24.11.17

¿Ves algo?



Desconocida, que me pongo a escribirte y por una vena me sale la  sangre azul y surrealista y tampoco es cosa de ponerse ahora a peinar ovejas o rinocerontes. No te conozco  y me doy cuenta de lo difícil que es intentar hablar (te) desde otro plano que no sea este plano y doy vueltas al objeto que es la escritura intentando encontrar un resquicio por el que te diga manzana y tú leas manzana. Esto, que parece sencillo, es muy complejo, no sabes cuánto. Los textos que aquí dejo  son humildes, prístinos, pero hay quién los lee como a través de un dodecaedro. Así, según quién, lo ve amarillo, verde, cianuro o clavicordio. Otros no ven absolutamente nada. Siempre hay quién nunca ve nada. Tú ¿ves algo?

23.11.17

De precipicio.


Llevaban juntos muchos años. A los dos les parecían demasiados. Su hijo se había ido meses atrás. Era una soledad compartida, de precipicio.

Entre semana hablaban poco, llegaban demasiado cansados de sus trabajos. Cenaban cada uno por su lado. Dormían juntos, sin tocarse, en los extremos de la cama.

Algunos sábados se amaban en la postura doce, a veces en la veinte. Era grato a pesar de la rutina. Conocían sus cuerpos y el deseo.

Los domingos por la mañana salían a buscar oxígeno y silencio. Caminaban por caminos embarrados, entre bosques, por senderos con helechos y musgo en las piedras, por el borde de montañas no demasiado altas. Por las tardes veían la televisión, una en la sala, otro en la cocina.

La fiesta caía en viernes. Demasiados días juntos. Se miraron. Hablaron. Un reproche llevó a otro. Levantaron la voz. Cuando se abrió la puerta del rencor fue imposible cerrarla. Se atropellaban. En sus ojos había primero rabia, luego odio, una violencia que pugnaban por contener, agitaban los brazos, uno frente a otro. Él apretó los puños. Ella no lloró. Se dijeron cosas que habían estado calladas mucho tiempo. Quizás el silencio anterior era preferible.

Se encerraron en dos cuartos diferentes, en dos mundos diferentes, en sus propia razones, los dos tenían su propia verdad.

Hoy ella no ha vuelto a casa y él está preocupado.
Han pasado dos días y ella sigue sin volver.



Esta es una historia vulgar que termina como terminan las historias vulgares.
Pero no voy a ponerle un fin, la escribo yo y la sigo o termino como quiero.
Si alguien la lee que cambie el principio o el final a su gusto. 

Los Cien Mil Hijos de San Luis


Los Cien Mil Hijos de San Luis

Antecedentes
En 1814, luego de su liberación por parte de Napoleón Bonaparte, Fernando VII restauró en España el sistema absolutista, persiguiendo a los liberales, que pretendían que siguiera vigente la Constitución de 1812, que basaba la soberanía en la Nación y dividía los poderes del estado, reconociendo al pueblo, verdadero asiento del poder, la vigencia de sus derechos naturales. Esta situación cambió el 10 de abril de 1820, cuando Fernando VII luego de una serie de sublevaciones, que comenzaron con el pronunciamiento de Riego, debió jurar la Constitución de 1812.
Durante los tres años que siguieron, se suprimieron los señoríos, los mayorazgos y la Inquisición, aunque el rey solo esperaba la oportunidad de volver a imponer a su poder absoluto, conspirando secretamente, mientras tanto.
Los Cien Mil Hijos de San Luis
Es la denominación que recibió el ejército francés, liderado por el duque de Angulema, descendiente de quien sería Carlos X de Francia, como parte de la misión de la Santa Alianza de restaurar las monarquías absolutas en Europa, ante el pedido del zar de Rusia, que sintió que lo sucedido en España era una agresión contra sus ideologías. En el congreso de Verona, reunido en octubre de 1822, los miembros de la Santa Alianza aprobaron la invasión francesa a España.
El nombre del ejército respondía a que este grupo armado de alrededor de cien mil personas, irrumpiría en territorio español, invocando la protección de San Luis, con el fin de restaurar el Antiguo Régimen, según lo expresara, Luis XVIIIprimo de Fernando VII, en su discurso pronunciado el 28 de enero de 1823, al abrirse las Cámaras.
España era importante para Francia por sus vínculos, no sólo políticos, sino también comerciales, y por la necesidad de recuperar los territorios coloniales, que habían logrado, o estaban en vías concretas de emanciparse. El aprovisionamiento de las tropas estuvo a cargo del comerciante Gabriel Ouvrard, que reunió estos soldados (60 % franceses y 40 % españoles) organizados en cuatro cuerpos y uno de reserva. El 7 de abril de 1823, entraron en España, como ya dijimos, con el fin de imponer la Monarquía Absoluta, desplazada por el liberalismo, quienes habían tomado el poder desde 1820, gobernando durante el período conocido como “Trienio liberal”.
Las fuerzas liberales se conformaban por las fuerzas del centro, lideradas por el general La Bisbal, que pronto fue vencido, las de Castilla y Asturias, al mando de Morillo, que ni siquiera presentó pelea, y por un ejército de Operación, a cuyo frente estaba el general Ballesteros, que se rindió en Campillo de Arenas el 4 de agosto. El sector del ejército liberal comandado Francisco Espoz y Mina, con alrededor de 20.000 hombres fue el más eficaz. Intentaron repeler a los franceses en Cataluña, pero no contaron con apoyo popular, y los franceses, sin grandes dificultades, tomaron Madrid.
Los liberales, el gobierno y las Cortes, tomaron como rehén a Fernando VII, quien se negaba a acompañarlos alegando razones de salud, y huyeron primero a Sevilla y luego a Cádiz, ciudad que sufrió el asedio de los absolutistas, terminando en un trato que consistió en la entrega de la ciudad y la liberación del monarca a cambio de que éste perdonara y olvidara lo sucedido, y respetara las normas liberales vigentes hasta entonces.
Fernando VII una vez libre no respetó su promesa y abolió todas las leyes que se había comprometido a respetar. Cerraron periódicos y universidades, y el 7 de noviembre de 1823 la Plaza de la Cebada de Madrid, fue escenario de la ejecución de Riego, líder revolucionario. Como consecuencia, el sistema absolutista volvió a imponerse en España hasta la muerte de Fernando VII en 1833, en lo que se conoció como “Década Ominosa”.


22.11.17

El Congreso de Verona.



El Congreso de Verona.

El Congreso de Verona, celebrado el 22 de noviembre de 1822 en Verona, la Cuádruple Alianza así como las potencias que formaban parte de la Santa Alianza, Rusia, Austria y Prusia deciden la reinstauración del absolutismo en España reclamada por el mismo rey, tras el pronunciamiento llevado a cabo por Rafael del Riego que consiguió cercar políticamente a Fernando VII,jurando la Constitución de Cádiziniciando el Trienio Liberal que tuvo un gran efecto en el resto de países europeos.
El 7 de abril de 1823 se produce la invasión de España por parte de los Cien Mil Hijos de San Luis, penetrando con escasa resistencia hasta Cádiz comenzando la Década Absolutista, conocida como la Década Ominosa por los liberales.

Condena de la Santa Alianza.


Los infrascritos plenipotenciarios [...] han convenido en los artículos siguientes:

§  Las altas partes contratantes, plenamente convencidas de que el sistema de gobierno representativo es tan incompatible con el principio monárquico, como la máxima de la soberanía del pueblo es opuesta al principio del derecho divino, se obliga del modo más solemne a emplear todos sus medios y unir todos sus esfuerzos para destruir el sistema de gobierno representativo de cualquier Estado de Europa donde exista y para evitar que se introduzca en los Estados donde no se conoce.
§  Como no puede ponerse en duda que la libertad de imprenta es el medio más eficaz que emplea los pretendidos defensores de los derechos de las naciones, para perjudicar a los de los príncipes, las altas partes contratantes prometen recíprocamente adoptar todas las medidas para suprimirla, no sólo en sus propios Estados, sino también en todos los demás de Europa.
§  Estando persuadidos de que los principios religiosos son los que pueden todavía contribuir más poderosamente a conservar las naciones en el estado de obediencia pasiva que deben a sus príncipes, las altas partes contratantes declaran que su intención es la de sostener cada esté autorizado a poner en ejecución para mantener la autoridad de los príncipes [...]
§  Como la situación actual de España y Portugal reúnen, por desgracia, todas las circunstancias a que hace referencia este tratado, las altas partes contratantes, confiando a la Francia el cargo de destruirlas, le aseguran auxiliarla del modo en que menos pueda comprometerla con sus pueblos y con el pueblo francés, por medio de un subsidio de veinte millones de francos anuales a cada una, desde el día de la ratificación de este tratado, y por todo el tiempo de la guerra [...]
§  Para restablecer en la Península el estado de cosas que existía antes de la revolución de Cádiz [...] las altas partes contratantes se obligan mutuamente a que se expidan las órdenes más terminantes para que se establezca la más perfecta armonía entre las cuatro partes contratantes.


Verona, 22 de noviembre de 1822

Parker y el olvido de lo químico.



Parker sueña y despierta con la angustia de no recordar el rojo níquel, el amarillo cianhídrico, el intangible silicio. ¿Cómo hacía aquellos análisis? Es absurdo, es tan lejano, tiene ya tan poca importancia, pero en el duermevela siente que en mitad de la repentina oscuridad de su cabeza está trazada una fina línea en la que apenas distingue su historia, su pequeña historia, los detalles. Sabe que cuando se levante de la cama y pise el suelo entrará en la realidad pero en ese momento esa es su inquietante realidad. Parker teme entrar en el club de los amigos desmemoriados, con la mirada perdida tratando de recordar qué fue de todo aquello, cómo era. ¿Cuánto queda?  

21.11.17

Parker y la chica rubia



En el tiempo en el que aún no había teléfonos móviles, Parker se sentía atraído por la chica rubia.

Ella vivía al otro lado de la ciudad, lejos. Una tarde fue a visitarla. Pasearon por un parque, había palomas en el aire, hacía frío. Hablaron de ayer, apenas de ahora, nada de mañana. Pasearon junto a un estanque, había patos, comenzó a llover, suave, sirimiri. Él dijo, mira qué cielo, viene tormenta. Ella dijo, adiós. Pero el coche no arrancaba, empezó a llover más fuerte y ella dijo, ven a casa, tomaremos café.

Lo tomaron y conversaron sobre ahora y sobre luego. Una charla hermosa con cascabeles y gatos de angora deslizándose por la voz melodiosa de la chica rubia. Él le preguntó por qué hablaba tan bajo. Ella respondió que en las paredes había orejas de habitantes de otro tiempo. Él no lo tomó en serio y quiso besarle en el cuello. Ella se sentó en un extremo del sofá y levantó un muro de no, no y no.

El agua golpeaba y golpeaba en los cristales del salón y la casa de Parker estaba más lejos de su recuerdo a cada minuto. La chica rubia se volvía más y más atractiva a cada segundo y en el aire estallaban burbujas de deseo y el silencio se interrumpía por el vuelo de golondrinas lujuriosas. No había aparatos de medición para saber quién de los dos estaba más alterado, más atraído por el otro, la situación y el tiempo.

El escarbó con una uña en el muro del no y un ladrillo cedió. Voy a darte un beso, aviso. Ella bajó los ojos y se humedeció los labios. Se besaron como en una película de Ava Gardner y Clark Gable. El primer beso fue breve. El número quince duró el tiempo suficiente para que ella cortara todas las orejas del pasillo y le invitara a su cama.

Parker se sentía atraído por la chica rubia e hicieron el amor hasta que les dolió el alma, tan dichosos y nuevos que aquel cuarto fue un paraíso y lloraron de felicidad y fuera aún llovía y cuando brillando en la oscuridad fue a buscar su coche no arrancó, claro, y ahora en el asiento de al lado del conductor del camión grúa sonríe tontamente y busca una excusa creíble para justificar su vuelta a casa tan de madrugada.

20.11.17

Parisina


An unknown man and woman. Photographed by Robert Doisneau (1912-1994),


Parisina, te visualizo en una celda de lujo, incomunicada con el vecino Antoine, con los vecinos en general, con los ciudadanos de París sin orejas, con cascos, de todos los colores, en bicicleta, cabeza abajo, serios y concentrados en su mismidad, eso. Sigo visualizándote y se me pone la frente escarlata fruición por todo lo que copias, conoces, contrastas, descubres, imaginas, de fuera, de dentro, una artista like you. Que eres –imagino- una fuerza imparable y envidia me da saberte por esas calles que me recuerdan a las que veía en las películas de la segunda guerra mundial, la torre Eiffel al fondo, que cuando fui a Berlín por primera vez pensaba que las casas estarían derruidas y negras, con cascotes por las calles, y no, Berlín reluce, que es lo que tiene llegar a una edad, que recuerdas mejor lo que era que lo que es, ahora, demasiadas responsabilidades, o una, que lo que quiero es olvidarme de la escritura, de la informática, de la mística y estar tumbado en la playa de Langosteira,  leyendo los tres millones de libros que me faltan por leer,  escribiendo los míos,  nadando hasta el horizonte,  subiendo al Pindo para saber lo que hay al otro lado, siempre hay otro lado, otros valles, los edificios son diferentes, las personas son diferentes pero, ay, por dentro son muy parecidas, los mismos miedos, anhelos, sueños, ilusiones, ser, querer ser, o no, que también hay muchos que no saben dónde van, tú sí, parisina a la que no conozco, por esas calles llenas de nadie, de momento, hasta que traces una línea desde dónde estás hasta dónde llegarás y ese será tu camino, nadie puede andarlo por ti, como mucho a tu lado, disfrutando  tu alegría, que sé que me miras con una cara entre seria y chungona y vacilas y me llenas de risas cuando te llamo, medio en secreto, que no te conozco y sí, que puedes ser una gallina o la portera de la casa de Cortázar, una bailarina de Pigalle o una estudiante de Erasmus en prácticas de seductora de confiados redactores de páginas web, soul, blue, thing, think, cool, be, end, clock, esta es la carta que no puedo escribirte, amanuense de símbolos eróticos, corrector de estímulos, hay que ver, que te desconozco y te conozco. Más o menos.  

19.11.17

Agropecuario



Como no podía ser de otra manera, el mundo de la noche está poblado de personajes oscuros.

A veces ocurre que hablas, al borde del corazón del alcohol y alguno se ilumina y dice lo que nunca dice.

Aun así,  para cuando te das cuenta, amanece en la barra de un bar de esta ciudad con viento sur, llena de amantes que no aman, de individuos con cangrejos en la cabeza, con karramarros en el alma, personajes tan oscuros que son invisibles.

Me aburro.

18.11.17

Medio millón.




Asustado, acosado por mis fantasmas, perdido en mitad de un bosque de palabras, con ni sé cuántas páginas visitadas,  un exceso, un honor, un placer, una recompensa, muchas veces, aquí, un número redondo, bola de nieve que empezó a rodar hace tanto, goteo desde el 1 (uno), tan enriquecedor, tan compartido, tan grato, intercambio de emociones, conocimientos, sentimientos, sueños, pesadillas, crisis, traumas, recuerdos, imaginación, lo que es, lo que nunca ha sido, lo que puede que sea, cuentos, casi poemas, historias para dormir, para no dormir, para creer, para olvidarse de todo y zarpar desde un puerto entre la niebla, lluvia y sol, lágrimas, muchas risas, celos, ternura, cariño, envidia, comprensión, miradas detrás de la cortina, nombres propios, anónimos, compañeros, amistad, amor creciendo, admiración por lo descubierto en tantas páginas que han enriquecido esta, tanto arte de tantos artistas, pero, la fama, amigos, me asedian, me siguen, escudriñan mi vida íntima, quieren entrevistas, mis puntos de vista (no saben que tengo  un acusado estrabismo), me revisan la basura, el buzón, interrogan al cartero, al notario del primero, no puedo salir a la calle, siempre tengo dos fotógrafos en la puerta de casa, mis amantes se buscan otro (s), mis novias me dejan aburridas de los paparazzi, mis amigos me detestan, me huyen, dicen que la fama se me ha subido a la cabeza (donde tengo el cangrejo), que me he vuelto un creído (un ateo como yo), que no pago una ronda en los bares, que escribir así es de moñas (quizás lo soy un poco, pero por si acaso les he partido la boca a dos), que me he tenido que ir al pueblo (ese que no tengo), lejos de los focos, a escribir en calma (si aquí saben que soy poeta me tiran al río), por eso estoy aburrido, ¿entendéis?, necesito calmarme, pensar, crear, rimar, imaginar, los artistas necesitamos paz, aun así, ayer, paseando por los campos de trigo me seguía el corresponsal del País con un fotógrafo zurdo (le rompí la cámara a cantazos), pero pensando, pensando…estoy convencido, dejo la literatura y me dedico a la magia del cine.


17.11.17

Antes es ahora



La vida es hacer lo que no se debe, desaprender, sorprender (te), matar la rutina.

Soy un hombre de una edad, es decir que estoy vivo.

Escribo como forma de expresión, de comunicación, de acercamiento a los otros.

Antes componía collages, dibujaba, cantaba, corría, antes hacía muchas cosas.

Pero resulta que ahora  también es antes y luego es ahora y me estoy dedicando a la disfrutar de los días.

Sigo vivo, sin rutina, alegre, ilusionado con un proyecto, seguir así.

Antes es ahora y tú y yo estamos vivos.

16.11.17

Que aproveche




Un día cualquiera, un día más, enseguida viene el fin de semana, el sábado iré, el domingo voy a, suena el teléfono a la noche, algo pasa, mi madre se está muriendo, Pedro, cómo hiciste tú lo del entierro y eso, mis condolencias, mi apoyo, mi disposición para lo que necesite, las conversaciones después de tomar unos vinos, la lengua suelta, las confidencias, los secretos, lo que no se dice, aquí y allí hablamos de lo mismo, en castellano, en inglés, en francés, sentimos lo mismo, queremos lo mismo, gozamos y sufrimos con lo mismo, me han despedido, me llamaron a media mañana y fuera, llevaba quince años, ¿qué hago ahora?, agobio del trabajo, maldición y necesidad, estar alerta, la lucha por las horas en zigzag, cremallera arriba y abajo, el rostro marchitado, su belleza, aún, con surcos bajos los ojos, deshojados, soy feligrés embozado en un descansillo de su escalera, flor y fruto de una adolescencia herida, un tic-tac, la huida, un sobretodo antiguo, de cuadros, me daba vergüenza que me viera, el placer de la ternura, sus manos detenidas en el aire quieto, la marea, un pájaro, el sauce que cortó por las raíces que hacían peligrar los cimientos de su casa, ya sabes, orgasmo es una palabra antigua, y hormonas, cuchillo de su voz diciendo no, sí era la balsa de Medusa y comernos los unos a los otros, el estío reverbera, cuento cuántos, me quedan, no es broma, lo sabes, Mozart, poemas azules en la aurora, un día deslomado, una pregunta inquieta, el zinc del laboratorio aquel, amoroso rumor en las manos de mi madre, un jinete cabalgando la nostalgia, pronúncialo en italiano, un desliz infantil, el oprobio en público, mi impotencia de niño asustado, resentimiento, el suelo de mármol de una iglesia del Trastévere, un guerrero de bronce, un alfil caído, respeto, la poesía tatuada en este gesto de escribir en la penumbra, escondido, este soy, esta es la llave, librería frente a Notre Dame,  habitación de un hotel en Manhattan,   el bisturí sobre su piel  hermosa márcame, soy tuyaque lo sepan, el águila del sexo, las barreras, buscar al ensimismado médico y golpearle, sin motivo aparente, por sorpresa, en mitad de la calle, toma, toma, dos bofetadas y seguir caminando tan tranquilo, baldosa sí, baldosa no,  variedad métrica, ramillete de versos de mi barrio, repertorio de voces, granizo, caverna, crepúsculo, horror, clítoris, niebla en la lengua, palabras para gustarlas, para chuparlas, para saberlas, el juez en el follaje, la dádiva de su cuerpo enjuto, sometido, haz de mí lo que quieras, ardíamos, desde sus caderas esquivas a mi torso de nadador reciclado, nos quitamos la ropa y fuimos uno, dos, tres, envejecimos amándonos como fieras, mordiéndonos las ganas, los muslos, aureola de mis poemas ocultos detrás de libros de Jung, los santos inocentes repartiendo zapatos a los cojos, este sí, este no, me sobran dos de pie izquierdo, entre algodones la señal de su tragedia o el aplauso, Lucifer entrando en el mar, cronología de nada, hoy, que aproveche.    

15.11.17

Más o menos después de.

Auguste Toulmouche (1829-1890).

Pues nada relájate que, sí, de tanto encogerte por frío y recuerdos malos te vas a absorber por el ombligo y te vas a dar vuelta, una madeja de mujer, un recuerdo de la chica que reía con la cara iluminada, de la señora estupenda hacia la que se volvían todas las miradas playeras, con burka o bikini, con sombrero o con el pelo al viento de no saber que estamos de paso, que la tensión se sube a la cabeza y lo mismo se te va el santo al cielo y esto es un infierno imposible de salir sin guía o báculo, sin mapa o miguitas dejadas por el último caminante del bosque en que se convierten los pensamientos negros, esos que te muerden algunas noches cuando dejas en la balanza que dos horas gozosas no compensan semanas de espera de no saber qué, o quién, si ya todo está dicho, escrito y ni te imaginabas que de una llamada iban a salir tantos problemas, ese agobio de un macho en celo, que no celoso, que te requiebra y quiere prender la hoguera mientras tú aplicas extintores de sentido común y calma, mordiéndote los hígados, él lo sabe, pero tú en tu puesto, digna como abadesa de un monasterio burgalés, estoica como una santa Teresa del Niño Jesús, señora como la que más, estaríamos buenos si nos dejásemos llevar por nuestros más bajos instintos, quiá, prudencia y serenidad, cilicios y codos en el pecho del bailarín, distancia y alambres de espinos si hace falta, que no lo hará, pero por si acaso, el amor en un pedestal, la amistad en una urna, vosotros tonteando como chiquillos sin saber dónde os lleva, él con su santa y tú, ahora, dentro de un rato, a misa de siete.

14.11.17

Más o menos antes de.



Bella de los bosques desarbolados, emperatriz de la estepa del sentimiento, mire usted, vacíe los prejuicios que sobre mí tiene como si fuese un crustáceo al que se come los adentros, una langosta sabrosa que fue y ya no es. Míreme, doña, como a un hombre al que conociste hace ya y al que la vida, como a todos, transformó en este que es. Es decir que somos y no somos, que fuimos y somos, los mismos pero otros. Y no quiero enviarte un revoltijo de sí pero no, sino de esto es lo que es, o algo así. Ya no sé cómo, si tú estabas asomada a estribor del barco o si  lo embarranqué a propósito en algún arenal costero, sé que naufragamos. Aquí estamos, confundidos, en la isla de desearnos con miedo, de sentir los gritos del alma, de la carne, de querernos comer y no atrevernos. Puede ser que nos falten bendiciones, normas, reglas, consentimiento moral, el libro que diga esto sí, que permita, el visto bueno de quién no puede darlo. Puede ser que nos sobren ganas, de principiantes, de ávidos vigías del placer, que pensemos, pienses, que algo tan dulce deber ser malo por fuerza. Algo nos grita y nos impulsa, un diablo nos tienta, nos tienta mucho, nos hablamos en susurros y el día comienza, aún no ha amanecido, con promesas que esto es lo que tenemos, la vida, las obligaciones, los secretos, este hilo tan frágil, tan fuerte, un bramante que no podemos cortar aunque no nos convengamos, seamos amigos, primos o habitantes del país de todas las ilusiones. Yo qué sé, sé que este beso atraviesa las marismas gaditanas,  se posa en tu frente y busca tu boca, aunque la escondas. Ay, cuando seas tú y busques la mía, desvergonzada,  tú, dueña de tus deseos y de satisfacerlos,  yo, ¿qué pasa?, ¡bésame!   
Más o menos, antes de

13.11.17

Distancia = olvido (¡no!).


Nils-Erik Larson, Old groupies, Sweden, 2013.


Dicen que la distancia es el olvido pero yo no concibo esa razón que  los perros que muerden la mano que les alimenta son peligrosos, quizás más que los gatos que menean la cola mirando hacia otro lado, un poco menos que un übersexual enfadado, que no sé muy bien qué es lo que es, ay de mí, pobre ignorante, que además estoy perdiendo el gusto, el tacto y el olfato, que tuve una temporada –época de mi vida, el pleistoceno- que no tenía gusto por nada, que estaba desganado, lejos del goce y las alharacas, ajeno a fiestas, saraos y guateques, un soso, ya te digo (yo), menos mal que no hay mal (perdón por la redundancia) que cien años dure ni paisano (no) (perdón por señalar) que lo aguante, que digo, o quiero decir, que lo que aquí dejo no son palabras dictadas por una paloma torcaz, ni siquiera se me ha aparecido una virgen sobre un manzano en flor o una zarza ardiente, la mayoría de las ocasiones son incoherencias que se me ocurren producto del aburrimiento, de la súbita inspiración a veces, de la ingestión de bebidas espumosas o decididamente alcohólicas, de la lenta digestión de alubias con todos los sacramentos, amén, del goce junto a personas de esas que las conoces y parece que ha empezado otra vida, algo así como un vis a vis con la eternidad, el descubrimiento de una nueva especie de ave o reptil, mamífero de los que nadan, tortuga o caminante a la altura de Triacastela que, te lo juro, es un pueblo donde dormí fuera de la iglesia, en el cementerio (leches, no se me apareció nadie esa noche, ni siquiera la hija del dueño del bar donde cené que eso sí que era una hija) y así cada madrugada a las doce (o clock) pero, de qué nos sirve todo esto si el futuro ya está aquí y estamos enamorados de la moda juvenil y acumulo escritos en el camarote de invitados que un amanecer escuché un crujido y creo que nos estamos inundando, consecuencia de vivir a la deriva y no bajo los puentes del Sena, aquí con unas amigas. Pues eso, glup.

12.11.17

Leído en un avión.



En  Madrid hay una calle llamada de Gil Imón,  haciendo de travesaño entre el Paseo Imperial y  la Ronda de Segovia, para más señas. Es una calle dedicada al que fue alcalde de la capital,  D. Gil Imón, en los tiempos en que el duque de  Osuna organizaba sus célebres bailes, a los que acudía la alta sociedad, para poner en el  escaparate familiar a jovencitas de la buena  cuna, como oferta casadera. A las damitas de  entonces se les aplicaba el apelativo de  "pollas", que en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) llevan, como sexta  acepción, figurada y familiarmente, el  significado de jovencitas, algo que hoy  prácticamente se ignora. La polla de entonces no  tenía nada que ver con el significado de morbosas connotaciones por el que ha sido  sustituido ahora.

El tal Don  Gil era un personaje de relieve (la prueba está  en que tiene dedicada una calle) y su nombre  aparecía frecuentemente en los ecos de sociedad  de las revistas del corazón de la época. El  hombre se sentía obligado a responsabilizarse de  sus deberes familiares, como buen padre. Tenía  dos hijas en edad de merecer, feúchas, sin  gracia, y bastante poco inteligentes. Y se hacía  acompañar por ellas a absolutamente todos aquellos sitios a los que, invitado como primera  autoridad municipal, tenía que acudir.

-¿Ha  llegado ya D.  Gil?
-Sí, ya ha  llegado D. Gil y, como siempre, viene  acompañado  de sus pollas.

Mientras D.  Gil se encargaba de atender las numerosas  conversaciones que su cargo de alcalde  comportaban, sus pollitas iban a ocupar algún  asiento que descubrieran desocupado, a esperar a  que algún pollo (o jovencito) se les acercase,  cosa que nunca sucedía. La situación, una y otra  vez repetida, dio lugar a la asociación mental  de tonto o tonta con D. Gil y sus  pollas.

¿Cómo  describir esa circunstancia tan compleja de  estupidez?  Los imaginativos y bien  humorados madrileños lo tuvieron fácil: para  expresar la idea de mentecato integral e  inconsciente ¡Ya está!: Gil (D.Gil)-y-pollas  (las dos jovencitas hijas suyas) = gil-i-pollas.  Cundió por todo Madrid, que compuso esta palabra  especial, castiza, nacida en la Capital del  Reino y, después exportada al resto de España,   ganándose a pulso con el tiempo el derecho  de entrar en la Real Academia  Española.

11.11.17

He sido ingrato, perdóname









Antes Bilbao era una ciudad fría y lluviosa. Hoy repite el cliché. Hasta el metro era una ciudad desierta. Hoy también lo es. Tomo vinos con los míos (¿?) por Indautxu. Estoy aburrido. Los bares se vacían. Quedamos los de siempre, los últimos, los que hablamos con el viento, los que buscamos lo que no hay. Aquí al menos. Que días más duros. Quizás no hay cara oculta de la luna y las nubes son un subterfugio. Una noche negra. Quizás no hay más que esto, vino y risas después de un día aciago. Seguro que de madrugada me duele el estómago.

10.11.17

Rotring.



Autosatisfacción.  Constancia. Comprensión. Es así.  Paciencia. Seguir. A estas alturas…No entiendo qué factores intervienen. El misterio de hoy sí, hoy no. Dejar lo bueno para el final. Los últimos serán los primeros. Hoy. Los sábados el personal va de compras al centro comercial, los domingos a misa o a la mezquita. Quién no trabaja no hace el amor. Muchos de los que trabajan, tampoco. Que me pongo de morros (qué expresión, ponerse de morros). Que me mareo. Que me aburro. Quién me manda a mí (es una pregunta). El desgaste del tiempo. Cíclico. Mantener (se). Aún, si, no. Nadie salió a despedirme cuando me fui de la estancia cantaba Larralde. Que mi compañero E se jubiló el lunes y ya, qué cosas, 65 años, toda una vida, adiós desde la puerta qué pena. Que me preocupa. Que mi amigo I está que no está, que me da tristeza, impotencia, ternura, que quiero abrazarle y decirle que tranquilo, que lo malo pasa (y lo bueno, pero esto no se lo diré), que no será nada (y ojalá que no lo sea). Que mi amiga MI me escucha con paciencia infinita, con benevolencia, que me aconseja, que me guía, que me soporta, que me da una visión distinta del bosque. Que mi amigo J me manda referencias de discos (qué antiguo suena). Quién sabe dónde van los rescoldos de la amistad, lo que queda después de una confidencia, de un secreto que deja de serlo, de la imprudente revelación del fin de una época, de los últimos días de Pompeya o cualquier otra ciudad con volcán, que hay días que los montes se duplican, que la altura me impide respirar (bien). Y aquí vamos, M en Madrid y yo viendo llover, esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú. Pues eso, que cada día somos menos y esta lluvia es buena para las lechugas y mi tristeza. Me voy a ver la bomba atómica vespertina, qué aburrimiento.  



9.11.17

Jericó.

Aquejado por la Crisis de su equipo, por diferentes Derivas, por la Apatía  vive uno ajeno a la Realidad. Pero he aquí que de pronto se topa con “La puerta del Paraíso” de la catedral de Florencia, maravilla de maravillas. 



Revisa con reverencia y detenimiento cada uno de sus paneles hasta que las murallas de Jericó le dejan extasiado. Es un tema recurrente en sus escritos, una cita culta, cool. 



Busca información en Google, en diferentes enciclopedias, en cuadernos guardados bajo la cama y resulta que por allí anduvieron arqueólogos para ver si sí o si no, que no queda claro lo de las murallas derribándose con estrépito por  siete monjes tocando la trompeta, que los defensores de la rigurosidad histórica de la Biblia, se alborotaron y los científicos dijeron que eso es lo que hay o lo que no hay. Total, que entre una cosa y otra se me ha pasado la mañana y me da que ya no usaré esa figura para mis escritos. Lástima.  


La batalla de Jericó por Julius Schnorr von Carolsfeld, h. 1851 60.

Para más información:


https://es.wikipedia.org/wiki/Jeric%C3%B3



En busca de las murallas de Jericó

Kathleen Kenyon no encontró rastro de los muros cuyo derrumbe milagroso narra la Biblia, pero a cambio sacó a la luz la ciudad más antigua del mundo


07.03.14 - 00:00 -


Las murallas de Jericó caen al paso del Arca de la Alianza, en un grabado de Doré.
La bíblica ciudad de Jericó, situada en la actual Cisjordania, fue objeto de excavaciones arqueológicas desde mediados del siglo XX. En los años treinta, el arqueólogo John Garstang creyó identificar los muros derribados a la llegada de los israelitas liderados por Josué, tal y como se narra en el Antiguo Testamento. Con sus métodos de trabajo mucho más precisos, Kathleen Kenyon demostró que se había equivocado. Pero además descubrió que el origen de la ciudad se remontaba a la prehistoria, a una fase del neolítico en la que todavía no se había inventado la cerámica. Como ella afirmó, se trataba de la ciudad más antigua del mundo.
De Kathleen Kenyon suele decirse que estuvo destinada a practicar la arqueología porque era la hija del director del Museo Británico. Sin embargo, lo cierto es que acabó dedicándose a esta disciplina por el empeño de la directora de su 'college' en Oxford, y no por propio interés. Kathleen -o simplemente K, como la llamaban en casa- nació el 5 de enero de 1906, en Londres Su padre era Frederic G. Kenyon, un personaje notable y peculiar. Lingüista y paleógrafo de prestigio, llegó al Museo Británico en 1899 para acabar siendo su director y bibliotecario jefe en 1909, cuando K tenía apenas tres años, lo que hizo que la familia se trasladara de la casa de campo en la que vivía a la 'casa del director', adyacente al Museo. Como prácticamente vivía en el trabajo, Frederic, que era un hombre apuesto, bajaba a su despacho todas las mañanas a las 9 en batín y zapatillas. Pequeño y tímido, se empeñó en presentarse voluntario para combatir en la Gran Guerra, ocurrencia descabellada que desesperó a su esposa, Amy.
Afortunadamente, su ardor patriótico hizo que olvidara pedir permiso a los patronos del Museo, lo que facilitó que se le ordenara reincorporarse a su trabajo, eso sí, con todo reconocimiento a su actitud heroica, justo cuando los militares ya habían resuelto destinarlo a un puesto burocrático. La cordura se impuso gracias a la iniciativa de Amy, que movió todos los hilos a su alcance, incluidos los que llegaban hasta la Corona y el Arzobispo de Canterbury. Como director del Museo Británico, Frederic modernizó el centro, defendió que la entrada fuera gratis, anuló la norma que obligaba a los empleados a descubrirse a su paso e instauró las visitas guiadas, que a veces conducía él mismo, entre otras iniciativas. También puso el Museo a disposición de sus hijas, Kathleen y Nora, que lo recorrían por la noche a la luz de una linterna.
Aunque su padre no fue a la guerra, K y su hermana menor jugaron a ella en casa. Sobre todo Kathleen, una niña muy inquieta y aventurera, siempre marcada con magulladuras y arañazos, que disfrutaba trepando a los árboles, atravesando los rosales del jardín y haciendo trastadas, incapaz de estarse quieta a la hora de tomar el té con otras niñas 'bien', a las que detestaba. Fue una especie de versión femenina de Guillermo el travieso, el personaje indomable de Richmal Crompton.


Kathleen Kenyon observa unos fragmentos de cerámica en la excavación de Jericó.
K no asistió a ninguna escuela en su infancia. Sus padres eran partidarios de la educación en casa y contrataron a varias institutrices. Una de ellas, alemana, fue 'denunciada' por Kathleen ante sus padres como espía. Para la enseñanza secundaria, el matrimonio Kenyon decidió enviar a sus hijas a la prestigiosa St. Paul's Girls School, que se publicitaba como un centro dedicado a “formar madres y esposas perfectas”. Esto debía de ser algún tipo de añagaza comercial para contentar y atraer a los padres más conservadores, porque lo cierto es que el centro se había especializado en formar a sus alumnas para que pudieran acceder a las Universidades de Cambridge y Oxford, y de sus aulas salieron numerosas alumnas que acabaron siendo arquitectas, enfermeras escritoras, médicas, periodistas y figuras destacadas de otras profesiones.
Vida de estudiante
Como explica Miriam Davis en la exhaustiva biografía 'Dame Kathleen Kenyon: Digging Up The Holy Land', en contra de lo que suele decirse, la joven Kathleen no fue una estudiante brillante. De hecho, era la clase de alumna que lo dejaba todo para el último momento, que no se sentaba a preparar los exámenes hasta la víspera y que se acogió con entusiasmo a la ley del mínimo esfuerzo para alcanzar el aprobado raspado. Prefería jugar al hockey, bailar e ir de excursión con los amigos. Su vida en el Somerville College de Oxford fue una extensión de la misma dinámica. Durante la primera parte de su etapa universitaria se comportó como si fuera un personaje de 'Retorno a Brideshead': muchas fiestas, reuniones sociales en su habitación, deportes, escapadas fuera de horario permitido, números rojos en el presupuesto personal y mucho baile. De hecho, durante la primera parte de su carrera su único contacto entusiasta con la arqueología fue el que mantuvo con su pareja en la pista, el arqueólogo Christopher Hawkes, un excelente bailarín, que acabaría siendo profesor de Prehistoria europea en Oxford. En cuanto a parejas sentimentales, a K no se le conoció ninguna y permaneció soltera toda su vida.

Vista aérea de Tell-El Sultán, la antigua Jericó.
K se apuntó a la Sociedad Arqueológica de la Universidad de Oxford, pero no por un especial interés científico -estudiaba Historia Moderna-, sino porque funcionaba como un buen club social. Su discurso de ingreso versó sobre la vida cotidiana en la Edad Media y para ilustrarlo se sirvió de diapositivas que tomó prestadas del Museo Británico. La Sociedad se había empeñado en atraer mujeres, lo que facilitó que Kathleen acabara convirtiéndose en su primera presidenta. La joven acabó licenciándose, pero con notas modestas. La directora del Somerville College, Margery Fry, decidió impulsar su carrera enviándola a África como fotógrafa de la expedición arqueológica dirigida por Gertrude Caton Thompson en 1929. Este viaje, en el que además de hacer fotos acabó excavando, fue el que despertó la vocación arqueológica de Kenyon.
A su regreso a Inglaterra Kathleen aprendió a excavar con Mortimer y Tessa Wheeler entre 1930 y 1935 en Verulamium, ciudad romana situada en St Albams (Hertfordshire). Los Wheeler habían desarrollado un método de excavación que daba gran importancia a facilitar la lectura estratigráfica y el registro de los artefactos extraídos. Se trata de dividir la superficie a excavar en una retícula de referencia formada por cuadros de cinco metros de lado. Esos cuadros se excavan dejando entre ellos unos 'testigos', unas franjas de tierra sin cavar, de una anchura de un metro, suficiente para garantizar su solidez y el tránsito de los trabajadores, y que permiten realizar cuatro lecturas estratigráficas de otros tantos cortes por cada cuadro. A modo de 'examen final', los Wheeler le encargaron que dirigiera la excavación del teatro de la ciudad, labor que realizó con eficiencia. Kenyon siguió colaborando con los Wheeler en la fundación del Instituto de Arqueología del University College de Londres, donde trabajó como secretaria de administración. También excavó en Samaria, en Palestina, entonces bajo mandato británico, y más adelante dirigió, ya por su cuenta, las excavaciones de Jewry Wall, en Leicester.
Tras servir en la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial, Kenyon se convirtió en profesora de la Universidad de Londres mientras seguía excavando yacimientos romanos en Gran Bretaña. Entre 1948 y 1951 trabajó también en la ciudad romana de Sabratha, en Libia, una de las primeras expediciones arqueológicas británicas en el extranjero después de la guerra. Pero su trabajo más destacado y el que le daría fama fue la excavación de Jericó, en la actual Cisjordania, la ciudad de la Tierra de Canaán que, según el Antiguo Testamento, conquistaron los israelitas liderados por Josué y cuyas murallas se derrumbaron cuando los sacerdotes que guardaban el Arca de la Alianza tocaron los shofarim, unos cuernos ceremoniales, por orden de Yahvé.
Arqueología bíblica en Jericó
Jericó ya había recibido las visitas de varios arqueólogos, tanto británicos como alemanes. La primera excavación formal, en 1868, se debió a Charles Warren, al que siguieron Ernst Sellin y Carl Watzinger, ya a principios del siglo XX, y, sobre todo, John Garstang, que había sido director del Departamento de Antigüedades durante el mandato británico de Palestina, entre 1920 y 1926. Garstang excavó en Tell El-Sultan, separado unos pocos kilómetros de la Jericó contemporánea, entre 1930 y 1936. Se trataba de un tell de 16 metros de altura formado por las sucesivas ocupaciones del asentamiento. En los tiempos de Garstang el objetivo de la arqueología bíblica seguía siendo encontrar los rastros materiales que confirmaran los relatos bíblicos y el arqueólogo se empeñó en localizar las murallas derribadas por los siete sacerdotes que llevaban “trompetas hechas de cuernos de carneros” (Josué, 6:4). Toda ciudad antigua -y las del Oriente Próximo muy especialmente- muestra numerosos niveles de destrucción, rastros de incendios, de inundaciones y de reconstrucciones. El excavador empeñado que quisiera encontrar las huellas del diluvio, la llegada de los israelitas o cualquier otro relato bíblico tenía todo a su favor para conseguirlo. Por lo tanto Garstang 'encontró' las murallas derribadas por los israelitas, un hecho que fue admitido sin mayor discusión hasta la llegada de Kenyon.
Suele decirse que Kathleen no llegó a Jericó para confirmar ningún relato bíblico y que lo que le interesaba era investigar el origen de la domesticación en el Oriente Próximo. “En 1941 Gordon Childe acuñó el concepto de 'Revolución neolítica', un cambio cultural en el que el inicio de la producción de alimentos actuaba como factor decisivo”. Como explican Paul G. Bahn y Colin Renfrew en 'Arqueología' (editado por Akal), “en la posguerra, una serie de expediciones de campo multidisciplinares trataron de encontrar evidencias de las ideas apuntadas por Childe. Robert J. Braidwood en Irak, Frank Hole en Irán, Kathleen Kenyon en Palestina y James Mellaart en Turquía encabezaron lo que podríamos llamar la primera hola de investigadores”. Es cierto, pero también es verdad que Kenyon sí que tenía interés por la faceta bíblica de la excavación de Jericó. Era creyente y asistió a la iglesia con regularidad durante toda su vida. Creía que los relatos del Antiguo Testamento tenían una base histórica. Pero de su padre había aprendido que la Biblia no debía de tomarse a pies juntillas como una crónica histórica, y que los hechos demostrados y los datos científicos debían prevalecer siempre sobre el relato legendario.

Kenyon, durante un descanso en la excavación.
La arqueóloga trabajó en Jericó entre 1952 y 1958, a la cabeza de un equipo internacional formado por estudiantes y arqueólogos. Aplicó dos herramientas con las que Garstang no pudo contar: el método de excavación de los Wheeler, mejorado por ella, y la datación por Carbono 14, un sistema de datación absoluta que estaba revolucionando la arqueología de medio mundo. Lo primero que descubrió Kenyon es que Garstang se había equivocado de murallas. De hecho, para la época en la que pudo haber vivido Josué, hacia el siglo XIII aC, la ciudad hacía tiempo que había desaparecido. Como escriben Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman en 'La Biblia desenterrada' (editado por Siglo XXI), “en el caso de Jericó no existían huellas de ningún tipo de poblamiento en el siglo XIII aC, y el asentamiento del Bronce Reciente, fechado en el XIV aC, era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado. No había tampoco señales de destrucción. Así, la famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico”.
Y no es que faltaran murallas en el yacimiento. Gracias a sus precisas estratigrafías, Kenyon pudo demostrar que en algunos puntos las fortificaciones se habían reparado hasta 17 veces. Al igual que Schliemann en Troya, Garstang se había pasado de largo y había profundizado demasiado. “Estas dos murallas (las excavadas por Garstang) en realidad pertenecen a la primera Edad del Bronce”, escribió Kenyon (en 'Digging up Jericho', 1957).
Una ciudad del Neolítico
La arqueóloga demostró que Garstang se había equivocado, pero a cambio descubrió algo asombroso, que Jericó era mucho más antigua de lo que se pensaba. Revisar el trabajo de su predecesor no era el único fin de su trabajo, pues entre sus objetivos estaba también fechar “el comienzo y el final de Jericó”. En cuanto a este último, demostró que el lugar había sido abandonado en el siglo XIII aC. En cuanto al principio, la ciudad era tan antigua que cuando se construyó por primera vez ni siquiera existía le cerámica. “Jericó puede presumir de ser la primera ciudad conocida de la Tierra”, resumió Kenyon, que sacó a la luz niveles y niveles de ocupación, cada vez más antiguos, hasta alcanzar una ciudad primigenia que debió de estar ocupada entre los años 8350 y 5850 aC, a lo largo de dos fases que han sido denominadas Neolítico precerámico A y Neolítico Precerámico B, separadas por un 'hueco' de varios siglos.
La primera Jericó abarcaba unos 40.000 metros cuadrados, estaba defendida por una muralla y contaba con una torre de planta circular y de unos 9 metros de altura, que el equipo de Kenyon desenterró en 1952. Todavía se discute sobre la función de este edificio y las interpretaciones van de la defensiva a la que le da una uso como observatorio astronómico. Las casas son de planta circular y están construidas con ladrillos de adobe. La cerámica no se había inventado aún y sus habitantes se servían de cuencos trabajados en piedra. Se dedicaban a la agricultura -cultivaban cebada y legumbres- y a la caza. Enterraban a sus muertos en las casas aunque los esqueletos no están completos. Los arqueólogos encontraron varios cráneos a los que se les había retirado la mandíbula y cuyos rostros habían sido reelaborados con yeso y conchas de cauri para simular los ojos. La población ha sido estimada en unos 2.000 a 3.000 habitantes. Esta primera ciudad de Jericó se levantó sobre una aldea de chozas anterior cuyo origen se remonta hasta 9600 aC, según las últimas estimaciones.
Jericó se convertiría en el eje de la carrera arqueológica de Kathleen Kenyon. Publicó textos técnicos y libros de divulgación sobre la ciudad prehistórica el resto de su vida. Además, excavó en Jerusalén entre 1961 y 1967, fue nombrada directora del St. Hugh's College de Londres. Poco antes de su retiro, en 1971, fue distinguida con el título de Dama de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II. Murió el 24 de agosto de 1978, a los 72 años, dejando numerosos informes y anotaciones sin editar, muchas de ellas indescifrables a causa de su letra impenetrable. Hoy día Kathleen Kenyon, a la que llegaron a llamar “la señora Estratigrafía”, está considerada por muchos como la arqueóloga más influyente del siglo XX.

La famosa torre de Jericó se alza en el fondo de la excavación.

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