31.3.10

Hoja 143 del diario de la paciencia.



Centrifugado del reo.

Hay a quien se le hace duro.
El truco consiste en mirar las cosas fríamente:
sentarse allí, en la silla, con la misma tranquilidad
con que uno lo haría en la peluquería,
con la única preocupación de si le cortarán
demasiado el flequillo o le arreglarán bien las patillas.
Inspeccionar con ojo clínico de trapero
aquel aparato lleno de correas: un electrodoméstico más.
Como si la silla fuese un congelador que ralentiza
fotogramas desperdiciados en amor y rencores
que te sobrevivirán en los cerebros de quienes te recuerden.
O mejor aún: mirar la silla,
observarla como si se tratase de un trono
del otro lado del espejo, o mejor, de una simple
lavadora. Eso es: quedémonos con la lavadora.
Mirarla como si se tratase de un aparato ensalivador
que masca tus camisas hasta darles el aroma del limón
y hace girar la ropa sucia de tu vida,
ropa que tú mismo has apelmazado y metido dentro.

Te conducen a ella, te invitan a sentarte,
atan las correas y te dan una última oportunidad
para decir algo:
quizá te dé por pedir un cómic de Hugo Pratt
mientras aguardas el desenlace.
Puede que te dejen fumar un último pitillo
(depende del día, las normas son las normas).
Nunca más deberás tender la ropa,
adiós al fatigoso incordio de coladas que gotean.
Todo ha acabado para ti. Y todo, esa palabra,
se te antoja un par de vaqueros aún no gastados,
cuando la silla eléctrica comienza a centrifugar.

El tiempo justo de preguntarte: -¿Quién vestirá mis ropas?

La furgoneta de los traperos ha alcanzado una curva
y bailan por última vez
las camisas del condenado.

Un viejo de lacia melena
introduce monedas en la secadora
mientras chupa la corteza de un limón
y sigue como si nada.

HARKAITZ CANO
(Poema incluido en el libro "Alguien anda en la escalera de incendios") 

Los riñones, me dolían los riñones.
Esto, que puede parecer normal, para mí no lo era, ya que nunca me dolía nada.

Creo que fue un aviso, una premonición, aquella noche tenía que haberme quedado en la cama. En la mía. Pero no, impulsado por lo de siempre salí a las calles para ver como se caía el mundo.

Y el mundo se caía, a trozos. Llovían cornisas de los rascacielos, de las casas de huéspedes no deseados. Caminando bajo los alfeizares sorteé a hombres con cabeza de perro o de hiena. Ladraban, sí, pero era de puro miedo, de ansiedad por dormir solos bajo los puentes. Algunos orinaban por las esquinas, muchos rebuscaban en los contenedores de basura, unos mordían las farolas.

En la Gran Avenida encontré a una María del Carmen Victoria con apariencia de gallina. Dentro de un inmenso abrigo de visón sobresalía su cabeza bajo una aparatosa permanente azul. Se generalizaba la tendencia de ocultar las evidencias, asesinar la belleza, disfrazar el efímero paso de la juventud. En otro siglo esta mujer fue bella.

Después los hombres perros/hienas se convirtieron en lobos rabiosos y las gallinas eran el último mohicano. Las calles se llenaron de ríos que arrastraban la basura del día. Un demonio de cuernos afilados controlaba el tráfico en el bulevar. Dada mi situación de paro indefinido me dirigí a él para solicitarle un empleo de cuarta Furia. Me miró de arriba abajo y aquí me llega la noticia de que me voy a Lanzarote. Cuento suspendido, fragmento de la imaginación, relato truncado, frío blanco, no hay perdida, ha sido un alivio, no sabía cómo continuar, tiempo exhausto, necesito sol, contraste, pasar miedo en las alturas de aviones bamboleantes, frío blanco entre el frío blanco de las nubes, creer en la diversidad, tumbarme y ver pasar la luz por la ventana, bañarme en mares templados, meter los dedos en otros platos calientes, alejarme de lo rutinario, las mismas caras, voces, luces y sombras. Además así doy descanso a los peregrinos de esta página, pobres, leyendo mis incoherencias, la herencia de recuerdos disfrazados de pastores tocando la flauta en un cerro. Excepto escucharla nunca se me ha dado bien la música, desafino. Por eso soy el pastor, el aprisco, el perro que lo guarda, las ovejas, Don Quijote embistiéndolas con su lanza, el que pinta dragones en sus libros de caballería y el lector que se sienta a tu lado. Además me estaba obsesionando con Megera. Su sombra me persigue, la he visto a menudo cuando volvía del puerto, he escuchado su risa, he visto el brillo de su espada vengadora. También Alecto me persigue a veces. Y confundo la Tisífone que castiga con la que fue vendida como esclava. Por eso voy a Playa Blanca, también, para buscar nuevas historias que contar aquí, las de ahora son peligrosas. Ya sentenciaba la abuela de J. “de lo que habla el corazón escribe la pluma”. Y a falta de pluma y pelo me atuso los bigotes y camino por los aires sin pensar en el regreso. Siempre se vuelve.

En ocasiones me planteo qué hago en esta página, porqué dejo tanto trabajo, tanto esfuerzo. Luego leo un comentario, cualquiera, al azar, y tarareo con los Beach Boys aquello de I'm pickin' up good vibrations, she's givin' me the excitations. Algo pasa, que soy de Bilbao y en vez de sacar pecho como un armador griego despechado me recojo y sigo, sin levantar la cabeza, con una humildad que jamás he tenido, pasando incluso por un espejo roto. Creo que son los riñones, que me duelen. Esto, que puede parecer normal, para mí no lo es, ya que nunca me duele nada. Creo que es una constatación, para quedarme en mi cama, solo, como siempre -la soledad como concepto-, ignorando qué ocurre más allá de mi aquí. Y aquí se cae el mundo.

Por eso salgo a las calles sorteando los pedazos de alma que se estrellan a mi alrededor como cebollas podridas, como grandes frutos tropicales, rojos, maduros, malolientes, desprendiéndose del árbol del bien y del mal. Esquivo a los hombres hipopótamo y a las mujeres pantera, sin permanente. Me evito a mí mismo y a mi jaula. La soledad es una opción de porcentaje variable, incómodo, escribir es el recurso de mi impotencia –la impotencia como concepto- y todas las mujeres que se llaman Isabel son rubias, dulces y sonríen en un ventanal desde el que se ve a partes iguales el mar y las tormentas, la tristeza del otoño y el sol de agosto, peces voladores y un perro negro que ladra a los visitantes nocturnos.

En esta parte del olvido, una parcela sin preguntas, un reino sin fronteras, estamos sin estar, somos sin ser. Las viejas vírgenes elogian a partes iguales la castidad y la importancia de la ignorancia. Dejan simientes de alegría y estudian farragosos tratados sobre su naufragio. Sin saberlo siguen la senda de Knut Hamsun, su resignación melancólica relacionada con la pérdida de la juventud. Las miro sintiéndome al otro lado del mundo. No me identifico como de la misma especie. Soy un vegetal, ese brote verde a los pies del volcán en la mitad de Lanzarote, allí donde si todo ha ido bien estaré ahora que tú lees, con paciencia de penitente, esta mezcla de vaya usted a saber y mi pecho de cristal. Pues eso, digamos que esta es la urdimbre, el resto lo iré incrustando. Hasta la vuelta.



En la mitología griega, Alecto (en griego antiguo Ἀληκτώ, ‘implacable’) es una de las Erinias (o Furias de la mitología romana), hermana de Tisífone (la vengadora del asesinato) y de Megera (la celosa).
Según Hesíodo, era hija de Gea (la Tierra) fertilizada por la sangre derramada por Urano (el Cielo) cuando fue castrado por Crono.
Alecto es la Erinia encargada de castigar los delitos morales (tales como la cólera, la ira, la soberbia, etcétera), sobre todo si son delitos contra los mismos hombres. Su función es muy parecida a la de Némesis, con la diferencia que esta última castiga los delitos morales contra los dioses.

Megera (idioma griego: Μεγαιρα, significado: «La de los celos» o «La celosa»). Según la mitología griega es una de las tres Erinias, diosas infernales del castigo y la venganza divina. Se considera que Megera es la más terrible de las tres Erinias, pues es ella es la encargada de castigar todos aquellos delitos que se cometen contra la institución del matrimonio, especialmente los de la Infidelidad.

Tisífone era la Erinia encargada de castigar los delitos cometidos por asesinato: parricidio, fratricidio y homicidio.
Un mito cuenta que Tisífone se enamoró de Citerón, y terminó provocando su muerte por mordedura de serpiente, concretamente de una de su cabeza.



Knut Hamsun (1859-1952), a quién se conoció a raíz de su obra Sult (hambre), una novela autobiográfica que marca el comienzo del neo-romanticismo en Noruega, recibió el premio Nobel en 1920 por su obra Markens Grøde ( el crecimiento de la tierra) publicada en 1917. El trabajo de Hamsun se encuentra marcado por una profunda animadversión a la civilización y a la creencia de que la única realización del hombre reside en la tierra. Este primitivismo (y por tanto esta falta de confianza por todo lo moderno) llega a su mayor exponente en la obra Markens Grøde, considerada como su obra maestra. Sus primeros trabajos se centran en un desterrado, una figura vagabunda que se opone violentamente a la civilización. Durante su periodo intermedio la agresividad de Hamsun da paso a una resignación melancólica relacionada con la pérdida de la juventud. El trabajo de Knut Hamsun, que escribió más de cuarenta libros, algunos de los cuales son considerados como clásicos, se contempla como uno de los más importantes de la literatura noruega y mantiene su vigencia, ya que hoy en día sigue siendo uno de los autores de ficción más traducidos. 




30.3.10

Larga espera.

Aparentemente, de vez en cuando los adultos se toman el tiempo de sentarse a contemplar el desastre de sus vidas. Entonces se lamentan sin comprender y, como moscas que chocan una y otra vez contra el mismo cristal se inquietan, sufren, se consumen, se afligen y se interrogan sobre el engranaje que los ha conducido allí donde no querían ir. Los más inteligentes llegan incluso a hacer de ello una religión: ¡ah, la despreciable vacuidad de la existencia burguesa!....Odio esta falsa lucidez de la edad madura. La verdad es que son como todos los demás: chiquillos que no entienden qué les ha ocurrido y que van de duros cuando en realidad tienen ganas de llorar.
Sin embargo, es fácil de comprender. El problema está en que los hijos se creen lo que dicen los adultos y, una vez adultos a su vez, se vengan engañando a sus propios hijos. "La vida tiene un sentido que los adultos conocen" es la mentira universal que todos creen por obligación. Cuando, una vez adulto, uno comprende que no es cierto, ya es demasiado tarde.

(La elegancia del erizo. M. Barbery,) 

Sobre las olas rutinarias de los días no llega el barco de ningún mesías, aún no atraca, no todavía, no traerá esperanzas de un más allá que inventamos para hacer llevadera la espera, para hacerla blanca.

Los fantasmas del inconsciente están sentados en el quicio de la nuca, esperando.

Los mayordomos que sostienen los candelabros de la razón también esperan.

Nunca se abre el portón por donde aparecerán los ángeles portadores del significado de la vida, las claves, la solución, el lleno eres de gracia, no.

Es absurdo, lo sé, pero a pesar de todo seguimos esperando.


29.3.10

Musgo.

Solitario y mohíno, en un bosque apartado,
con millares de versos celebraré la misa,
y derramando lágrimas, cortando mis cabellos,
le ofreceré a diario el alma en sacrificio.

Philippe Desportes (1546-1606)


Musgo en la memoria, sobre los escombros del edificio de lo que nunca fue.

Inventar el pasado entre interrogantes como colmillos, entre bostezos.

Dibujar flores a la soledad, arrancar las malas hierbas de lo cierto para espantar a los fantasmas que se pasean por los oscuros corredores de los días.

Lamer los espejos con lengua bífida, azogarnos.

En vivir así no hay nada legendario, heroico, solo rutina de insomnios. También angustia, el miedo a morir, la vaga presencia de un dios mezcla de imagen de retablo y respeto atávico, necesidad de que todo no sea esto, solo esto, juventud perdida, dolor de articulaciones, enfermedad, esa dama de negro lleva una guadaña y nos mira.







28.3.10

Odio.


La causa perdida de la poesía

Poetas de mi país y de mi tiempo, ya que compartimos
esta manera de pronunciar el mundo,
quisiera buscar junto con vosotros el hermoso sentido
que han perdido nuestras palabras.
Quizás nos hemos equivocado de escalera
subiendo hasta aquí.

Si reparamos en nuestra ocupada tierra, en nuestros toscos
antepasados, en nuestro relegado dialecto,
da la impresión de que no tenemos país, ni era,
ni lengua,
ni canción, si no los creamos nosotros mismos.
¿Cuál es la equivocación?

Quizás sea también nuestra y, sin ir más lejos,
tendremos que actuar contra nosotros mismos.
Somos más anchos que nuestra soledad,
por qué esas ventanas tan pequeñas.
Hagamos unas ventanas más anchas que nuestras paredes
y cantemos una canción de cuna.

Echemos las botellas vacías a la basura. Y las flores,
y la luna, y los espejos, y los ojos,
y los sueños, y las estrellas, y los corazones decorativos,
y las rimas como amour y toujours
a la basura. Desempolvemos nuestros valores
hasta estornudar.

Aupemos escalón a escalón la deteriorada bandera
de nuestro raciocinio.
Cantémosle una canción de cuna
a nuestro país.
La poesía no transforma nada, no convierte en fanático
a nadie,
pero hagamos algo por encontrar palabras de la medida
de nuestro país y de nuestro tiempo,
de una talla que pueda usarlas el mundo, el siglo
y la gente.
La poesía no es una actividad descomunal, consiste
en jugar a restaurar el lenguaje,

en enmendar la manera de enlazar las reflexiones,
componiendo una obra imperfecta,
pero consideremos que es una ocupación humana tan digna
como preparar limonada.
Cantémosle una canción de cuna a la cuna vacía
a nuestro país.

Joseba Sarrionaindia.


• Tú, hijo de puta ¿qué miras? Te meto cuatro hostias que te enteras. Rápido, bajar todos. Tú, cabrón. Darle caña, darle, darle. Vamos, vamos, a correr. El pueblo sabe distinguir.


• Y se mete al ayuntamiento. Para sangrar al pueblo. Él, que nunca ha sido ejemplo de nada. Parecía otra cosa. Pues que se prepare. Y vosotros. Explotadores. El pueblo no olvida.


• Mi hijo. Ocho años lleva preso. Él no fue, estoy segura. Este fin de semana también iremos a verle. Debe resistir. Entre todos le sacaremos. Es un luchador, un ejemplo para el pueblo.


• Antes bien que nos han jodido. Cabrones. Que mi madre tenía que ir a su casa a limpiar, de sol a sol. Y llevar el agua. Ni nos miraban a mi hermana y a mí, ni existíamos. Y a padre, siempre humillado. Sí señor, por aquí, sí señora por allá. Hijos de puta. Les está bien empleado. Allí estaban, temblando, sin nada, todo quemado. Ya no galleaban. El pueblo sabe hacer justicia.


• Tanto odio, tanto dolor, tanta muerte, tanto sufrimiento.

27.3.10

Así.

El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.Pero algo sucedió de golpe.
Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo,y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 2 (1925)
Versión de Aldo Pellegrini
Antonin Artaud


Lo sé, nadie me invitó a esta fiesta, lo acepto. Puede incluso que no haya fiesta y esto sea solo una reunión casual de transeúntes apresurados que dejan su tarjeta de visita y se quedan el tiempo suficiente para soplar las velas, oler las flores y decir eso de qué bueno era y siempre se van los mejores. Digamos que es así. Digamos lo contrario. Digamos lo que digamos siempre alguien estará sentado fuera del círculo, con los gatos, ahora que la vendimia terminó y Celentano canta tan raro.


Bajo los soportales, mirando la lluvia, sacando la lengua para atrapar las gotas (se me juntan las teclas, se me está olvidando escribir), no contesto los correos, no abro las ventanas, se me está llenando la casa de humo, del cerebro, estoy abúlico, con resaca, pegando por las paredes carteles con los nombres de los desaparecidos, con las fotografías de sus manos cortadas, con ramos de margaritas a los pies de las estatuas, con caballos por las alamedas que llevan al alba. Y el reloj.

Dejo aquí poemas, cuentos, me cuento, me invento, dejo horas y amor en mis dedos pasando por una espalda desnuda (quién dice espalda dice corazón, quién dice corazón dice un punto indefinido entre el alma y el ombligo), dejo también colores que robo bajo el agua, ladrón sumergido en el Abra pintada de luces. ¿Puedes oírme ahora?

Este es un extraño reino sin rey, con solo un bufón triste dando volteretas ahora que todos se han ido y el castillo arde ahí en la altura, con los arcos derrotados, con tapices enrollados bajo el portón a ninguna parte, con dioses antiguos vestidos de aire y se ha derramado la leche, madre, los perros hambrientos lo celebran.

Me comentan los comentarios, la portada, el tamaño de las letras, el brillo de la plata, los ángeles que pasan sin quedarse. Estoy ahí ¿no me ves? ese que hace señales desde el escenario, soy yo ¿no me escuchas? A esta película se le ha borrado la banda sonora, los pianos se han quedado mudos y solo queda hacer muecas, gestos, arrugar la nariz, subirse a un tren de madrugada y adivinar los puntos cardinales mirando las estrellas.

Angustia de no ser y de haber sido, angustia de ya no y de tanto tiempo, angustia de enfrentarme cada día al qué dirán, dejando lo que soy en un cuenco bajo esa lluvia que dije, con una vela que apaga el viento, este de hoy que se lleva los balcones, las señoras asomadas a sus vidas, las chimeneas con el humo de mil fuegos, las tejas que defienden el pudor de tantos techos vacíos. Y así.

Extraño lugar sin sitio en los mapas, sin marcas amarillas en el suelo, sin señales que orienten y me he perdido, tanto hablar y no sé decir ahora: por favor ¿puede indicarme la salida?


26.3.10

¿Ficción?

Hay un dicho brasileño: a una mujer de verdad le gustan los hombres ardientes.
Tan cierto como que a un hombre ardiente le gusta una mujer de verdad.



Esta sección es mi confesión, tengo afición a la ficción. Es una adicción a la conversación sin afectación, a la confección de acción y subversión, sin confusión, aflicción, contrición ni decepción en la expresión por la resurrección después de la defunción de la micción por la circuncisión lo que genera mi humillación, una afección en la contracción y expansión de la explosión que define la perdición de la condición de la emoción sin intromisión. La solución es su discreción.



Te espero arriba


25.3.10

El malogrado

Hoy escribo estos disparates, de los que me atrevo a decir que son ensayísticos [...] escribo estos desahogos ensayísticos, que al final, sin embargo, siempre tengo que maldecir y romper y, por consiguiente, aniquilar, y nadie sabe ya que, en otro tiempo, toqué incluso las variaciones Goldberg, aunque no tan bien como Glenn Gould, a quien me esfuerzo por describir desde hace años, porque me considero más auténtico que otros en esa descripción.
(El malogrado - Thomas Bernhard)

 

Sentado en la Plaza Nueva miro a esa mujer que fuma un cigarrillo tras otro.

Bajo los soportales, desde una región aún no perdida de la infancia, pasean ejércitos de hombres y mujeres heridos por el exceso del pasado, con la congoja perdida en el pecho, habitantes para siempre de otro margen de la vida. Los veo pasar y adivino, este sí, este no. No escriben.

Sin el candil del dolor languidecen los poetas.
Sobre todo los que creen que hambre es igual a Knut Hamsun, se conocen al dedillo los recovecos de la falsa melancolía, el rumbo a peor de Samuel Beckett y la Pasión según San Mateo.
Saben, pero no transmiten otra cosa que su tedio. Aún peor, dejan una monótona sucesión de esto era cuando era, su ahora está detrás de una máscara sin ojos.

El arte no tiene la piedad con el dolor, aunque se disfrace de porcentajes y cifras, aunque lo adorne con la sinceridad de una mentira.
Los poetas sin candil no lo conocen y así sale lo que sale. Exponen su obra en el balcón, detrás de los tiestos con geranios y claveles.

Tampoco yo lo conozco. Por eso escribir se ha convertido para mí en un ejercicio inútil, una búsqueda ensimismada entre qué decir y cómo, para terminar no diciendo nada.

Sentado en la Plaza Nueva pido otra cerveza. Imagino, pienso, busco historias. La mujer que fuma se va. Me levanto y sigo sus pasos, quizás ahí encuentre la de mañana.



23.3.10

Teoría sobre la inspiración.

La persona que cree que un hombre es un hombre, un árbol un árbol, el cielo azul y la hierba verde, un metro cien centímetros, y un minuto sesenta segundos, que se puede conocer la esencia de las cosas pesándolas, midiéndolas; para quien es absurda la afirmación de Hesíodo de que la mitad es mayor que el todo; en resumen, el hombre pragmático de sentido común para quien las cosas son lo que parecen, está en un estado de visión singular o sueño de Newton, en la prisión de sus sentidos, de su razón o de ambos.
Harold Goddard


Escribir sobre cómo escribir, o de qué.

Buscar una teoría sobre la inspiración, o cómo conseguirla.

Influencia de la letra I.

Seguir el contorno oscuro del recuerdo.

Pretender mirar el mar desde el fondo de un clavicordio.

Buscar un color que sea una suma de colores espirales.

Representar a un personaje que representa a un personaje que solo sabe representar a un personaje que se obstina en trabalenguas.

Dormitar con un frágil poema entre los dedos.

Envidia de un gato soñando ser perro que quiere ser hombre.

Mercadear una premonición mineral con un diablo semidormido en una esquina del imperio.

Avaricia de la letra M.

Pasar páginas hasta llegar al capítulo cinco y saber que ni con el soplo de un ángel clandestino se puede conseguir la inspiración literaria de Cortázar cuando escribió Rayuela.

Por ejemplo.

Y seguir, seguir.

Obstinación en la letra I.

Sin embargo la S…



22.3.10

Ítaca

Cuando partas para Itaca,
desea que el camino sea largo,
rico en peripecias y en experiencias.
 No temas ni a los Lestrigonos, ni a los Cíclopes,
ni a la cólera de Neptuno.
 No los encontrarás en tu ruta si tus pensamientos son elevados si tu cuerpo y tu alma no
se dejan arrastrar por pensamientos bajos.
 No encontrarás ni a los Lestrigonos, ni a los Cíclopes
ni a la furia de Neptuno,
 si no los llevas dentro de ti,
si tu corazón no te los muestra. Desea que el camino sea largo, que numerosas sean las mañanas de verano, dónde (con cuántas delicias!)
 entrarás en puertas por primera vez.
 Haz escala en los mercados fenicios, compra bellas mercancías: nácar y coral, ámbar y ébano, y miles de perfumes sensuales. 
Compra cuántos más perfumes puedas. 
Visita las numerosas ciudades egipcias, e instrúyete y enseña ávidamente.
Guarda siempre Itaca en tu espíritu.
 Llegar es tu meta final, pero no apures tu viaje, es mejor que dure muchos años
y que tu llegues a la isla cuando sea viejo, rico con todo los tesoros acumulados en el camino, 
sin esperar que Itaca te hubiese ofrecido riquezas. Itaca te ha dado un bello camino, sin ella, te perderías en la ruta.
 Ella no tiene nada más que darte.
 Si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado. Sabio como has devenido
 con tantas experiencias, ya deberías saber lo que significan las Itacas. (K. Kavafis)

Be happy. Hierba con la que el viento juega, no vuelvo de Ítaca como un héroe hermoso, no, que ni siquiera he vuelto, es más, ni siquiera he ido, viaje (interior) pendiente, orquídeas olvidadas sobe la repisa de mármol.

Tengo una incómoda pereza por empezar a plantearme todo de nuevo. Lo de quién soy, dónde voy, de dónde vengo. Vengo desde tus brazos, no sé hacia dónde voy. Ni siquiera sé si esto es verdad, que siempre he dependido solo de mis brazos, de mi esfuerzo, con los sentimientos domesticados, hoop, saltaba una emoción desmemoriada, brincaban los suspiros por el aro. No me lo creo ni yo, si el amor es una bestia salvaje que te devora, si es imposible controlar la marea del corazón, que la corriente te lleva aguas abajo hasta desembocar en el mar alborotado del cabo de Hornos, el fin del mundo, no hay nada más allá, el océano del alma cae al vacío de la existencia. Quién no ha amado hasta romper su cordura no ha vivido. Doctor, me duele aquí, y señala con el índice un lugar indeterminado entre el cerebro y los pulmones. Duele el amor, duele, como los mordiscos de cien nutrias en la ciénaga del crepúsculo que atisbo desde el altar de este silencio de principio de semana.

Impulso de los días, razón de vivir, ha pasado el puente y llega Semana Santa, todos se irán, hoy Ítaca no existe, ni los Cíclopes, solo existe la negrura deshojada del lunes, este tantear las paredes de lo que hay, el viento de la rutina que nos azota como a un arbusto entre las piedras, esto. A partir de ahora es lo que tendré  ¡No!

Este es un aviso para navegantes, la vida sigue y trazo una raya de aquí hasta el horizonte, no sé si ir nadando o con un báculo milagroso trazar un sendero por el fondo submarino, caminar por las calles de una ciudad sumergida. Voy, sí, voy y allí os espero, con el dolor de la hierba cuando llueve. Be happy.


19.3.10

¿Incoherencia?

La trama

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

FIN

Jorge Luis Borges





Jesús de Galíndez Suárez, nacido en Amurrio (Álava) el 12 de octubre de 1915 y fue raptado y enviado a la fuerza por avión a Republica Dominicana donde fue asesinado por Trujillo en 1956. Escritor, jurista y profesor de la Columbia University y delegado del PNV en el Gobierno Vasco del exilio. 

Deberías conocer más sobre Jesús de Galíndez



¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos, entre el dolor y el deseo?
¿Por qué he vivido en el exilio?
¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua?
Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas…
¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos?


Lo recita Bruno Ganz en La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos (1998)






A Oliveira le gustaba hacer el amor con la Maga porque nada podía ser más importante para ella y al mismo tiempo, de una manera difícilmente comprensible, estaba como por debajo de su placer, se alcanzaba en él un momento y por eso se adhería desesperadamente y lo prolongaba, era como un despertar y conocer su verdadero nombre, y después recaía en una zona siempre un poco crepuscular que encantaba a Oliveira temeroso de perfecciones, pero la Maga sufría de verdad cuando regresaba a sus recuerdos y a todo lo que oscuramente necesitaba pensar y no podía pensar, entonces había que besarla profundamente, incitarla a nuevos juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo de él y lo arrebataba, se daba entonces como una bestia frenética, los ojos perdidos y las manos torcidas hacia adentro, mítica y atroz como una estatua rodando por una montaña, arrancando el tiempo con las uñas, entre hipos y un ronquido quejumbroso que duraba interminablemente. Una noche le clavó los dientes, le mordió el hombro hasta sacarle sangre porque él se dejaba ir de lado, un poco perdido ya, y hubo un confuso pacto sin palabras, Oliveira sintió como si la Maga esperara de él la muerte, algo en ella que no era su yo despierto, una oscura forma reclamando una aniquilación, la lenta cuchillada boca arriba que rompe las estrellas de la noche y devuelve el espacio a las preguntas y a los terrores. Sólo esa vez, descentrado como un matador mítico para quien matar es devolver el toro al mar y el mar al cielo, vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron luego, la hizo Pasifae, la dobló y la usó como un adolescente, la conoció y le exigió las servidumbres de la más triste puta, la magnificó a constelación, la tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber el semen que corre por la boca como desafío al Logos, le chupó la sombra del vientre y de la grupa y se la alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa última operación de conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la exasperó con piel y pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza magnífica, la tiró contra una almohada y la sábana y la sintió llorar de felicidad contra su cara que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel.

(Capítulo 5. Rayuela).



Señoras y señores, desde el puente, sobre un río de aguas nada turbulentas, corriente abajo, me voy de viaje, al interior (de mí mismo).

Dado lo complejo y accidentado del recorrido es posible que no regrese hasta el próximo lunes.

En cualquier caso, para urgencias, hay un timbre (ese, el rojo) que ustedes pueden pulsar si desean liberar deseos, de lectura, escritura de comentarios o actividades diversas (a mandar).

Acongojado, dejo este espacio atendido a distancia gracias a las más avanzadas tecnologías de botijo y pregonero, alpargatas y rumores.

Motivado por no sé qué demonios interiores comparto esta variopinta muestra de manifestaciones artísticas. Que las disfruten.
San José es un santo incomprendido, con su vara florecida y su barba de provincias, pero aquí nos deja un día festivo que propicia esta retirada del mundanal ruido a otros ruidos, interiores, clamores, estruendos. Pues eso, hasta el lunes.

Sean buenos, no pequen.


18.3.10

Bichos.

El loco al que llaman rey

Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en sus peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cuel de la rosa demacrada donde
no estoy yo ni está el hombre.

Leopoldo María Panero.


Desde que me he jubilado veo bichos.

Cuando trabajaba también los veía, de dos patas y con corbata, pero ahora los veo verdes, raros, con apariencia de dragón, al menos como se representan los dragones en un libro que compré en una librería oscura en Portobelo.

Reptan por las habitaciones, por el techo del pasillo, entre los zócalos, atraviesan las paredes, se reclinan en mis almohadas y asustan a las visitas.

Y no fumo. Desde que vi en Berlín el cuadro de “Marte y Venus o los horrores de la guerra” tampoco bebo. Ni inspiro ni aspiro, apenas deseo otra cosa que no sea pasear con calma por los alrededores del parque, leer el periódico bajo los tilos, unter den linden.

Pero aquí están, los bichos, agresivos y crueles, me acosan, me acercan sus fauces envueltas en fuego, me amenazan con garras, creo que en mi infancia vi demasiadas películas de Disney.

De momento he recortado los cañones de mi escopeta de cazar palomas.

Aunque lo peor es que nadie me cree.

La cosa es que ya se han comido a mi cuñada.


17.3.10

El blog como mecanismo de tracción.

Ese hombre escribe sus memorias.
Ha sido un viajero, un seductor, ha vivido con una intensidad inusual.
De vez en cuando, nostálgico, triste, mira por la ventana de la biblioteca que cuida.
La edad, el cambio de tiempo, de costumbres, le ha dejado al servicio del conde de Waldstein. en Dux, Bohemia.
Allí muere, con 78 años, triste y olvidado por todos, Giacomo Casanova.


Desde la ventana de un cuarto que apenas abandona, un hombre escrupulosamente vestido contempla Manhattan recortándose entre la bruma del río Hudson.
Después se tumba en la cama y mira el techo.
A veces ve insulsos programas de televisión.
La baronesa Pannonica de Koenigswarter después de dar la cena a sus setenta gatos le ha preparado un plato de sopa.
Mientras la tomaba, ese hombre de grandes zapatos, calcetines a juego con la corbata y leyenda del jazz, muere de un paro cardiaco, Thelonious Monk.


- Esto…, disculpa, no veo la relación entre estas dos personas.

No sé si te refieres a esas personas entre sí o a esas personas en referencia a ti.

- Pues…las dos cosas…creo.

Es sencillo, mírate al espejo, eres real.
Compruébalo, pellízcate, tose, silba, muérdete un dedo.


Vale, lo eres, ahora mira esta página, parece mentira ¿no? Pues no, es tan real como tú, aquí, vayas a la playa que vayas siempre Úrsula Andress sale del agua con dos caracolas en sus manos, Jacques Tati es mi tío y el tuyo si quieres, -la verdad, no sé cómo hemos podido vivir sin internet, sin san Google- y quién está escribiendo/juntando todo esto está lleno de curiosidad por saber, lleno de ganas de tocar, saborear, beber, sentir, ser, disfrutar, viajar, correr, amar, vivir.


Pues eso, el post del miércoles.
No somos nada.



La baronesa Pannonica de Koenigswarter.  . (Click) Un personaje increible.

16.3.10

Quinto aniversario.

Para nuestro quinto aniversario buscamos un sitio especial.
Elegimos el Zortziko, que es un magnífico restaurante.
Begoña llevaba un vestido negro, largo, que sugería, que no dejaba indiferente, unos zapatos con un tacón tan alto que a su lado yo parecía un pigmeo.
Después de los entremeses fríos, el primer plato consistía en unos lomos de bacalao a baja temperatura, al pil pil de cardamomo y gelée de pimientos. Delicioso.
Seguimos con una pintada sobre tirabeque con canelón de hinojo y aceite de cítricos que junto con el vino Mauro nos dejó en el helado de queso de oveja y en el centro de la conversación.

Llevaba en el bolsillo mi regalo, un anillo. Pensaba pedirle que nos casáramos.
Estos cinco años estaban llenos de momentos felices.


Nuestro reciente viaje a Estambul nos daba tema para recordar. Contrastamos este viaje con los habituales a París o a Roma. Nos reímos del malentendido con aquel camarero que solo hablaba turco y su cara de extrañeza cuando rechazamos, horrorizados, un plato de carne cruda que era la especialidad de la casa.

Teníamos las manos entrelazadas sobre el mantel.
Ni siquiera recuerdo si las mesas de alrededor estaban ocupadas.
No quiero que te acuestes con Arantxa –me dijo-.
Cariño, no sé lo que me estás diciendo. ¿Quién es Arantxa?
Su cara reflejaba serenidad pero soltó mi mano.
No tiene discusión, quiero que termines con esa historia, ya. No lo soportaré ni una vez más.- siguió.
Te lo inventas –mentí.
Sabes que no. Quiero que se lo digas ahora o todo se habrá terminado entre nosotros. Llámale o me voy –dijo-.
Supe que no podía hacer otra cosa y llamé a Arantxa.


Por eso le obligué a que te llamase, mi vida, por eso. Estaba llena de celos. Sé que te dolió pero, entiéndeme, ¿qué podía hacer? Estaba decidida. Ven, no me mires así. ¿Nos quitamos la ropa? Te he traído un regalo. Abrázame. Hagámoslo como la última vez, así, así, como me gusta. Arantxa, me vuelves loca. 



15.3.10

Miedo

...abrí la puerta/amor mío
levantá/abrí la puerta
tengo el alma pegada al paladar
temblando de terror...

(Juan Gelman) 



Esta noche sentí un fuerte dolor, físico, intenso.
También miedo.

Ahora, de día, tranquilo ya, sé que puedo ser frágil.
Además de un hipocondríaco de mucho cuidado.



Gocen después de haber temblado.
Señoras y señores, les presemto a:

VIVICA GENAUX




14.3.10

Rosa Montero.


... la idea del amor romántico, que, en su versión masiva, nació en el siglo XIX, nos ha hecho a los humanos un daño fenomenal. Sobre todo a las mujeres, que por lo general seguimos proyectando sobre los hombres monumentales quimeras. Un cómico francés llamado Arthur dijo en uno de sus espectáculos una frase que me parece genial: "El problema de las parejas es que las mujeres se casan pensando que ellos van a cambiar y los hombres se casan pensando que ellas no van a cambiar". 

Tiene razón: la inmensa mayoría de las mujeres estamos empeñadas en cambiar al otro para que se adapte al sueño rutilante que tenemos de él. De hecho, ni siquiera somos conscientes de que queremos cambiarlo; pensamos que en realidad nuestro amado es así como nosotras lo soñamos, sólo que anda un poco perdido, un poco herido, un poco aturullado; y que nosotras conseguiremos salvarlo de sí mismo, es decir, de la parte mala de sí mismo, para que emerja en todo su esplendor el príncipe azul.

Pero claro, nadie es capaz de cambiar a nadie (por no entrar en el hecho de lo injusto que es pretender tal cosa); y entonces, con el paso del tiempo, a medida que nuestros sueños se van dando de bruces con el ser real, y a medida que vamos perdiendo la esperanza de que algún día nuestro hombre llegue a ser ese tipo sublime que nos hemos inventado, es cuando nosotras empezamos a cambiar. Es decir, apagamos el reflector que lucía en nuestros ojos cuando mirábamos a nuestra pareja, haciéndole creer que nos parecía maravilloso; y nos ponemos a protestar y a refunfuñar, a criticar y a exigir, a quejarnos y a frustrarnos, porque se nos ha quebrado la fantasía. Nos convertimos en unas ásperas gruñonas. Es un proceso que puede llevar mucha amargura y, en los peores casos, la vida común llega a ser un infierno...

Rosa Montero.
El País semanal.




Una misteriosa amiga de la infancia me remite este artículo con el que, sin entrar en más profundidades, estoy de acuerdo.

Estar de acuerdo en algo con Rosa Montero me produce un sarpullido generalizado en gran parte de la superficie de mi cuerpo sandunguero pero lo que é, é.

Y no sé si sí o si no, pero algo tiene el agua cuando la bendicen. Conozco a cienes y cienes de damas que empezaron una relación con la bandera de “a este le cambio yo” y acabaron tristes, humilladas, frustradas, mal tratadas, cuando no maltratadas. Es una pena.

También conozco a multitud de caballeros que se creyeron que aquello sería así para siempre. Pasa el tiempo y no. A veces es peor. Otras veces aquello no era así. Muchas ni era, ni por casualidad. También es penoso.

Dado que estos son temas delicados, aviso que mi intención no es trivializar ni por un momento cuestiones generales o personales y soy tan sensible a ellos como el/la que más. Simplemente he querido compartir el artículo de la Montero por si a alguien le puede interesar.

Me parece que me estoy metiendo en el barro. Hay temas que uno mejor se calla. Pero si me callo no tengo preparado otro texto para hoy y luego me lo recriminan los habituales. Señor, señor y llevo varios días sin cambiarme el cilicio (ay, cómo tendré la entrepierna). 

 Aviso: no entraré en ninguna discusión.

13.3.10

Nikté y Bach de la mano por la plaza Circular.


Este mundo blog es apasionante.
Nos hablamos desde un anonimato que genera resplandores, fascinación, interés, sorpresa, adicción, amores a primera vista.
También algunos desdenes, aburrimiento, paramnesia.
A veces ese anonimato se rompe y la amistad aflora desde un conocimiento que curiosamente parece “de toda la vida”.

No sé demasiadas cosas, pero comparto las que sé.
Aprendo cada día, me maravillo de la cantidad de sentimientos que se generan desde este fluir de cultura, arte, literatura en tantas páginas, música, emociones.
Y cartas.

Nikté, por ejemplo, me envía una esta semana.
Con su salero, ironía, con ese sentido del humor que engloba tanto corazón, con…(me callo porque luego me riñe, no le gustan los halagos públicos, pero la verdad es que es increíble) me descubre la Cantata BWV140 de Johann Sebastian Bach.

Escucho y me conmuevo,

Zion hört die Wächter singen,
Das Herz tut ihr vor Freuden springen,
Sie wachet und steht eilend auf.
Ihr Freund kommt vom Himmel prächtig,
Von Gnaden stark, von Wahrheit mächtig,
Ihr Licht wird hell, ihr Stern geht auf.
Nun komm, du werte Kron,
Herr Jesu, Gottes Sohn!
Hosianna!
Wir folgen all
Zum Freudensaal
Und halten mit das Abendmahl.


Sión escucha el canto de los vigías,
su corazón late de alegría en su seno,
se despierta y se levanta con presteza.
su glorioso Amigo llega del cielo,
fuerte en la misericordia, poderoso en la verdad,
Su luz brilla, su estrella se levanta.
Ven ahora, corona preciosa,
Señor Jesús, hijo de Dios!
Hosanna!
Sigámosle todos
a la sala de la alegría
y unámonos en la cena.

Es un fragmento tan bello, un cantico de esperanza, impresionante.

Y entonces no sé como agradecérselo a Nikté y me planteo ir volando sobre Andalucía (tampoco sé dónde vive), en la espalda de un ángel rubio y dejar caer papelitos que digan “gracias” y “belleza” y esparcir flores rojas heladas, colibrís, perlas de oriente, canciones románticas en latas de cola-cao, fragmentos de estrellas dormidas, medio metro de arco iris, un beso que guarde de la última vez que me quedé en una estación por la que ya no pasaban trenes, la caricia que escondí debajo de una almohada para estas ocasiones, el libro de la amistad temprana (dedicado por el autor), un ticket para la noria de Benalmádena, un disco de la Macanita, tres sardinas y más ná que el ángel se está quejando por el peso.

Pues eso, Ana, gracias, eres un amor.
Te beso a rabiar.


12.3.10

El extraño caso de las fotografías que desaparecen.

  (Juan Bautista Maino)

Los araucanos dicen que la palabra escrita se pierde, la palabra oída dura para siempre. Lástima que aquí solo pueda escribir, perderme en largos textos que al final no dicen nada. Por eso los acompaño con música que escojo y cambio con frecuencia. También con imágenes que me prestan de aquí y de allá.

Aquí viene el problema, en las últimas semanas desaparecen muchas de esas imágenes que acompañan a los textos. De un día para otro se van, se vuelven invisibles. Están ahí, veo su huella, los comentarios que suscitaron, pero aquella foto que colgué con mimo ya no está.

No, no es afán de cambio, desaparecen por sí mismas y debo subir otras nuevas.
¿Será el espíritu vengador de los fotógrafos agraviados? ¿Será la carcoma blogueril? ¿Qué será, será? Estoy vigilante.

Ignoro si también os pasa a vosotros/as.
Ignoro tantas cosas.
Por ignorar, ignoro incluso qué demonios hago aquí hace tanto tiempo.
Me aburro.



Armando Buscarini (Ezcaray 1904-Logroño 1940), escritor (?) maldito, escribió algo así: La vida me ha regalado bellezas, muchos crepúsculos han iluminado la estepa sombría de mi infortunio; pero siempre, como en las páginas Bersognianas, el encaje de la ola una vez diluida en la mano del poeta era una pequeña parte de sal. Mi airón es una túnica desgarrada por lo tortuoso de la vida cruel; un silencio tenaz oculta el drama de mi éxodo; pero sobre todas mis desesperaciones hay una risa de oro, hay esa esperanza que duerme en mí y que como una paloma blanca me traerá un día de luz el salmo de Resurrección: el salmo de los estíos eternos.

En realidad no sé si tiene algo que ver con lo que me ocurre en este caso de las fotografías que desaparecen pero me ha parecido oportuno colar esa frase.

Y por si fuera poco añado esta otra de Breton: "Heme aquí, en los corredores del palacio en que todos están dormidos. ¿Acaso el verde de la tristeza y de la herrumbre no es la canción de las sirenas?"

Y me quedo tan ancho, chao, buen fin de semana.


(Max Ernst)



11.3.10

Hasta aquí.

El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso. El mar, la inmensidad que se recoge, se aleja, vuelve.

Le había pedido que lo hiciera otra vez y otra. Que me lo hiciera. Lo había hecho. Lo había hecho en la untuosidad de la sangre. Y, en efecto, había sido hasta morir. Y ha sido para morirse. (El amante .-. Marguerite Duras.)


Te lo escribo una vez más, no, no es comodidad, ni ese sentido práctico impregnando los consejos del coro, ni esas miradas reprobatorias de los diferentes, ni ese cansancio nuevo después de cada caída, cruz liviana, camino sin piedras, o lluvia de piedras, o piedras lapidando nuestro amor. Ya, salió la palabra, amor y piedra y miedo y tú y yo y los días separándonos y cada vez nos quedan menos refugios, menos agujeros sin ojos, cada vez hay más ojos, un océano de ojos. Enrolados en un barco de pescadores ciegos, navegando entre la niebla, gritando para no embarrancar, no vemos el faro, no vemos la línea de la costa.

Te siento caminar por tus caminos borrados después de la tormenta. Te miro a través de ti. Te veo con rayos X como si fueras de papel, tu cuerpo de cristal. Veo tus intestinos y los pulmones, veo tus riñones aún doloridos y tu sexo adormecido como un animalillo cansado, hibernando. 

Aquí te escucho cantar y tu dulce voz interrumpe mi escritura. Escribir no sirve, bah, las palabras no dicen lo que siento, no pueden abarcar todo lo que llevo dentro, el lenguaje se me queda corto, romo. Por ejemplo privilegio, quererte es un privilegio, pero esta definición no es suficiente, no comprende tanto como bulle dentro. Te quiero a ti porque tú me has permitido quererme a mí, cuanto más te conozco más me conozco, cuanto más te busco mejor me encuentro, y eso es un milagro pero las palabras están gastadas, me sobran palabras, por eso ahora mismo me callo. Hasta aquí.




10.3.10

Fieramente quiero quererte


Debió pasar mucho tiempo sin poder estar con ella, sin llegar a darle el heredero de las fortunas. El recuerdo de la pequeña blanca debía de estar allí, tendido, el cuerpo, allí, atravesado en la cama. Durante mucho tiempo debió de ser la soberana de su deseo, la referencia personal a la emoción, a la inmensidad de la ternura, a la sombría y terrible profundidad carnal. Después llegó el día en que eso debió resultar factible. Precisamente aquél en que el deseo de la niña blanca debía de ser tal, insostenible hasta tal extremo que hubiera podido encontrar de nuevo su imagen total como en una fiebre intensa y poderosa, y penetrar a la otra mujer de ese deseo de la pequeña, la niña blanca. A través de la mentira debió encontrarse en el interior de esa mujer y, a través de la mentira, hacer lo que las familias, el Cielo, los antepasados del Norte esperaban de él, a saber, el heredero del apellido. (El amante .-. Marguerite Duras.)


Fieramente quiero quererte, como este que soy, el de ahora, este que te ama, exigente, que te toma entre sus brazos y te lleva a la cueva de nosotros, ocultos y libres, abrigados por capas de tiernas palabras, de silencios que lo dicen todo, de caricias inventadas, de una mirada que nos ata y nos empuja a través del puente suspendido sobre un mar tempestuoso.

Todos gritan que no nos tiremos y tú y yo, mi dulce Wendy, ajenos a los tiburones de abajo y a los de arriba, caminamos torcidos y equilibrados, borrachos por tanto oxígeno que podemos arder, mareados por el movimiento de este buque que cabecea entre las olas inmensas de lo imposible para, al final, dar un brazo por una cama tibia, por una habitación silenciosa y en penumbra, por horas desmenuzándonos como curiosos insectos que todo lo quieren saber, que quieren llegar a cada rincón de nuestros corazones confundidos y hambrientos, inmensos como desiertos, con cabezas saliendo de la tierra en espera de lluvias, de relámpagos, de tantas emociones como nos regalamos entre flores y dibujos de alfombras traicioneras, de la puerta que sella y defiende, del miedo a dejarnos llevar y empezar de nuevo. 

Fieramente quiero quererte, vida, y la realidad me toma de las solapas y me abofetea, me empuja contra la pared, me intimida, me obliga a bailar delante del espejo, me muestra la realidad de este que soy, el de ahora. Y es entonces, justamente entonces, cuando me alejo, cabizbajo, cuando el mar de lo cotidiano me traga, cuando sé que no hay lugar para los sueños. Vuelvo al mundo submarino. Glup.


(Gracias  a Mirada)

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