia.
Fueron tiempos duros, muy duros, se me fue la cabeza.

Un día me planté ante el espejo, me miré, encaré mi realidad y me propuse vivir como antes, antes del aviso, antes de aquello. En poco tiempo lo logré, apenas necesité cuatro años. Tampoco me resultó difícil, sobre todo teniendo en cuenta que soy, siempre lo he sido, un hombre solitario, soltero, sin pareja, que nunca he estado casado.


Françoise Hardy



18.2.08

Casa grande.


El mar borra las huellas de los barcos.
El tiempo borrará nuestras estelas.

(Felipe Benítez Reyes)

Llueve fuerte, las barcas cabecean en el muelle, ella cabecea en un recuerdo en equilibrio sobre el retumbar de tambores imitando una cofradía de semana santa. Humea el café sobre la mesa. Humea el rescoldo difuso del ritual de aquellas manos rudas sobre su cuerpo. Estos días de aniversario son los peores, vuelve con más fuerza su aliento en los oídos, el dulce surco en los muslos, el cauce húmedo de los labios por su espalda. Corre las cortinas, no quiere ver el mar ahí abajo, los barcos, el oleaje contra la escollera. Pero no puede dejar de escuchar su cuerpo que pide ternura, que pide pasión, que pide huir de los papeles sobre la mesa., del trabajo, que grita que quiere ser amada.

Días de mala fortuna, las gaviotas vuelan bajo, con esta mar no podemos salir a pescar, las aguas están revueltas, frías, el barco amarrado, las cuerdas tensas, bordas resbaladizas, el perro arriba y abajo por el puente, las redes recogidas, el muelle vacío, la tempestad a la altura de los caladeros, cervezas en el bar del puerto, partidas de mús, blasfemias, ella allá arriba, en la casa grande, sé que está mirando, sé que me desea tanto como yo a ella en aquellas tardes por la puerta de atrás, cuando llegaba la noche y empezaba la luz de nuestros cuerpos en la habitación del fondo, gorriones dormidos en la palmera, pocas palabras, jadeos, piernas enlazadas, ella entregada y solícita, ella que nunca me había saludado, ni mirado, la señorita de la casa grande, yo un hijo del pueblo, un pescador, ella que abrazaba mi cabeza contra su pecho y me besaba, me susurraba , me pedía, me decía espera y otra vez y ven mañana hasta aquel día, justo hace dos años, duro recuerdo, salí a la noche de su cuerpo con los rastros del amor entre los dedos, en cada parte de mi ser, me embarqué de madrugada, evocándola, en la travesía, distraído, caí al agua, miedo en la soledad del mar, entre altas olas, miedo a la muerte, soy buen nadador, pude resistir hasta que me encontraron, un aviso, un presagio, hice una promesa, luego fue la costera de la anchoa, después el bonito, luego Azores, mucho trabajo, mi mujer quedó embarazada por segunda vez, el hijo mayor empezó la ikastola, no volví, ella no me llamó, han pasado dos años, justo dos años, sé que me está mirando desde ahí arriba, ojalá deje pronto de llover, maldita promesa.

Habib Koité


17.2.08

Poema 5 # 4.

Con indeleble
trazo deshojo
54 crepúsculos,
sutil lamento
de galgos blancos
ladrando al cielo.

54 cálices que
reciben el
aliento profano
del vivo anhelo,
sueño quebrado,
azul deseo.

54 barcos rotos,
proa hundida ,
sumergido coral,
instinto abisal,
sima insumisa,
gruta infinita.

Diosa viva
oculta en cárcel
transparente,
digo viva y
digo muerta.
54 fríos huecos.

Hondo refugio,
voz ingrávida,
resucitar en 54
espacios sigilosos,
aluzar lo invisible,
ver de nuevo.

Volverse diosa,
sí, 54 dije,
digo cientos,
lenguas de oro
que lamen aún
el recuerdo.

Fúlgida voz,
herida luz,
opaca memoria,
54 ánforas que
guardan la ceniza
del consuelo.

54 sagrarios
profanados
por el tiempo,
-negro eco-
rescoldo
de silencio.


16.2.08

Cartas que tú no lees.


No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.
Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.
Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

(Neruda)


No llega la primavera con sus alas de calor, flores y fuego. Espero mi viaje al sur. Tú irás a tu casa del norte pero ya no sabré de tus lecturas, de tus aficiones de marzo, de tus paseos solitarios hasta las calas desiertas. No sabré, no sé, nada de ti. Una realidad.

No me quiero dejar llevar por la añoranza, ya no, pero aún así reviso momentos, otro tiempo, cuando te rapaste la cabeza, cuando me enviaste aquellas dos fotografías con el pelo muy corto, la cara muy seria, el dolor en tu mirada. Un símbolo.

He borrado todos los mensajes, he perdido la cronología, cuando ocurrió, la memoria, apenas recuerdo cómo. Solo conservo la certeza de que jamás he sido tan feliz, jamás he sufrido tanto como esos años que se diluyen en mí. Una convicción.

Te llamé tantas veces, te busqué en vano, te rogué, supliqué, quise entender, me caí, no supe, no pude, fui débil, me asusté, me desbordó lo cercano, el tiempo, las obligaciones, no fui capaz, me rompí, te aburrí, te colmó mi impotencia. Una certeza.

La vida sigue y quemé todo aquello que pudiera traerme ni siquiera una brizna de tu presencia, los libros, las cartas; olvidé las músicas que me trajiste de tus viajes; borré las caricias que grabaste en mi piel, me quedé vacío. Un error necesario.

Hoy es sábado y luce el sol. Una casualidad.

The Who


15.2.08

Inseguridad.

Discurso del Método Para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias:

Si este discurso parece demasiado largo para leído de una vez, puede dividirse en seis partes: en la primera se hallarán diferentes consideraciones acerca de las ciencias; en la segunda, las reglas principales del método que el autor ha buscado; en la tercera, algunas otras de moral que ha podido sacar de aquel método; en la cuarta, las razones con que prueba la existencia de Dios y del alma humana, que son los fundamentos de su metafísica; en la quinta, el orden de las cuestiones de física, que ha investigado y, en particular, la explicación del movimiento del corazón y de algunas otras dificultades que atañen a la medicina, y también la diferencia que hay entre nuestra alma y la de los animales; y en la última, las cosas que cree necesarias para llegar, en la investigación de la naturaleza, más allá de donde él ha llegado, y las razones que le han impulsado a escribir (Descartes)



Lo peor fue la inseguridad, el darse cuenta que ya no, el inicio del miedo mordiendo los bordes del estómago.
Hasta aquella noche nunca le había ocurrido, o no lo recordaba.
Y cuando ella le llamó gordito fue definitivo.
Se mira al espejo una y otra vez, hace flexiones, junta las manos y marca pectorales, quizás haya engordado un poco, pero apenas se nota.

Solo quiso ser amable, ni siquiera le gustaba, no era su tipo, estaba allí, en una esquina, todas sus amigas hablando con hombres apuestos y ella sola, por eso se acercó. Después del tercer trago le empezó a parecer atractiva y la invitó a su casa. No le gustó que ella aceptase a la primera, prefería un regateo, que sí, que no, pero ella dijo sí, sin dudar.
El apartamento estaba desordenado, como siempre, sobre la alfombra el elefante que regaló a Oscar cuando cumplió cinco años, su tigre preferido, los juguetes de su hijo. Ella ni siquiera miró alrededor, preguntó por el cuarto de baño y entró apresurádamente mientras él colocaba un libro en su sitio, limpiaba los ceniceros y recogía varios periódicos del suelo.


Salió desnuda. ¿La cama? preguntó. Él señaló el cuarto y allí se fue con sus nalgas breves, sus pechos breves, sus piernas delgadas. Ven, quítate la ropa, susurró ella. Y torpemente se quitó la camisa y los pantalones, se quedó con aquellos calcetines negros casi hasta las rodillas, se sintió ridículo, se los bajó con dificultad y supo que había bebido más de lo que acostumbraba.
Sobre las sábanas era ágil, activa, le besaba el cuello, bromeaba, le acariciaba el escroto, él estaba desbordado. Quiso besarla y eludió el beso, riendo. Quiso lamer sus pezones y ella se giró, fóllame, dijo autoritaria. Él lo intentó una vez, dos, se dio cuenta que no era su noche, que aquella vez no, que el ron le paralizaba, que estaba haciendo el ridículo. Además no era su tipo, demasiado delgada.

Entonces dijo aquello de no puedes ¿no? venga, otra vez será, se levanto, volvió al cuarto de baño a vestirse y desde la puerta sin mirarle siquiera se despidió con un chao, gordito, eso le dolió.

Mañana de domingo, el mes que viene cumplirá cuarenta años, cambio de número, el cuatro ya, sin Marta, un hijo al que ve cada quince días y con una resaca de mil demonios.
Bah, estaba muy delgada la estúpida esa, seguro que era feminista. O lesbiana y sigue haciendo flexiones, resoplando, se levanta y el espejo le devuelve un señor serio, con mala cara pero con pectorales de nadador retirado. No me había ocurrido nunca, bueno, dos veces, quizás tres. Se vuelve a mirar y sí, quizás esté engordando un poco.

Henri Salvador falleció el 13.02.2008 a los 90 años de edad.




14.2.08

Doríforos eufóricos.




Mil querubes bellos ornan tu dosel,
quiero estar con ellos, Virgen, llévame
contigo en el Cielo, colmado de anhelo,
qué feliz seré.





(Man)tengo este espacio.
Blog se llama.
Glup 2.0 lo titulé.

¿Sí? –me preguntan- ¿Y qué escribes?.
Cuentos, poemas, historias, pensamientos, lenguaje de bitácora, ensayos de expresión desde la línea de fondo o más lejos.

Con todo, me pongo las gafas de espíritu crítico, miro al espejo de la madrastra y sé que aquí no hay (buenos) cuentos, que escribir un (buen) poema cada día es imposible, un afán absurdo, un engaño, que pretender disfrazar escritos de zanja con ropajes de literatura es un vano intento, que no se lo cree nadie, que el carnaval ya ha pasado.
Y aún así, sigo.

Por y para eso robo música (la cambio a menudo para que no se note), fotografías (también las cambio mucho), alterno colores, temas, comento con energía los comentarios, combino los estados de ánimo a la espera que un viento paráclito ilumine mi inspiración, que las oriflamas del decir ondeen, que el cansancio de los días no adormezca el entusiasmo, que las liebres del desanimo no hagan su madriguera en la imaginación agujereada, infértil, helada en este invierno que parece primavera. También dejo post, cada día. Esto lleva bastante trabajo que no lo manda nadie, es voluntario.

En resumen, creo que esto es lo que siempre digo cuando no tengo nada que decir. Me disculpo, me justifico, hablo sobre escribir y no escribo, doy vueltas a la noria de los días, me siento culpable sin haber sido juzgado, me clavo puñales de duda, me siento en el borde y me río sin parar, contradiciéndome, abriendo la puerta al jardín de la esperanza, dando suelta a los lebreles de la risa, al perro blanco del disfrute, un revoltijo de jijís, jajás.

Dicho esto, pongamos orden.


Como muchos, escribo al dictado de la dama de la inspiración. A veces nos sorprende en momentos inoportunos, en un semáforo, en la cima de un monte, bajo el agua, mirando los ojos de Adela. Si llevo bolígrafo apunto la idea en una tarjeta de visita, en la esquina de una hoja de periódico, en un billete de 5 €, en papel de envolver. Después recolecto estas ideas (0h!) en un cuaderno de tapas duras. A veces de muchas ideas sale un post. A veces quedan dormidas y no se desarrollan. Otras –esto me preocupa- las repito.

En este momento no sé si he contado mis dos visitas a Rusia o si el recuerdo permanece tan dentro de mi alma que por un simple mecanismo de defensa no sale a la luz.
Por si acaso no, lo cuento, la historia de mi viaje por la estepa rusa en busca del último aliento de un ciervo.

Hace ya, bastante al norte de Moscú, busqué por las vastas estepas un animal moribundo. Trataba de comprobar la antigua creencia que dice que respirando el estertor de un ciervo macho, su fuerza, su vitalidad, su espíritu pasa al cuerpo de quién lo recibe.
Era diciembre y nevaba, después de caminar durante kilómetros y kilómetros me topé con un impresionante ejemplar de ciervo, malherido, apoyado en un tronco seco. La magnífica bestia con la cabeza erguida me miró desde más allá de una muerte presentida. Como si me hubiera estado esperando, se levantó y comenzó a caminar, vacilante, cojeando pero sin perder la defensa, con su cornamenta enhiesta. Seguirla me llevó entre matorrales, lejos de los caminos, con el cansancio enredándome las piernas entumecidas por el frío. Varias horas después dobló las patas delanteras y reclinó la imponente testuz. Acostado, a su lado, prevenido, esperé su final sin perder de vista su hocico tembloroso. La agonía se prolongaba. El frío era muy intenso. El animal intentó un último bramido desde su garganta rota. El esfuerzo venció su resistencia. Conmovido, acerqué mi nariz a su boca y respiré justo el último aliento que salía de aquel cuerpo poderoso.

El regreso al punto de partida fue lento y duro, caminé sin energía, ausente. Aquella respiración final me había transmitido algo más que la fuerza, que la potencia. En aquel momento, con el cansancio, no supe determinar que había sido. En los bancos de madera de una estación de tren perdida entre la niebla tampoco pude hacer otra cosa que racionar mi tristeza. Volví a casa envuelto en melancolía.
Hoy, tiempo después, no logro sacudirme la…


Y aquí se ha marchado la inspiración. Paseo por la casa. Intento finales. Llamo a mis amigos les pido consejo, ayuda. Nada. Bajo a comprar pan. Bebo un gic tonic. Bebo otro. Grito por la ventana. Doy de comer a los pájaros del patio. A los buitres. Me pongo nervioso ya que no tengo post para mañana (o sea el jueves). Retoco este escrito, lo alargo, lo estiro, es inútil, no hay historia excepto este intento de narrar experiencias que ni siquiera recuerdo si ya las he contado, si ocurrieron, si soy yo el que escribe, quienes somos, dónde vamos, de dónde venimos, pues esto, lo de ahora mismo.

Esta (casi) historia la empecé en enero en el hotel Temple de Ponferrada y al día de hoy no sé hasta dónde puede llegar. Por eso la dejo por imposible.
Si alguien tiene un buen final se lo compro.
Abstenerse intermediarios.
Solo especialistas en finales.

(¿?)


 


13.2.08

Ladrona.

"La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era rocío. No hay en el mundo muerte mas bella."
(
Ernst Jünger // Tempestades de acero)


Soy una ladrona y estoy atenta. En invierno desvalijo los chalet vacíos de las urbanizaciones de la costa. Microondas, televisores, pequeños electrodomésticos que puedo transportar sola y vender después. Casi nunca hay dinero, ni joyas, solo silencio y casas amuebladas con mal gusto, barato. Y frío, hace mucho frío.

Soy una ladrona y soy culta. También robo libros, es difícil encontrar bibliotecas en estas segundas viviendas, como mucho hay algún best seller, novelitas de amor o del oeste, revistas del corazón, cosas así. Cuando encuentro algo interesante lo leo antes de venderlo en el mercado de la Ronda.

Soy una ladrona y estoy sorprendida. En un adosado de los de ventanas azules, los últimos que construyeron junto a la playa del faro, entre otras cosas ayer encontré un ordenador portátil, un bello objeto tecnológico Estos aparatos se venden bien. Por curiosidad lo encendí y jugué con su teclado negro - una ha hecho cursillos de word en el módulo y sabe- , rebusqué entre los programas, escogí fotografías. El dueño debía ser trabajador, el trasto estaba lleno de fotos de casas, de perros, de niños, de la costa al amanecer, por la tarde, las luces de la noche y un archivo: Ella. Lo abrí. Una foto. Era yo forzando una ventana, se me distinguía perfectamente. En otra rompiendo un cristal, tan cerca que se me veía el color de los ojos. Otra escalando un balcón, de espaldas. No entendía nada, había muchas más, ese cabrón me conocía, me había seguido muchos días. Me fui de allí, rápida, y de vuelta a Barcelona tiré el ordenador a un río.

Un coche se ha estacionado frente a mi casa y ahí está, lleva tres horas parado con las luces apagadas. Seguro que sabe que estoy aquí. Soy una ladrona y estoy asustada.



12.2.08

Pheniletinalamina.




Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados.
Pórticos de limones desviados
por el canal que asciende a tu garganta.
(Rafael Alberti).







Ariadna ha perdido el hilo y el Minotáuro acecha al personaje G. en esta esquina del pretendido relato. Las Variaciones Golberg suenan como música de fondo, aunque Gillespie. El sarcasmo muerde a quien se acerca demasiado. Si no nos apresuramos llegaremos tarde a nuestro propio funeral. El mandril informa que está harto de sus posaderas rojas, hinchadas y despellejadas, quiere cambiar de asiento, o de culo.
El feo Caligari de la derecha, acunado en Góngora, opina que solo del Amor queda el veneno. Los transeúntes le escupen, uno le roba el pañuelo, otro le desprecia con un silencio de cieno.

Los caballos han salido del plano y sobre la hierba quedan sus excrementos humeantes. La tierra solloza. Los pájaros han cambiado de escenario. La poesía huye hacia el cercano cementerio frecuentado por ladrones de cadáveres.

- ¿Y? -

Zoloft los martes, Paxil los miércoles, Remeron los viernes, psicofármacos como serpientes deslizándose por la enfermedad y los errores. Elogio de la ira. Un cuchillo cortando el azafrán y convirtiendo en una fiesta trágica la filosofía de lo imposible. El personaje G. no entiende nada, sabe, como Dickinson, que una carta encierra la inmortalidad, porque es la mente sola, sin amigo corpóreo. Y escribe sobre lo que no pudo ser, sobre lo que no podrá ser. A veces alguien le entiende y le envía suspiros y claveles, orgasmos antiguos en cajitas de plata, testimonios desgarradores, revelaciones surcando su sosiego, gotas de sabiduría, un disco de los Byrds, un poema como una antorcha, la lengua de un ahogado, el infortunio manchando con un garfio los muslos de cristal de la Belleza.

Pasan los días como un torpe payaso que tropieza en las aguas dormidas. Entre las horas colgadas como ahorcados se desliza la voz del personaje G. acariciando un cuerpo sombrío envuelto en silencio y rencor.
Pasan los años con su cargamento de avenidas a ninguna parte, con la calavera de relojes asesinos, rauda se desliza la vida río abajo y el barquero es ciego.

¿Para qué me sirve todo esto que escribo si ella ya no quiere leerlo?
 

11.2.08

Sujeto




Pero el festín inmóvil sigue, el viaje sigue abajo,
se está a salvo del cambio, nada moja
estas mejillas que ha pulido el fuego,
que el tiempo desconoce en su carrera
aire arriba, en los árboles que pasan y se alternan.

(Cortázar)

El sujeto. Una puerta, cerrada. Lo que es, hace, calla, acepta, la quietud de los días, lo que piensa, la realidad detenida.

El sujeto. Una puerta, atrancada. Lo que quiere, piensa, sueña, anhela, teme conseguir, flota a lo lejos, lo imposible entre nubes Pollock.

El sujeto, sujeto, atornillado al suelo, a la rutina, se ha enganchado en el viento y se estira, tal parece que vuela, gesticula, imita a un pájaro, gorjea, se posa en su rama, duerme con la cabeza bajo el ala.

Movimiento, no quedarse en el umbral, me estoy grabando, sonrío, finjo, imito, me disfrazo de imposibles personajes, sentado en la grúa, arriba, fuera de plano, mirando allí, desde otro lado.

Continúa la fiesta, estamos vivos.



10.2.08

Un año en Blogger.


Tenía en su pecé, un reino a cargo,
la web de su gastado corazón;
posó su lengua adulta en el pezón
virtual de la razón, pasó de largo.

Un link le remitía a un poso amargo,
a un triste teclear, a un comezón
antiguo, (terco dios aquel pezón
con la razón girando en su letargo).

Compuso a la sazón lo que sentía
sumársele a la red...un sueño largo.
(La música virtual sin alegría

caía lentamente en el embargo
amargo de la luz que lo envolvía).
Quiso salir del word y, sin embargo,

retuvo la razón...y aún es de día.

(Pablo Gonzalez de Langarika)


Desde hace un año - parece que fue ayer- casi cada día he arribado con mis escritos hasta esta orilla de Blogger. Un voluntario y voluntarioso ejercicio, con bastante trabajo, esfuerzo, dedicación y tiempo. Demasiado (eso me recriminan voces cercanas).

Intenté un blog literario y poco a poco he ido bajando a una tierra de nadie donde he mezclado escritos de lo cotidiano con otros de presunta literatura pintada de rayas verdes y rojas, sueños disfrazados de oropéndolas, vulgares poemas llenos de buenas intenciones, traumas de hielo, lágrimas de plástico, textos escritos aquí y allá, intentos fallidos de pequeñas obras mayores, desafíos, cuentos con trampas puntiagudas, con prisas, textos herméticos, insatisfecho afán de notoriedad, ascenso y caída de mis ilusiones, realidad del ahora.

Un año ya y sin embargo. Debe ser una celebración alegre, un tiempo de reflexión y fuegos artificiales y no lo es: el medio no era el mensaje y estoy bastante agotado.

En cambio he descubierto a los otros, a mis vecinos: escritores auténticos vestidos de humildad y luces; curiosas páginas flotando en el aire de los martes; retazos de vidas alegres o tristes o huecas o cárceles; huidas al buen tuntún; risas, pocas; añoranzas de carnaval y de esperanza; sabiduría; aventuras y experimentos con música de fondo; olores de ultramar; aburrimiento por docenas; ventanas al mar de la imaginación eterna; manos tendidas; manos suplicantes; hambre de tantas cosas; buenas intenciones escritas con palotes que saben a cielo; esbozos de tiempo detenido; torturas, también, para ojos impacientes; aprendices de nada; quejas; ruidos de fondo (¿me estás grabando?); cándidas propuestas de fraternidad universal; egos golpeando como campanas de catedral romana; vidas que interesan mucho a los que minuciosamente las describen; perlas brillando en un sembrado de coles; pasión desbordante; personas tan interesantes que dan ganas de salir a buscarlas y llenarlas de besos; personas tan mágicas que cuando se apaga la luz envían milagros, un camino, un ejemplo; amigos invisibles que te darían la vida; poetas escribiendo lo que les muerde dentro con dentelladas de fiera; poetas que enseñan de forma impúdica su verdad desnuda vestida de mentira; censores que se molestan por lo que leen y siguen leyendo y exigen recato y orden y que escriban entre sus límites; amor, y su necesidad, como para llenar océanos; blog´s magníficos para no dormirse nunca y leer y leer durante otro año y los que vengan, hasta la enhorabuena a los que leo, a los que me han leído, a los que me han comentado, a los que no, a los amigos, a todos los escritores de blog, a todos vosotros: Feliz próximo año de escritura y lectura desde esta página Glup 2.0. (Sigo otros doce meses)


Pedro


Berry


9.2.08

Remordimiento.

Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba;
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

(Lorca)


El remordimiento como una bestia parda hocicando en las entrañas de lo establecido, de lo correcto, de la norma.

Para calmar su furia ofrecemos sacrificios en el altar de la tradición; nos mortificamos con cilicios en los muslos del deseo; encadenamos el instinto en un sótano del edificio del recuerdo.

Me quito la camisa.

La culpa, el sueño y yo caminamos por la misma ciudad,
por diferentes calles,
esclavos de la soberbia,
del imposible milagro de los panes y los peces.
Es lo que es.

Me quito los pantalones.

No quiero hacer trampas en la blanca pared de cada día.
Me he comido las sobras del silencio, he apurado los posos del idilio, he rebañado el plato de lo romántico.
Aún está en mi boca el sabor de aquella comida.
Pero lo que fue, fue, historias, ya está todo dicho, no hay más que hablar, las cenizas están esparcidas desde los montes.

Levanto mi copa para celebrar lo que aprendí entonces sobre quién soy yo. De ese desconocido en mí que a veces sale, me habla, razona, rompe el espejo, quiere apartar de la puerta las piedras de la rutina, la abre, cauteloso asoma la cabeza, la cierra, se esconde, es.
Lástima tener una sola vida.

Este es un rincón perdido, obstinado, terco, sostenido en el extremo de un palo en equilibrio sobre la nariz de un malabarista con el culo al aire que repite salmodias y letanías, que ve girar atemorizado las ruedas del tiempo, que agita con una mano el sonajero del miedo y con la otra espanta las sombras de damas sin rostro. Algún día se caerá.

Un drama, la vida como un trayecto complicado por caminos embarrados, por vericuetos y trochas ahora que las autopistas están inundadas y la lluvia ha borrado los mapas, ahora que los refugios están cerrados y nos faltan nombres para los huracanes que vienen.

Cambiando de tema, hace poco me di cuenta que llevo mal las críticas, que he olvidado contar hasta diez, que he perdido números en el trayecto, que este puente se está llenando de transeúntes, que las aguas del río bajan turbulentas y que hace demasiado frío para escribir desnudo.

Decididamente, estamos en invierno.

O así.

Gracias por venir también hoy.

Esta ronda la pago yo ¿qué quieres tomar?



Kepa Junkera


8.2.08

Pea


¿Me quieres, Ana María?
Yo me he soñado que sí;
mas dudo que guarde impía
la ingrata fortuna mía
tesoro tal para mí...

(José Mª Gabriel y Galán)



Colgados de relojes como espadas, pasan los días en un laberinto de humo, como el pálido jinete que cabalga un sueño. Dejan la estela de nuestra insignificancia, el frío aliento de lo efímero, las señales del camino hacia la brumosa nada.

En el escenario, en el centro, frente a nosotros, bajo el espejo ardiente del alba, el personaje G. conversa animádamente con el otro yo que le habita y comparte. Es tan joven que alterna la infancia con la senectud – el misterio no está en la edad sino en la confusión-, tan humilde que es actor secundario de su propia vida, tan imperfecto que una multitud de esclavos taciturnos copian miles de veces no volveré a nacer mientras damas melancólicas arropan sus sueños, vigilan su dieta de achicoria y le exigen exclusividad y atención absolutas.

A su lado, desenfocada, sobre una piedra verde de musgo que sobresale entre el lodo, una mujer, con el rostro difuminado, le acaricia el cerebro con un bisturí. A medida que se aclara esa imagen -como en una película de Bergman- observamos que ese rostro femenino es el compendio de muchos rostros superpuestos.

A la derecha, sentado en el suelo, un bello Jekyll recita que busca respuestas redondas como panes y encuentra preguntas duras como piedras. Varios ciudadanos pasan a su lado sin dejar ni una sola moneda en el pañuelo extendido frente a él. Canta.

A la izquierda y al fondo, justo al borde de un barranco, cuatro caballos pastan plácidamente una hierba abundante, indiferentes al abismo y a la poesía que flota en el aire. Cantan los pájaros.

Un momento, perdone, lector ¿se ha percatado usted de la lírica absurda de esta historia? ¿No? Ale, ale, léalo otra vez. ¿En qué está pensando?. ¡Más atención, oiga! –

Bien, contaba que este día, hoy, una mano surgió entre las nubes y un gigantesco dedo índice señaló al personaje G. mientras una voz tronaba en el cielo y decía - Escribe relatos para el blog Glup 2.0. Y G., obediente y crédulo, abre el baúl de las emociones, da vuelta al reloj de arena, muerde el fruto de la audacia, firma un manifiesto apoyando la eterna rebeldía ante el Poder, prepara los rudimentos del ilusionista, enciende una vela a Zeus, desayuna la ración de Prozac de los lunes, revuelve con una cucharilla de café el oscuro aroma de la soledad, sube al bajel ebrio de Rimbaud y la imaginación sale volando enredada en las garras de un pterodáctilo.

Por cierto, ¿ha leído usted “El Perseguidor” de Cortázar? ¿No? ¿Y qué hace aquí mirando esta sarta de incoherencias, esta colección de lamentos pasados de moda? ¡Rápido! corra a la librería de guardia más cercana.


Final del cuarto acto.

Julio Cortazar - El Perseguidor


7.2.08

Cuatriobra. Intimidad que no intimida.



“Me hundiré en la palabra,
cercada por la voz.
El silencio
abre anillos de agua.


(Lola Velasco)






Diez.

En los televisores del país, ahora en una pausa publicitaria, no se puede ver el cañón de la pistola que apunta a la cabeza del Realizador; no se puede escuchar la voz que le ordena que ya, que basta, que cambie, que esa historia ha terminado y esto es la vida real; no pueden sentir el tremendo dolor del Realizador al recibir en sus finos dedos un golpe seco con una barra de hierro, otro golpe en la cabeza que le hace desplomarse inconsciente, incapaz de detener al hombre enfurecido que destroza los monitores, uno tras otro, que vierte un líquido inflamable sobre la mesa de mezclas y todo comienza a arder detrás de él mientras sale como un ángel vengador, entre llamas y cristales rotos, encañonando, empujando, apartando a los guardias de seguridad que no pueden detenerlo. Pero ahora vuelve la conexión y los televidentes pueden advertir desde un plano fijo, único, la presencia del justiciero que abre de una patada la puerta de la sala tres, que dispara una y otra vez sobre la espalda de un sorprendido Circus y no hay rótulos y no saben quién es ese hombre que desbarata su programa favorito, que envuelve el cuerpo desnudo de la mujer en una sábana y sale con ella en brazos mientras a su espalda suenan explosiones y sirenas de alarma; fogonazos como fuegos artificiales invaden los pasillos antes de perder la imagen y perdonen la interrupción y permanezcan atentos a la pantalla y pluf, todo negro, y zapping y los servicios informativos de otras cadenas comentan la noticia de la explosión de la televisión Única, del derrumbamiento de su edificio principal, que no hay supervivientes, de la posibilidad de acción de un grupo extremista, que sigan atentos a las novedades, que un coche malva y sospechoso está siendo perseguido por la policía por el centro de la ciudad, que no salgan de sus seguros domicilios, ¿dónde van a estar mejor?, esas cosas.

Bajo la capucha se escuchan los gemidos de la mujer que se estremece, que llama al hombre que entra en ella susurrándole al oído: “Cariño, ¿no podemos hacer el amor como todas las parejas?" Y abrazados, se besan sobre una inmensa cama de matrimonio con absurdas sábanas negras.


Final ?

Marilyn Monroe


Traductor

Se quedaron

Lo que hay.

Algunas ilustraciones, fotografías, dibujos, etc, que acompañan a los textos han sido
tomadas de internet y puede que no conste su autor.
Si algún propietario no desea que figuren en este blog, me lo comunica y las retiro.

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