30.9.10

El Increíble Hombre Menguante.

 
Soy el auténtico e increíble hombre menguante.

Me llamo Scott Carey, nací en New York, actualmente vivo en Bilbao, España, diferentes circunstancias han hecho que me decida a hablar.

No conocí personalmente a Richard Matheson. Aunque vivíamos en el mismo edificio jamás cruzamos una sola palabra. Muchas veces le vi sentado al lado de la fuente de Bryant Park, absorto en sus pensamientos, dando de comer a las palomas.

Hasta varios años después no supe que era escritor y guionista de cine. Ahora sé que se inspiró en mi vida para al menos uno de sus trabajos. Lo que no sé es cómo pudo enterarse.

Si han visto esa película seguro que todos ustedes conocen mis peripecias a consecuencia de la extraña niebla radiactiva que me envolvió mientras navegaba en un barco de recreo. A partir de ahí noté que estaba menguando, sentí un progresivo empequeñecimiento de mi cuerpo, sufrí el ataque de un gato, de una araña, las escaleras se convirtieron en montañas y terminé en una mínima comunión con el Cosmos. The End.


Ese debía ser el final, pero en la realidad una vez allí toqué la pared del infinito y se invirtieron los términos, crecí hasta mi tamaño anterior, subí las escaleras, pisé a la araña, de una patada saque al gato por la ventana y jamás volví con Louise.

Pasaron los años, cambié de país y pensé que había logrado la normalidad. No.

De nuevo, con lentitud pero sin pausa, día a día me estoy haciendo más y más pequeño. El gato que me ataca es sutil, grande, más parece un perro negro. La araña es implacable, me tiene aprisionado en una tela enérgica de la que no me puedo liberar. El Cosmos sería una liberación. Y esto ya no es un film.


NOTA: por los comentarios recibidos compruebo que no habéis visto esta magnífica película, ay, señor, podéis haceros una idea AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ.




Para colmo, me he enterado que Jack Arnold, el director de la película, está rodando otra basada en mi vida, ‘La Mujer y el Monstruo’. Pero esto lo contaré mañana.


29.9.10

A Inés.

Quería que descubrieses lo que es el verdadero valor, hijo, en vez de creer que lo encarna un hombre con una pistola. Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence (Matar a un ruiseñor –Harper Lee)

  
Inés, a veces olvido que no solo me lees tú y me dejo llevar por la emoción de las palabras, aireo sentimientos que solo a ti y a mí nos pertenecen. 

Lo sé.

También sé que esas palabras se posan como golondrinas en tu tendedero y las recoges, las pliegas, las planchas, espolvoreas espliego sobre ellas, las quemas en el patio trasero y esparces sus cenizas en el viento de tu playa ilimitada.

Lo entiendo.

Intento definir si la emoción siete te corresponde en exclusiva o si la he inventado, si el estremecimiento diez es por tu cercanía o por mi imaginación. Es posible que mezcle unas cosas y otras, es posible que esté perdiendo la proporcionalidad, el sentido del ritmo, la cordura.

Lo temo.

Es lo que tiene escribir para nadie, nunca me ubico en un solo territorio, vago por páramos y colinas, subo y bajo, me pierdo en retórica y hablo desde el balcón sobre ninguna plaza. Otras veces me compro todos los ejemplares del periódico para que parezca qué, para no cerrarlo, para distraer las cifras reales de venta.

Lo reconozco.

En cualquier caso, bajo una manta, disfrazado de náufrago o de mártir de la fe, con bigotes pintados con un corcho de cava quemado o con la cara lavada insisto en el error de contarte, Inés, lo que a todos cuento.

Pero te quiero. 




28.9.10

Quem deus perderé vult, prius dementat.


 (Miguel Brieva)

El acto creativo mantiene la vida, es un baile lascivo ante la cruel muerte.

Llueve, hay gorriones en una ventana simulada, los espectadores entran con lentitud, dejan los paraguas goteando sobre la madera del vestíbulo, se sientan sin dejar de hablar. Solo en el escenario, el Actor se lleva un dedo a los labios y recita: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo *. Alguien, entre las sombras del fonde de la sala, aplaude. Después todos se van.

Al terminar la sesión, con el alma alborotada el Actor espera la pálida tarde, el preludio de las horas transitadas por hombres con problemas de melancolía, es el momento para mezclarse con aquellos qué, como él, arrastran su dolor entre alcohol y risas fingidas.

Donde antes hubo navegantes, con lentitud, la ciudad se ha transformado en un espacio de caminantes, transitan los atentos vigilantes de mensajes entretejidos en la niebla de no verse. Los ausentes se hablan con los ausentes, intercambian coloquios con desconocidos de lejos o cerca, lectores de tabaquerías en fábricas que nada fabrican, solitarios farfullando soliloquios, ilusionistas que lloran cuando mueren las palomas.

El Actor sabe, lo sabe ahora, que acariciar aquel cuerpo no era un pasaporte a su alma, no un visado, no un pase de pernocta, no un permiso indefinido, tener su cuerpo era un trabajo, un purgatorio, una obsesión, la condena del ejercicio desnudo de besar una y otra vez la anorgasmia irreparable de una mujer sin lengua. Sin embargo volvía los miércoles, aún antes de amanecer, cuando mataron al juez y en primavera. Ella escribía en una nube “ven” y él, obediente, iba.

Ha pasado el tiempo, subido en la escalera absurda que ha fabricado, otea un horizonte que ya no existe, no hay más allá que el recuerdo de un cuarto oscuro donde se veían sin verse, donde se tocaban como silenciosos amantes que no querían turbar a los que dormían sin saber, un pacto con un demonio cruel que fijó límites, una derrota ante un ejército de sentido común y papeles firmados antes de la luz.

La función debe continar, el Actor vuelve al escenario y recita: “yo soy mi mundo”**

La locura de los otros como una pared obscena ante los desatinos que crecen, se agigantan dentro del Actor, su trágica obsesión por esa mujer espiritual y ajena, ausente, entregado a la hamartia de cercarla con un amor que jamás será correspondido. A quién un dios quiere destruir antes lo enloquece.

Esto es.


*Wittgenstein (Tractatus (5.6) ** (Tractatus (5.63)



Ludwig Josef Johann Wittgenstein (Viena, Austria, 26 de abril de 1889 — Cambridge, Reino Unido, 29 de abril de 1951) fue un filósofo y lingüista austríaco, posteriormente nacionalizado británico. En vida publicó solamente un libro: el Tractatus logico-philosophicus, que influyó en gran medida a los positivistas lógicos del Círculo de Viena, movimiento del que nunca se consideró miembro. Tiempo después, el Tractatus fue severamente criticado por el propio Wittgenstein en Los cuadernos azul y marrón y en sus Investigaciones filosóficas, ambas obras póstumas. Fue discípulo de Bertrand Russell en el Trinity College de Cambridge, donde más tarde también él llegó a ser profesor. Murió cerca de Elizabeth Anscombe, quien se encargó de que recibiera los auxilios de la Iglesia.

27.9.10

Estruendo emocional en New York.


Pues señor, corría el año de gracia de no sé cuándo y los mandamases verdes de New York se habían propuesto terminar con la sequía amorosa que asolaba aquella ciudad. Aburridos de las monótonas conversaciones de sus habitantes sobre la muerte y el más allá se conjuraron para intentar que se dedicaran al más acá y así gozar de la vida mientras pudieran.

Para ello crearon un comité de evaluación de necesidades. Después de laboriosos estudios, el citado comité, compuesto por miembros de diferentes colores, presentó sorprendentes conclusiones. Destacaban entre las más importantes, a saber, la evidente desproporción entre personas sensibles y personas ajenas a esta malformación irrefutable.


La solución era compleja pero como por algún lado debían comenzar fundaron el New York Emotional Center, lugar destinado en principio para la reeducación de aquellos ciudadanos con mínimos índices de sensibilidad o carentes de ella. Los cursos estaban previstos como de larga duración y serían impartidos por poetas locales, damas y caballeros de probada virtud y tres conocidos amantes del Bronx.

La realidad fue dramática, aplastante, al cabo de dos semanas las aulas estaban vacías y los prófugos de la enseñanza deambulaban por las esquinas sin fijarse en nubes ni arco iris, ajenos a lágrimas y versos, marcando distancia con miradas duras y despectivos gestos con los dedos.

Este primer fracaso, lejos de llevar el desanimo, provocó una reacción inesperada, un grupo de entusiastas vecinos fundó el club de los Corazones Exacerbados y se dedicó a colgar carteles por las paredes de los barrios invitando a todos, residentes o no, a visiones colectivas de puestas de sol, gotas de escarcha en las telarañas, gatos abandonados en los quicios, lectura de poemas de Walt Withman y una dosis masiva de informativos de la televisión, incluidas ejecuciones de tiranos de países de otros hemisferios y hambruna en lugares tan lejanos que ni los conocemos.


Por ahí empezó, una cosa fue llevando a otra y se filtró la noticia de que alguien había dicho que uno comentaba que conocía a dos que después de ver serpentear las gotas de lluvia por los cristales de una barbería del centro comercial habían hablado de su similitud con la vida que resbala por los años, etcétera, después degustaron un café, se citaron al cabo de unos días y –esto está sin confirmar- una vez se tomaron de la mano. Un éxito, de ahí al acto amoroso solo faltan años, papeles y un estado de gracia.

Aunque nadie lo esperaba este aparentemente suceso, tan nimio, creó escuela y en los días de lluvia se agolpaban las multitudes frente a las barberías de Times Square esperando el milagro del diálogo más allá del béisbol, el rugby y, sobre todo, de sus consecuencias, besuqueos, tocamientos, etc. De los diferentes condados y villorrios venían, en coches y bicicletas, con cestas de manzanas y sueños plisados, con gabardinas hasta los pies y pañuelos de seda cubriendo sus cabezas. Entre las masas surgió un avispado que ante esta concentración humana gritó: ¡Sensibilidad! .Y todos, sin excepción, respondieron. ¡Yea!. Como si hubiera sido una orden se produjeron los primeras abrazos, tímidos, después besos furtivos, siguieron con un desvestirse general, los intercambios de pieles, los contrastes y al cabo de una hora aquellas almas en pena se convirtieron en cuerpos en ebullición, en la proliferación de intercambios sexuales, gemidos sobre el barro, comunidad de paisanos en un vaho amoroso y cálido, un estruendo que trascendió los límites de New York. Aleluya.

Fue un principio.

En las siguientes elecciones volvieron a ganar los verdes.




26.9.10

Haruki Murakami y yo.


Es increíble, acabo de descubrir a mi alma gemela. Esta mañana, en Fnac, me he comprado un libro de un tal Haruki Murakami, uno de esos escritores nuevos. Leyendo la reseña del autor me he quedado pasmado, no me parecía posible, la realidad supera cualquier ficción.

Resulta que el tipo nació en el mismo mes y año que nací, es escritor, traductor, corredor y japonés como yo, él nació en Kyoto y yo en Nakano. La temática del libro que he comprado, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, es, en lo que he podido leer, bastante parecida a la de mis mejores libros.


La sorpresa ha aumentado cuando he sabido que su padre era sacerdote budista, el mío era párroco católico en la diócesis de Takamatsu (ya, no se lo digan al arzobispo Okada que se casó, no lo sabe ni mi madre)

 
 (Además es clavadito a mí, mi doble)


Pero ahí no acabo todo, las coincidencias siguen. Ambos estudiamos literatura y teatro griego, nuestras esposas se llaman Yoko (la mía Yoko Mari), los dos hemos trabajado en una tienda de discos, hemos tenido un bar de copas en Tokio (en diferentes barrios, eso sí), en diferentes épocas de nuestra vida hemos vivido en Europa y América, somos celosos de nuestra intimidad, no acudimos a fiestas, no recibimos premios, no damos conferencias, no damos charlas, ni firmamos libros, no damos entrevistas, no dejamos que nos fotografíen, nos encantan el jazz y los Beatles, nos gusta tocar el piano, los gatos, las series de televisión, las películas de terror, las novelas de detectives, la ropa de sport, las canciones pop, tenemos pánico a las alturas, corremos a diario…

¡basta! 

Demasiadas coincidencias, este tipo me está copiando, no existe, me está robando las ideas, tengo las pruebas. Lean este fragmento de Dance Dance Dance, me lo ha copiado literalmente, esto ya lo había publicado en este Glup 2,o (14.12.2009). Compruébenlo.

Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.
Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasmos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre...”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos” le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“Ningún problema” le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo. 

(Fragmento de Dance Dance Dance de Haruki Murakami)

(Me ha copiado hasta la firma)

25.9.10

Vehemencia y empatía.


Evolución. 

Subimos a este tren de expresión con toda la energía, con la ilusión de exponer aquello que escribimos en la soledad ensimismada de un poema, un relato, un relato, un pensamiento, un dolor disfrazado de cuento, la alegría de saber que hay otro día, los recuerdos.

Siendo la misma, que alguien lea es otra historia.

 Vehemencia:
1. Apasionamiento, ímpetu:
2. Irreflexión, impulsividad en el comportamiento o actuación.

Escribir vehementemente es un riesgo, dejar salir las emociones en tropel puede terminar en verlas colgadas de las ramas desnudas de los árboles en otoño. Escribir con pausa, reflexionando, puede conducir al amaneramiento de las frases, a engolar el tono, al aburrimiento.

 
Leo en Wikipedia: Empatía 

La empatía (del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, 'en el interior de', y πάθoς, 'sufrimiento, lo que se sufre'), llamada también inteligencia interpersonal en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, es la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que otro individuo puede sentir.Tambien es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra.
Ciertas corrientes de pensamiento psicológico postulan que la mente humana tiene en común sensaciones y sentimientos. La única diferencia entre dos personas es el momento en el que se muestran dichos sentimientos, provocando emociones que motivan a actuar. Que una persona no sienta igual que otra en un momento dado, es por razones educativas, predisposición genética y condicionantes hormonales, que inducirán a encauzar los estímulos de una forma u otra. Por eso, infieren que la empatía es posible en un individuo capaz de razonar acerca de sí mismo, evaluar sus sentimientos y razonar acerca de otras personas de forma que no tienda a justificar sus propios deseos. El deseo sería la unidad de degeneración del pensamiento objetivo, y el grado de exactitud estaría desvirtuado, en mayor o menor medida, dependiendo la profundidad del conocimiento de uno mismo, o lo que es lo mismo, de su inteligencia emocional.

¿Será esto?
La empatía y cómo conseguirla.


Es sábado, llueve, el mal tiempo está aquí, en nada el invierno ¿nos asustaremos? (No).
Ordenar lo de hoy (no quiero).
Escritura de blog, sin adornos (para salir del paso).


En agosto leí Agua para elefantes de Sara Gruen. ¡Lo recomiendo!



«A morte, como o amor, nunca advirte por onde se nos achega...»
(Lois Pereiro)

Qué verdad, estamos vivos, amemos.

Feliz Sábado.

24.9.10

Ana Kiro


Muere Ana Kiro, la reina de la canción gallega.

La arzuana, cantante, actriz y presentadora de televisión, ha fallecido a los 68 años en Mera (Oleiros).

Estadísticas curiosas


Me gustaría conocer mejor HTML para poder programar la página de otra forma, cambiarla. Me he acostumbrado al formato actual pero quisiera hacer pequeñas variaciones, no sé, modificar la situación de las fotografías, utilizar otro tipo de letra, dinamizarla, que se mueva.

Aunque cada día descubro algo nuevo, ayer, trasteando, he descubierto que Blogger proporciona, desde hace poco, unas estadísticas muy curiosas.
Por ejemplo, mis entradas más vistas desde mayo hasta ahora son:

Bombero 01/12/2007, 16 comentarios 911 Páginas vistas
Allez Bordeaux, 06/06/2009, 4 comentarios 811 Páginas vistas
Varios, ovarios, salvarios. 29/07/2009, 24 comentarios 299 Páginas vistas
Eva 24/09/2009, 17 comentarios 170 Páginas vistas
Extimidad.07/02/2010, 3 comentarios 163 Páginas vistas

Y me pasma como entran a post tan antiguos, ¿quién entrará?, ¿qué estarán buscando para caer ahí? Esta historia de los blogs es increíble.

Gracias a los que han venido.



Fiebre del oro de Klondike


Sobre el encumbrado Chilcoot golpeado por la tormenta. Arriba de su frente, desolada y desigual avanzaba lentamente una delgada hilera de hombres. Pero era una hilera interminable. Salía del último lindero del matorral empequeñecido de abajo, dibujaba una línea negra a lo largo de una deslumbrante extensión de hielo…(Jack London)


La fiebre del oro de Klondike, algunas veces denominada la fiebre del oro del Yukón o la fiebre del oro de Alaska, fue un frenesí de inmigración por fiebre del oro en pos de prospecciones auríferas a lo largo del río Klondike, cerca de Dawson City, Yukón, Canadá. Se inició después que fuera descubierto oro a finales del siglo XIX. En total, se extrajeron alrededor de 12,5 millones de onzas de oro (alrededor de 20,12 m3) del área de Klondike.[1]

Descubrimiento

En agosto de 1896, tres personas lideradas por Keish (Skookum Jim Mason), un miembro de los tagish, una de las Naciones Originarias de Canadá, se dirigió al norte bajando el curso del río Yukón desde el área de Carcross, en busca de su hermana Kate y su esposo George Carmack. El grupo incluía a Skookum Jim, su primo, conocido como Dawson Charlie (o algunas veces Tagish Charlie) y su sobrino, Patsy Henderson. Tras reunirse con George y Kate, quienes estaban pescando salmones en la desembocadura del río Klondike, se dirigieron a Nueva Escocia. Robert Henderson, quien había estado extrayendo oro en el río indio, al sur del Klondike, le había contado a George Carmack el lugar donde estaba extrayéndole y que no quería ningún "Siwashes" (esto es, indio) cerca de él.
El 16 de agosto de 1896[2] [3] el grupo descubrió depósitos aluvionales de oro en el arroyo Bonanza (Rabbit), en Yukón. Si bien se desconoce quién fue verdaderamente el descubridor, Geogre Carmack recibió oficialmente el crédito por el descubrimiento aurífero debido a que el denuncio figura a su nombre.
Empieza la fiebre
Las noticias se difundieron a otros campamentos mineros en el valle del río Yukón. El oro fue descubierto en el arroyo Rabbit que fue más tarde renombrado Bonanza debido a que muchas personas fueron en busca de oro. Los riachuelos Bonanza, Eldorado y Hunker fueron rápidamente reclamados por los mineros que habían estado trabajando previamente en los arroyos y bancos de los ríos Fortymile y Stewart.
Las noticias llegaron a los Estados Unidos en julio de 1897, en la cumbre de una serie significativa de recesiones financieras y quiebras bancarias en la década de 1890. La economía estadounidense había sido fuertemente golpeada por el Pánico de 1893 y por el Pánico de 1896 que causaron amplio desempleo. Muchos que fueron adversamente impactados por las crisis financiera estuvieron motivados a probar suerte en las reservas auríferas. Los primeros prospectistas exitosos llegaron a San Francisco (California) el 15 de julio y a Seattle el 17 de julio, estableciéndose como estampida en Klondike. En 1898, la población de Klondike había llegado a cerca de 40.000 habitantes, lo que amenazaba con causar una hambruna.

Hombres de todo tipo se dirigieron al Yukón desde lugares tan lejanos como Nueva York, el Reino Unido y Australia. Sorpresivamente, una gran proporción estaba compuesta por profesionales, tales como profesores y doctores, quienes habían renunciado a sus respetables carreras para hacer el viaje. La mayoría estaba perfectamente al tanto que la posibilidad de encontrar cantidades significativas de oro era escasa o nula, pero aun así se fueron a la aventura. Tantos como la mitad de aquellos que llegaron a Dawson City no se dispusieron a hacer ninguna prospección. Al llegar grandes cantidades de aventureros emprendedores a la región, la fiebre del oro contribuyó significativamente al desarrollo económico del Oeste de Canadá, Alaska y el Pacifico Noroeste.



23.9.10

Deporte rural.


Desde ayer, ni exhausto ni sin palabras, me quedan, la gracia es cómo combinarlas, como hacer atractiva su sucesión, conseguir coherencia, significado, intríngulis, digo más, atractivo, interesar, encantar, subyugar al que lee.

Un blog, este, no es el lugar para ello.

La literatura va por otro lado.

Esto es un juego, un divertimento, un intento de disfrazado de, un subterfugio, un quiero y no puedo, una mano de pintura blanca sobre la nada, un ego subido a una silla declamando en el desierto con un ombligo enroscado en la cabeza como un turbante, algo así. No sé hacer más (ni menos).


Soy (o era) buen pelotari, la cosa es que esto de los blogs no va por ahí, tampoco esto es un desafío de arrastre de piedra, ni siquiera saber quién la levanta (la piedra) más veces en menos tiempo. Nobles deportes rurales de mi bella tierra. 


Pues eso, este es un blog san Pablo que se cayó del caballo, que pretendía ser literario y que descubrió que para eso hacen falta otros atributos (además de los de cada uno).

Y aquí ando, trampeando las semanas, quizás con estos trabajos espontáneos, naturales, no se necesite más (siempre que sean sinceros, claro. Puedo jurar que lo son) y hacen falta menos Punset y más Belenes. No sé, no lo tengo claro, es un lío esto de salir al ruedo a cuerpo limpio (y suerte que por aquí no vienen muchos banderilleros, ni picadores).

Lo que tengo claro es que el que escribía bien era D. Julio Cortázar. Este cuento es literatura. Disfrútenlo.

Graffiti

A Antoni Tàpies


Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

Julio Cortázar.
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22.9.10

Palabras.


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“Las palabras son buenas. Las palabras son malas. Las palabras ofenden. Las palabras piden disculpa. Las palabras queman. Las palabras acarician. Las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas. Las palabras están ausentes. Algunas palabras nos absorben, no nos dejan: son como garrapatas, vienen en los libros, los periódicos, en los mensajes publicitarios, en los rótulos de las películas, en las cartas y en los carteles. Las palabras aconsejan, sugieren, insinúan, conminan, imponen, segregan , eliminan. Son melifluas o ácidas. El mundo gira sobre palabras lubrificadas con aceite de paciencia. Los cerebros están llenos de palabras que viven en paz y en armonía con sus contrarias y enemigas. Por eso la gente hace lo contrario de lo que piensa creyendo pensar lo que hace...........
Porque las palabras han dejado de comunicar. Cada palabra es dicha para que no se oiga otra. La palabra, hasta cuando no afirma, se afirma: la palabra es la hierba fresca y verde que cubre los dientes del pantano. La palabra no muestra. La palabra disfraza.

De ahí que resulte urgente mondar las palabras para que la siembra se convierta en cosecha. De ahí que las palabras sean instrumento de muerte o de salvación. De ahí que la palabra sólo valga lo que vale el silencio del acto. Hay, también, el silencio. El silencio es, por definición, lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. 

(De este mundo y del otro) Jose Saramago



21.9.10

Bluf.

Desde Barcelona.

La literatura como bluf, o cómo mirar hacia atrás para escribir, una mirada retrospectiva ¿para tomar impulso?, ¿para repetir lo anterior?, ¿para seguir con la misma cantinela? 

El arte como bluf, la captura de una cierta poesía flotando en los objetos, en las ideas, en las palabras, en la naturaleza, en las personas. Plasmar esa poesía, intentarlo con disfraces, torpe, chapuceramente, con bigote postizo, soplando un matasuegras.

El blog como bluf, es decir un esfuerzo que no sirve para nada hasta que alguien lo lee, es más hasta que el que escribe, lee sus propios textos y se sorprende, se lee como si hubieran sido escritos por otra persona.

Según Canetti (y Lacan, claro) uno es lo que habla. No sé si uno es lo que escribe (o lo que dibuja, lo que pinta, lo que esculpe, lo que hace) Una revelación. Sin necesidad de ángeles ni trompetas lo supe. Así, de repente, en un tris tras. Puedo escribir lo que quiera, de lo que quiera, no tengo idea de nada pero esa propia ignorancia me esconde los escrúpulos, nada por aquí, nada por allá, el post de hoy. (Aplausos)

Un lector: ¿Cómo te atreves a colgar esto?
Yo: ¿Eh?, ¿quién es?, escucho una voz.
Un lector: Un nivel, un blog exige un nivel.
Yo: Mari Bel.
Un lector: ¿Me estás vacilando?
Yo: Yes.

Por menos de esto han empezado guerras, lo sé, pero resulta que hoy estoy fuera ( incluso de mí mismo) y no tiene uno el cuerpo para escribir versos sublimes mientras el trabajo está en el aire y la vida camina a zancadas que me están dejando atrás. No se me termina la imaginación, se me termina la vergüenza, lo dicho, el post de hoy, desde la Gran Vía de Barcelona. Bon día.




20.9.10

Irina.

 
El mundo se ha quedado pequeño, o ya lo era (y no lo sabía).

En un principio, mi vecino del piso de arriba de entonces me ayudó a adquirir el hábito de leer. Leí y leí (no he parado desde entonces).

A la vez supe que podía imaginar y escribir (tampoco he parado).

Mis amigos guardan las cartas que les escribí (mis amigas no lo sé).

Los días pasan, tan rápido.

Internet fue un territorio en el que me interné de golpe, sin vecinos que me enseñaran.

Un tiempo después Joan Mateu (qué persona tan increíble) me abrió la puerta de su Tertulia en Mízar. Allí descubrí a muchos colaboradores, muy interesantes en lo literario, aún más en sus valores, en su humanidad. Tuve la suerte de conocer personalmente a muchos de ellos/ellas en viajes a Barcelona, en Bilbao, en otros lugares. Por dar un sentido circular a este post solo citaré hoy a René Rodríguez Soriano. http://www.rodriguesoriano.net/index2.htm

René es un buen escritor y un buen tipo. Tuvo la gentileza de mantener conmigo una amistosa correspondencia, de enviarme sus libros por correo, de publicarme un cuento en un periódico de Miami (qué inconsciente, en qué estaría pensando, él). Aprecio mucho su trabajo y sobre todo su persona. Aún no nos hemos dado la mano, lo haremos un día, seguro. También gracias a él conocí a Irina.

Irina vive en New York, es decir muy lejos (muy lejos desde aquí, claro, desde donde vivo). Desde hace más de diez años nos carteamos. Como sabemos eso crea una relación especial, muy fuerte en lo afectivo. Irina hace muchas cosas, me ceñiré en que escribe, escribe bien (Al final, un ejemplo).

 El caso es que en mi viaje a NY nos vimos. No nos hizo falta llevar un sombrero rojo o un ramo de gladiolos para reconocernos. Ella es más guapa y yo soy más viejo. Hablamos en el lobby de un hotel terrorífico, hablamos como si nos conociésemos de toda la vida a la sombra en un parque de Manhattan, nos hicimos fotografías, comimos una ensalada César en un restaurante frente a la Central Station (dónde se ruedan tantas películas, Los Intocables, por ejemplo), tomamos una cerveza en un pub del Village, sellamos una amistad para siempre, nos despedimos con lágrimas en un vagón del metro.
Milagroso, dijimos, pero no, no lo es, es simplemente el mundo se ha quedado pequeño, o lo era y no lo sabía. Entre tantos millones de seres humanos, algunos nos encontramos en esta red de redes, no importa dónde vivamos, en la calle de al lado o a miles de kilómetros. Muchas veces, algunos nos vemos el corazón, contamos lo que no nos contamos a nosotros mismos, lo que no sabemos y una vez nos sale a borbotones, nos desborda. Muchas veces, un día, algunos de nosotros nos miramos a los ojos, frente a frente y entonces sabemos, una vez más, que la vida es hermosa, que merece la pena (y las muchas penas) vivirla, que el sentimiento, el amor, nos hace libres, nos dignifica. Y nos sentimos pequeños y grandes y seguimos caminando, enriquecidos, mejores.

Gracias Irina, René, Joan, gracias a todos los que me hacéis sentirme más en paz conmigo mismo cada día, muchas gracias. 

REJOICE

Residual garbage from my past
how hard it's to discard you
yet the time has come
carrying you all these years
proved to be nothing.

You became a ghost
a corpse wandering the streets
of a city as dead as you are
every day you decompose slowly
filling the air with the stench of your decay

The ground that will bury you can’t hardly wait
to eat your bones until they’re dust
suck their bitter marrow
devour your tired flesh
blow up your defective eyes
swallow your tongue stinking of cigarettes

The soil will find a better use for your rotten sex
that all the poor performances it gave
while blood still flowed through it
with utter difficulty
causing you unbearable frustration

What a shameful waste
your life has been
not even your daughter will save your existence
of being just a useless mass
occupying space
polluting a town
already as corrupted as you

Karma won’t spare you
no more chances
no more lives
Samsara will not spin for you again
yet you're forbidden to reach bliss

The day you take your last breath
I will only regret
not being there
to see the dark shred of your soul

The day you die
I will rejoice
while celebrating
my freedom. 

(Irina




19.9.10

Jose Antonio Labordeta.


Descanse en paz.


 Canción De Amor

El amor es el silencio
la palabra guardada en el pecho
es el mar batiendo contra el mar
son las islas halladas entre la soledad.

Son paloma al viento
huracanes de luz
vendavales de llanto
ríos de juventud
o tan sólo unas manos
unidas a tu voz.

Porque no nos ven hablar
dicen que no nos queremos
porqque no nos ven hablar.

El amor es la tormenta
contenida en un aire que inquieta.
Es la luz golpeando la luz
son los árboles rotos dentro de un vendaval.

Son muchachos riendo
campanario y volcán
gritos de despedida
labios para besar
fatigosas mañanas
después de amar.

A tu corazón y el mío
se lo pueden preguntar
se lo pueden preguntar
dicen que no nos queremos.

 Labordeta

P.N.B.


 Señoras y señores, visitantes del blog glup (2.0)

Pasen y vean, escuchen, disfruten.

Es domingo..






















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